Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Las niñas de Guatemala

La esclavitud y la violencia sexual han sido armas de guerra.

— María Aguilar
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La semana pasada el Congreso aprobó una modificación al Código Civil para elevar a 18 años como edad mínima para las mujeres el contraer matrimonio. Esta reforma pasó de urgencia nacional como respuesta al incremento de embarazos en niñas y adolescentes, así como medida de freno a los altos números de matrimonios de niñas y adolescentes, muchos de ellos forzados, que se registran anualmente.

Esta medida es un mínimo intento para solucionar una situación de violencia histórica. Desde la Conquista hasta el conflicto armado, la esclavitud y la violencia sexual contra la mujer han sido armas de guerra usadas por las fuerzas de seguridad del Estado. Luego de siglos de abuso no sorprende que los cuerpos y la vida de las mujeres sigan siendo visto como objetos desechables.

La Guatemala de hoy es un campo minado para las mujeres, especialmente para las niñas. En 2014, se reportaron un promedio de 21 denuncias diarias de agresión sexual y 117 casos de trata y explotación sexual de menores. Asimismo 5 mil 199 partos de niñas menores de 14 años y 74 mil de adolescentes de 15 a 19 años, muchos producto de violaciones.

Sin embargo, los crímenes y abusos contra niñas parecieran no afectar a una sociedad desensibilizada. Noticias sobre niñas linchadas por turbas, asesinadas, violadas por familiares o ser objeto de trata por funcionarios de gobierno son recurrentes. Estos hechos quedan en cifras, pero no se traducen en justicia y castigo. Y es que discutir el castigo requiere abordar temas que, dado lo conservador de la sociedad, siguen siendo tabú.

Un país que ejerce violencia contra mujeres y niñas es un país sin futuro. Es imperativo perturbar el orden y derrocar la visión patriarcal del Estado e instituciones civiles y religiosas, así como de la misma sociedad que no ve en la violencia contra la mujer la responsabilidad masculina. Se deben hacer cambios estructurales porque ni hombres ni mujeres deben vivir y crecer con una visión que desprecia y busca mantener en múltiples servidumbres la vida femenina. Pero principalmente se debe luchar por las niñas que aún no han nacido, que merecen vivir, pensar, hablar y luchar, libres y felices.

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