Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
La Columna

“El Matarratas”

ayer

— María Elena Schlesinger
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Se llamaba Manuel Sinforoso Menéndez, pero el abuelo le decía simplemente Manuelito. El diminutivo le venía como anillo al dedo porque era bajo de estatura, pelo abundante y colocho como de Niño Jesús y llevaba siempre los pantalones cutos arribita de los tobillos. Tenía los cachetes inflados como si estuviera chupando bolitas de miel y no dejaba de sonreír a pesar de ser sholco de los dientes de enfrente.

Manuelito llegaba dos veces al año a la casa del Callejón Normal, una antes de iniciar las lluvias, a finales de marzo, y otra a mediados de noviembre, cuando se tenía la certeza de que ya no llovería más.

“Dígale a don Dámaso que llegó Miguelito”, era el santo y seña que daba a la empleada cuando le abrían la puerta, después de haber aporreado el portón con el tocador de manita de león.

Manolito entraba como Pedro por su casa al zaguán con su carretilla de madera a esperar sentado en el poyo la bendición del abuelo, quien le daba con pelos y señales las últimas averías y andanzas de las ratas, que según el decir del abuelo, andaban sueltas haciendo de las suyas en la casa, asustando a las señoritas a la hora del baño, tempranito, como la vez que las encontraron cerca de la pila, masticando con sus dientecitos de taltuza el estropajo para lavar los traste y la bola del jabón de coche.

 El Matarratas usaba una cachucha color vino tinto que le había regalado el español de la abarrotería de la calle del Carmen como premio, por la proeza de haber exterminado las ratas y ratones de su negocio. “Fueron 127 y varios ratoncitos que por pequeños no tomamos en cuenta”, le relataba a Manuela, quien se persignaba del susto o de asco imaginando la hediondez a orines y rata muerta de la trastienda del español en donde almacenaba los vinos, confites, galletas, salamis y quesos que traía de ultramar para el Día de Reyes y Navidad.

Manuelito llevaba su instrumental de trabajo en la carretilla: una escoba de raíz, una caja vieja de lata en la que apenas se lograba leer el anuncio de galletas de soda, varios costales de brin, un mecate, una pala, un bote lleno de bolitas de naftalina, una caja de cartón con más de 20 trampas preparadas ya con su bocado de pellejo, un costal con algo que no paraba de moverse y un palo largo terminado en una aguja de punta finísima y filosa con la cual Manolito ensartaba con sigilo en los manteados del techo, en los agujeros de los palos del patio, las zanjitas atrás de la maleza en el tercer patio y las rendijas que quedaban abiertas entre los leños.

“Ya era hora de que te aparecieras”, le gritó Dámaso desde el rincón más olvidado del patio, en donde estaba el nisperal y el palo de naranja de Rabinal, el cual Dámaso zangoloteaba sin piedad para lograr que una de las frutas, redondas y maduras, le cayera en las manos como regalo de Dios.

Con el jugo chorreándole por la comisura de la boca, el abuelo le contó a Manuelito de las carreras nocturnas de las ratas por el cielo raso, que cuando prendían el foco, las ratas se quedaban inmóviles, haciéndose las muertas, y cómo ante nuestras narices hacían malabares, descolgándose con ayudas de sus colitas peludas, del techo al armario y del armario al lavador de mármol hasta llegar al cepillo de dientes, de pelo y al peine en donde marcaban su paso con su inmundicia. “ Y no digamos en la cocina, Manuelito, donde las ratas parecen gatitos amaestrados”.

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