Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

El terrorismo y la guerra civil en Siria

Más compleja, más difícil de entender y más letal.

— Phillip Chicola
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La guerra ha evolucionado, se ha tornado más compleja y difícil de entender. Originalmente, la guerra era entre tribus. Luego fue entre imperios, religiones y eventualmente, entre Estados. En el siglo XX, durante la Guerra Fría, surgió la modalidad de la guerra de guerrillas, con grupos insurgentes que aspiraban a cambiar formas de gobierno dentro de los Estados.

El siglo XXI trajo una nueva modalidad: la guerra y el terrorismo. Los actos de guerra ya no son exclusivos de los Estados. Hoy los agresores son organizaciones paraestatales, al estilo de Al Qaeda o Estado Islámico (ISIS). Operan de forma transfronteriza, y capturan territorios para establecer bases de operaciones. El problema conceptual no es solo territorial, también de enemigos y objetivos. ISIS le ha declarado la guerra a Estados (Israel), a religiones (el judaísmo), a sectas (los chiitas) e incluso a civilizaciones (Occidente). Los agredidos ya no son solo los Estados. La población civil, además de los valores y principios occidentales, están bajo acecho. Y por si fuera poco, en este tipo de conflictos, los bandos no están bien definidos.

Este carácter complejo del conflicto se ejemplifica con la guerra civil en Siria. Por un lado, se encuentran las fuerzas del gobierno de Bashar al-Asad, respaldadas por el movimiento político Baath y por la rama chiita de la población local, minoría religiosa vinculada al poder político en Siria. Internacionalmente, Asad cuenta con apoyo de Rusia –su aliado histórico– y de Irán –cuyo régimen se rehúsa a permitir que Siria caiga bajo control occidental.

La oposición al gobierno de Al-Asad es variopinta. Su mayor enemigo es la Coalición Nacional Siria, que aglutina facciones de diversa índole. Por un lado, los grupos prodemocráticos, surgidos a raíz de la primavera árabe que aspiran a una mayor apertura del régimen. También converge la Hermandad Musulmana, partido islamista que rechaza el laicismo de Asad. Además, se encuentra el movimiento kurdo, que busca unificar al Kurdistán junto con la población kurda de Irak y Turquía. Los miembros de la alianza cuentan con apoyo político, financiero y militar de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña –cuyo interés es evitar el triunfo de facciones terroristas– y de Arabia Saudita y Catar, que aspiran a derrocar a Asad.

Otra oposición proviene de grupos terroristas sunníes, herederos de Al Qaeda, que aspiran a derrocar al régimen pro-chiita de Asad y establecer un gobierno al estilo de los Talibanes. Entre ellos, está ISIS, organización terrorista cuya aspiración es la creación de un califato islámico en el Medio Oriente, la destrucción de Israel y sus aliados occidentales. Por ello, ISIS aspira tanto a derrocar a Asad como a evitar la injerencia occidental en la zona.

Esto último explica la motivación detrás de los atentados en París. ISIS le reprocha a Francia y su injerencia en apoyar a la Coalición Nacional Siria. De tal forma, recurre al uso del terror. Mientras Occidente se debate si continuar su apoyo externo a las facciones en conflicto, o si proceder con una invasión que permita combatir de forma tradicional la amenaza terrorista que representa ISIS y otras organizaciones. La guerra ya no es lo que era antes. Hoy es multidimensional. Los casos de Siria y París lo demuestran.

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