Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Marca país en su mejor momento

Nunca antes como ahora se habla bien de las perspectivas que tiene Guatemala para cambiar de historia.

— Manfredo Marroquín
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Por primera vez desde muchos años la marca país Guatemala no es sinónimo de violaciones de derechos humanos, violencia, discriminación y tantos otros fenómenos que han afectado y continúan siendo fuente de noticias sobre el país en el extranjero. Por primera vez se le asocia con un fenómeno político social positivo que dio la vuelta al mundo desde abril y culminó con la caída de un gobierno corrupto de manera ejemplar, con protestas cívicas masivas y pacíficas que lograron algo impensable en un país latinoamericano y de cualquier parte del mundo, que un Presidente tenga orden de captura y esté frente a la Justicia y duerma privado de libertad el mismo día que se le imputan los cargos.

Por vez primera se detiene y hasta revierte la mala imagen que ha acompañado al país en su historia moderna, las últimas cuatro décadas, representando esto un valor intangible que de ser potenciado y debidamente trabajado, podría significar oportunidades irrepetibles para “overholear” los motores del desarrollo social, político y económico.

El primer paso es reconocer el momento. El gobierno electo tiene la gran responsabilidad de mantener el nombre de Guatemala en la cartelera política internacional por razones correctas, reforzando la imagen de un país que despierta y está en el sendero acertado. Obviamente esto significa hacer reformas que permitan ir reduciendo los grandes males que afectan al país como la pobreza, la violencia social, la expulsión de connacionales por falta de oportunidades, la desigualdad, el deterioro ambiental y tantos otros problemas acumulados.

El segundo paso es acompañar esa agenda de reformas con metas y resultados esperados medibles y cuantificables, con una política exterior que convoque refuerzos económicos, financieros y políticos para conseguir los objetivos que se buscan internamente. Esto significaría abandonar la posición defensiva que ha mantenido el país durante décadas, por una política exterior que le dé al país liderazgo en temas que pasen de ser problema a casos exitosos como la lucha contra la corrupción, la impunidad y por consiguiente, la reducción de los índices de homicidios y violencia en general.

Ningún otro gobierno electo ha tenido en el pasado esta condición, ni tampoco se la ha propuesto. Si bien es cierto que la crisis fiscal amenaza con paralizar los servicios básicos vitales que debe prestar el gobierno y apenas alcanza para sostener la planilla, el arte de la política es precisamente hacer realizable lo que aparenta ser imposible, aprovechando al máximo las oportunidades que se presentan.

Nunca antes como ahora se habla bien de las perspectivas que tiene Guatemala para cambiar de historia. La lucha contra la corrupción que ha sido la bandera más visible de la lucha ciudadana, debe continuar y profundizarse y para ello el gobierno electo debe entender que un área estratégica de inversión es la seguridad y la justicia, debiendo asignar prioritariamente recursos al Ministerio Público, Organismo Judicial y Contraloría General de Cuentas, y evitar caer en el intento de cooptar las funciones vitales de estos órganos de control. El éxito de la CICIG y el MP es tan importante que solo asegurarlo podría mantener a flote la nueva administración.

Guatemala posee muchos activos y valores culturales, deportivos, turísticos, tecnológicos y en muchos otros campos que se han visto limitados y ensombrecidos en su proyección por una administración del Estado mediocre y limitada a garantizar los intereses de unos pocos. Ya es hora que el nombre de Guatemala proyecte la imagen país de una sociedad que pudo vencer las ataduras que la supeditaron a la pobreza material y espiritual.

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