Viernes 26 DE Abril DE 2019
Opinión

El futuro nos alcanza

Lado b

— Luis Aceituno

A finales de octubre, me enteré que Volver al futuro II (Robert Zemeckis, 1989) era una película de culto. Durante 25 años, parece, un número considerable de seguidores, en medio mundo, estuvo pendiente de que la “profecía” se cumpliera. Es decir, que los carros volaran y cosas por el estilo. La verdad, me digo, es que si los autos volaran serían helicópteros, pero cada quien tiene derecho a alimentar sus fantasías.

Volver al futuro no era el tipo de filme que pudiera despertar en mí algún entusiasmo. En su momento, ni siquiera me enteré de su existencia. Lo descubrí en la tele ahí por mediados de los años noventa, una noche de insomnio, cuando matar canales se vuelve un ejercicio extenuante y obsesivo. Te llama la atención, entonces, un detalle curioso o estúpido y decidís quedarte ahí esperando a que el sueño te venza.

La cinta debe de haberme parecido chistosa porque la vi hasta al final. Un científico loco y unos muchachitos se pasean por el tiempo en un auto lógicamente futurista repleto de conexiones y botones extraños. Aunque vuele, es justamente el carro diseñado por algún ingeniero perverso para complicarte la vida. Con esa torpeza tecnológica que arrastro, supongo que gastaría la mañana entera solo para ponerlo en marcha.

Ya dije que es un auto para viajar por el tiempo y no por el espacio. Es decir, uno tendría serios problemas para transportarse de aquí a Puerto Barrios, pero Marty, Doc y Jennifer, que así se llaman los protagonistas, no tienen ningún impedimento para trasladarse de 1985 (año en que se sitúa la acción de la película) a 2015 (año en que se sitúa el futuro). Dejan un mundo en donde Rambo está acostumbrado a matar dos personas por minuto (según estadísticas) y llegan a otro en donde los tenis se amarran solitos.

Robert Zemeckis, dicen los enterados, quería una película de ciencia ficción optimista. El capitalismo y por consecuencia la tecnología eran capaces aún de vendernos la ilusión: el mundo no se iba a acabar y el futuro era tan prometedor que uno podría hacer llamadas telefónicas a través de los anteojos.

La Guatemala de 1985 también creía en el futuro. Posiblemente no nos quedaba otra. El presente era tan incomprensible, nefasto y sangriento que uno estaba dispuesto a creer en cualquier cosa. No nos fue mal, supongo: los carros no vuelan ni de chiste, pero podemos ver la cara de nuestro interlocutor cuando hablamos por Skype. El desempleo, la violencia cotidiana, la corrupción… pues qué le vamos a hacer. Eso nos pasa por no leer las letras así de chiquitas que vienen en el paquete.

En 1985, Otto Pérez Molina –antes, Mayor Tito Arias– regresaba de exterminar campesinos en Nebaj; Roxana Baldetti quería ser Miss Universo y Jimmy Morales posiblemente descubría en la tele Su excelencia de Cantinflas, la película que lo inspiraría para llegar a ser presidente de la República. Nosotros creíamos que la democracia (¿cristiana?) nos iba a encaminar hacia la paz firme y duradera (un mundo mejor), mientras los poderes ocultos construían el imperio de la droga, las evasiones fiscales y el contrabando.

Todos a nuestra manera apostábamos por el futuro y, como Marty, Doc y Jennifer, queríamos transportarnos hacia él en patinetas supersónicas. Lástima, no sabíamos conducir y, como es habitual en Guatemala, terminamos estrellándonos.

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