Domingo 25 DE Agosto DE 2019
Opinión

De la sociedad de la desconfianza a una mejor

Y los corruptos fueron esos lobos mayores, mientras los menores son los mareros que asuelan.

Fecha de publicación: 13-11-15
Por: Fernando González Davison

El autor francés Pierre Rosanvallon ha revelado que la democracia en el mundo ha sufrido, como la nuestra, una falta de legitimidad. Más que una crisis de representación, los gobiernos como los de acá se acostumbraron a no seguir las reglas de la transparencia, de la responsabilidad, ni respondieron a los ciudadanos. Simplemente asumieron que el voto les daba a los políticos electos la potestad de hacer su gusto y ampliaron cada vez más su corrupción, tejiendo redes oscuras en los sectores donde podían hacer negocios. Esto sucedió en Guatemala en los tres poderes del Estado y algunas municipalidades.

Así surgió el mal gobierno, ineficiente e ineficaz para responder a las grandes demandas sociales y a los actores honestos del empresariado, orillados por un Estado fantasmal, al borde del colapso por el robo desmedido dentro de esas redes. Las mismas que involucraron al crimen organizado, a empresarios sucios, a dirigentes sindicales venales, a políticos oscuros, a jueces vendidos, como es ya conocido. El mal gobierno, a la postre, se tradujo entre la gente en una gran desconfianza hacia esa clase de impresentables.

Estos han sido los agentes de la “contrademocracia”, sin legitimidad, que permitieron acá que la sociedad fuera cada vez más desigual, en oposición a la “igualdad”, que en teoría debe defender una democracia. En Guatemala, cuando la CICIG y el MP descubrieron que en la cúspide de la gran corrupción estaba el Presidente y su pareja Vicepresidencial, el clamor ciudadano manifestó su desprecio por su mal gobierno y traición, extendible a la clase política que sostenía esas redes delincuenciales como las indicadas. De ahí surgió la sociedad de la desconfianza, atisbó Rosanvallon.

El Estado quedó desdibujado y casi sin poder cumplir sus funciones para las que fue creado, de velar por sus ciudadanos y cuidar de ellos, en especial de los más vulnerables. Hobbes dijo que donde no hay poder estatal no hay ley ni justicia. Eso lo vemos en los hospitales vacíos, en las carreteras destrozadas, en un mundo económico sin regulación, en la inseguridad, un Estado incapaz de solventar nuestros grandes problemas. Emergió el hombre que se volvió el lobo del hombre, como dijo Hobbes. Y los corruptos fueron esos lobos mayores, mientras los menores son los mareros que asuelan. Aunque hay otros que son los que evaden impuestos actuando “contrademocracia” como ellos.

Ante el mal gobierno, la desconfianza por la crisis de legitimidad, visualizada ahora en un gobierno débil y un Congreso con lobos con piel de oveja, el presupuesto fiscal para el año entrante, puede significar que se perpetúen esas redes. De ahí que los contrapoderes sean necesarios. Es decir, el “poder de prevención” para que el Estado sea fiel a sus compromisos, bajo la veeduría ciudadana, reclamada durante las manifestaciones contra la impunidad. Ahí el encuentro de la legitimidad electoral con la legitimidad social, por la transparencia, diría Rosanvallon. Ahí la democracia más allá del voto.

El contrapoder ciudadano en la sociedad civil está para sustentar un Estado que cumpla sus funciones, termine con esas redes corruptas y vele por la ciudadanía. El contrapoder más sustantivo que disponemos es la CICIG y el MP. El apoyo ciudadano y más recursos para el MP se justifican. Una tasa de seguridad pueden pagarla las mil empresas más grandes del país. No debe ser visto por ellas como un “nuevo” impuesto, sino como un fondo para que el MP pueda consolidarse y recibir la experiencia de la CICIG en su papel contra esas redes.

Convendría, ante la emergencia, otra tasa de salud que la paguen las grandes farmacéuticas con destino a los hospitales públicos, que han lucrado del peculado. Así, comenzaremos a superar la desconfianza por algo mejor.