Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Todos los plazos se cumplen

— Jose Rubén Zamora
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Se me fueron entre los dedos de las manos estas cuatro semanas a velocidad de vértigo. Vine feliz a ver a mis amados tres hijos, ritual religioso que he realizado desde tiempos de Portillo, en 2003, hace doce años ya, cuando salieron al exilio definitivo, de manera inesperada y abrupta.

Regreso con sentimientos encontrados: feliz de verlos realizados, exitosos, autosuficientes, con carreras profesionales con crecimientos y desarrollos exponenciales en contextos exigentes y muy competitivos, cosas que me llenan de perplejidad y euforia, sorprendido de observar que se han abierto puertas impensables en todos los planos y han transformado sus sueños en realidades concretas. Son respetados y queridos y saben respetar y querer a su prójimo. Siguen siendo hombres humildes y modestos y muy serviciales. Han logrado construir hogares sólidos y llenos de armonía. Trabajan intensamente, en jornadas interminables, pero disfrutan y obtienen renumeraciones que les permiten vivir con comodidad. Me encanta ver cómo aman, consienten y cuidan de su mamá, quien en términos prácticos, –por razones de seguridad– ha estado bajo su cuidado y cariño desde el 7 de febrero de este año y ahora regresa conmigo.

Me voy triste porque el epicentro de mi vida han sido ellos: Jose, Rodrigo y Ramón Ignacio. No he partido y siento una explosión de añoranza, de nostalgia anticipada.

Desde pequeños –el mayor nació cuando yo tenía 19 años– cuando alguna vez, quién sabe porqué razón hablamos sobre la muerte, les dije que jamás hay que temerla, que es inherente a la vida y que a mi me llegaría a los 65 años. En medio de risas, a finales de cada año, al encontrarnos, les digo cuántas veces más los veré. En 2003, tenía 48 años y les decía que los visitaría y vería 17 veces más. Esta vez, aunque ya no les hace tanta gracia, les dije que me quedan seis visitas más, pues en agosto alcancé, como si nada, 59 años.

En lo posible, me desconecté de la realidad de Guatemala y he disfrutado mucho: Corrí 210 kilómetros a cinco minutos y 12 segundos el kilómetro, en promedio, en un entorno de mangle, mar, grandes cuerpos de agua, bosques, paz y tranquilidad. Durante dos semanas me di un chapuzón diario en el Atlántico. Fui al cine los lunes a mitad de tarifa, debido a mi edad. Fui testigo emocionado de dos conciertos gratuitos de jazz, donde además de escuchar a tres solistas extraordinarias, pude gozar de un chelo, una batería y saxo fabulosos que en su repertorio incluyeron música de Grover Washington, Kenny G, Santana, los Beatles, de Brasil y Nueva Orleans.

Pude leer grandes entrevistas de la historia, entre ellas, las de Roosevelt, Clemenceau, Hitler, Stalin, Gandhi, Thatcher, Kipling, Zola, Wilde, Scott Fitzgerald, Hemingway, Picasso, Alva Edison, Marconi, Freud, John Lennon, Al Capone, Kennedy, y la de la nodriza intelectual de Nixon, Henry Kissinger.

También mis fragmentos favoritos de El Aleph, de Jorge Luis Borges, y algunos de los Cuentos Completos de Edgar Allan Poe traducidos al español por Julio Cortázar.

Dejé pendiente con tristeza, para mejor ocasión, Antimemorias, de André Malraux, y algunas de las Entrevistas con la Historia de Oriana Fallacci.

Pero el tiempo se extinguió y debo regresar por el momento a Guatebonita.

Qué más le podría pedir a Dios que los hijos que me prodigó y la manera en que me los ha cuidado y acompañado. Pero, aunque no suelo ser pedigüeño, le pido a Dios que me permita encontrar cómo salir de forma permanente de ese laberinto perfecto, es decir sin salida, en que se ha transformado Guatemala para mí, y me deje, sobre bases permanentes, vivir cerca de mis admirados patojos los años que me queden.

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