Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Derrota, tras derrota

La falta de expresión política de la insurgencia armada, pone al desnudo la verdadera naturaleza del conflicto.

— Acisclo Valladares Molina
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Después del apartheid que se diera en la República de Sudáfrica, la expresión política de aquellos que se opusieron y que lucharon en contra de aquel sistema que se caracterizaba por su crueldad y por sus crímenes, fue clara y contundente, habiéndose alzado con un triunfo electoral indiscutible, fuerza política mayoritaria que tras varios triunfos sucesivos –habiendo transcurrido veinte años ya desde el primero– aún subsiste como tal pese al desgaste que es propio del prolongado ejercicio del poder.

En la hermana República de El Salvador pudimos observar, también, un fenómeno parecido y, así, alcanzada la paz, la insurgencia hizo gala de su fuerza política en las elecciones celebradas –lejos de ser mayoritaria– pero sí significativa hasta que, finalmente, en una lógica secuencia democrática llegó a alcanzar la mayoría.

¿Qué decir de lo ocurrido en la República de Nicaragua donde la expresión política sandinista fue capaz de perder el poder y de volver a alcanzarlo en elecciones libres, siendo en todo caso, en todo momento, una fuerza política importante.

En Guatemala, por el contrario, la insurgencia ha pasado de derrota en derrota –contundentes derrotas con más que exiguos resultados electorales a lo ancho y largo de todo el territorio nacional, incluidas las áreas de mayoría indígena en las que –supuestamente– habrían gozado de apoyo y compromiso, habiendo quedado evidenciado –a estas alturas– el supuesto apoyo y compromiso –como la más absurda de las farsas. “¡Qué trágica utopía!”

Ni siquiera con el decidido apoyo de países y de organizaciones no gubernamentales que en una u otra forma simpatizaban con la insurgencia –toda insurgencia tiene su toque romántico– tuvo la más mínima capacidad para alcanzar una expresión política de alguna envergadura: Ni siquiera el tres por ciento de los votos, en el mejor de sus momentos. Ni siquiera votación significativa alguna en los núcleos cacareados como sus principales baluartes del conflicto.

La ilegitimidad de la insurgencia armada –desde el principio hasta la conclusión de la misma– tiene la mejor de las pruebas en la más que exigua expresión política que ha alcanzado en la vida democrática, contrariamente a lo ocurrido –reitero– en países como la República de Sudáfrica y las Repúblicas de El Salvador y Nicaragua.

¿Cuál fue la expresión política de Lech Walesa en la República de Polonia, cuando la participación electoral fue ya posible?

El conflicto de Guatemala tuvo su origen en un frustrado golpe de Estado –recién el pasado 13 de noviembre, el aniversario de su primer asesinato perpetrado– conflicto que se dio entre militares y que –abortado– reapareció después con actos terroristas insurgentes en la Carretera al Atlántico, rebautizada recientemente –tiene su deje de justicia– con el nombre del expresidente Jacobo Árbenz Guzmán, quien la soñara, así como en la ciudad de Guatemala, e incluso, con el popular deporte de quebrarse infelices chontes en las indefensas garitas. Secuestros, asesinatos chupitingas y casas de putas, tal la lucha revolucionaria de unos pocos –estrictamente ladina– carente de todo soporte popular.

Los hubo soñadores y los hubo mercaderes. Los hubo asesinos, sin más (gozosos de serlo) y asesinos con la pena de tener que acudir al asesinato o tolerarlo, en aras de la revolución: Más importante la revolución que el ser humano. ¿Qué importancia podría tener el asesinato, si se trata de uno solo? ¿Qué importancia si se trata del asesinato de unos pocos y otros tantos?

¿Cuántos, en fin, para que importe? Y, en fin ¿No es, acaso, la revolución más importante?

 Se dio un grupo de guatemaltecos que, por sí y ante sí, vino a arrogarse el derecho de subvertir el orden constituido y de establecer un orden nuevo, pretensión sin soporte popular alguno y que –como tal– fuera combatida, desbordada la represión para impedirlo: combatidos los delitos con delitos y pervertida la autoridad para ejercerla.

La fase más terrible del conflicto lo vino a establecer la insurgencia –siempre ladina– asesinando principales ¿Qué podían importar unos cuantos ancianos conservadores? comprometiendo indígenas en una lucha ajena y usándoles de escudo. “¡Qué trágica utopía!”, hasta llegar al desenlace conocido.

La ilegitimidad de la insurgencia ¡36 años del conflicto! vino a consagrarse clara y tajantemente por la vía electoral: Contrariamente a lo ocurrido en los países que he citado: Barrida por los votos. Amén.

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