Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La tormenta vendrá después

Sin perder la proporción hay que buscar soluciones evitando un cataclismo preservando la grandeza de la civilización occidental.

— Amílcar Álvarez
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La noche de terror en París desnuda una falla grave en los servicios de inteligencia, una brasa que avisa lo que viene en el futuro y que solo la miopía de los que no quieran verlo permitirá que suceda y arrasen con los valores de Occidente que tardó dos mil años en consolidar. La evolución del Oriente musulmán lleva menos tiempo y está orientada a que el Islam sea la religión dominante lo que es posible por su beligerancia, usando el culto al martirio para someter a los infieles. La parte visible del islamismo radical deja ver una civilización que avanza a su manera sin cambiar, la sumergida esconde en los signos el origen de las pugnas religiosas entre chiitas y sunitas revelando que la simbiosis de sus tácticas milenarias y la tecnología moderna les permitirán imponerse, sin admitir que el fin que persiguen juntos o separados es dominar Occidente con la conversión o la espada. La configuración de ISIS –Daesh– endosada a Occidente es excepcional: ¿Quién lucha contra quién? El mito que lo rodea lo siembran los que lo combaten y la pregunta es, por qué las potencias mundiales con su poderío militar y ayuda de Turquía, Irak, Irán Hezbolá y los Kurdos no lo derrotan. ¿Es invencible? La respuesta es un secreto que se pierde en el laberinto de los intereses en juego. Los bombardeos fracasan dando la razón a los expertos que aconsejan enviar tropas, la sociedad occidental se opone y los musulmanes fieles a su tradición consideran un honor sacrificarse: Son combatientes. La diferencia no es simbólica, es la realidad que unos envuelven en un manto legal y político y otros en el religioso, encarnando mitos y sacrificios que nos parecen arcaicos pero que el tiempo no disuelve y nos tienen en jaque pensando en la posibilidad de que nos gobierne un Califa.

En lugar de diseñar una política selectiva que evite la inmigración masiva, Europa recibe millones de refugiados por razones humanitarias, sembrando la estaca en que los sentaran al grito de Allahu Akbar. Por su naturaleza esas minorías nunca se integran creando sociedades paralelas con durmientes que despiertan en el momento oportuno, el flujo migratorio puede ser inducido con fines perversos y la verdadera tormenta se dará cuando las ovejas se vuelvan lobos dentro del gallinero. Occidente sucumbirá. La juventud orientada al consumo es hedonista, alejada del sacrificio personal y social no le interesa defender valores que no tiene ni le enseñan, disfruta el egoísmo que le carcome el alma víctima de la ideología que la considera objeto no sujeto de su destino. Pocos países no permiten a los musulmanes residir en su territorio, opción que evalúan buscando la coexistencia de sociedades diferentes olvidando que parte del problema es no respetar su cultura milenaria, sus valores, su identidad, su sentimiento del tiempo: la eternidad y el instante, sus sueños. Para vivir en armonía hay que hacerlo, renunciando a la pretendida universalidad del capitalismo democrático.

Las potencias deben replantear su política de seguridad evitando el crecimiento del terrorismo como guerra no convencional y erradicarlo. Si no actúan pronto los males serán mayores sacrificando vidas inocentes al no tener una respuesta definida, determinada y determinante enfrentándolo con el potencial disponible. Si los extremistas acceden a un artefacto nuclear se producirá una catástrofe humana histórica, después vendrá el discurso, el lamento y la reacción tardía, brutal y absoluta, los que creen que el fundamentalismo religioso se combate con flores y caramelos deberían leer la historia. Sin perder la proporción hay que buscar soluciones evitando un cataclismo preservando la grandeza de la civilización occidental. A los mártires de París: un canto y una flor. ¡Vive la France!

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