Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Moviéndose desde el deseo (segunda parte)

Los movimientos contraculturales son “desordenados”.

— Carol Zardetto
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El desplazamiento de la atención hacia la ideología termina por servir, una vez más, para justificar la represión de un deseo y reafirmar el orden establecido. El deseo mínimo de los pobladores, el deseo de desear (construir la vida para la gente), resulta peligroso cuando se torna “desordenado”.

Los valores trascendentes que propugna la ideología son tan relativos como los valores inmanentes (que habitualmente son blanco de crítica y represión), pero aquellos cuentan con la legitimación del sistema. Como dirían Deleuze y Guattari: “En consecuencia, es más que nunca necesario renunciar a la idea de una trascendencia de la ley”, cualquier ley, incluyendo las preceptivas ideológicas.

Al respecto, Theodore Roszak (autor de la obra Making of a Counterculture) observa: “Si algo nos ha enseñado la melancólica historia que han escrito las revoluciones en el pasado medio siglo, es la futilidad de la política que se centra de manera exclusiva en derrocar gobiernos, clases dominantes o sistemas económicos. Este género de política termina por solo rediseñar las torres y los bastiones del poder. Son los fundamentos del edificio los que hay que transformar. Estos fundamentos existen sobre las ruinas de lo que fue la imaginación visionaria y el sentido humano de comunidad”.

Y entonces, ¿qué hay que cambiar? Pues, ni más ni menos, las relaciones de poder. Y ¿cómo? Pues reconociendo que existen otras posibilidades: ante la normativa de la dependencia que imponen las relaciones de familia, la de gestar autonomía, ante la normativa hegemónica del conocimiento, abrir la posibilidad a la creatividad y el pensamiento crítico, ante la normativa de la producción, interioricemos conceptos de cooperación y solidaridad, ante la ley como discurso del poder y un Estado sin auténtica representatividad, hablemos de una ética de servicio, ante la normativa moralista, abramos la posibilidad al respeto por la libertad y el deseo del otro.

Como vemos, se trata de profundos cambios en una enorme diversidad de paradigmas. Lo difícil es que, para que la transformación sea verdadera, no debe suceder como una nueva “colección” de valores trascendentes que sustituyen a los antiguos, desde organizaciones tan sistematizadas como las anteriores, y cuyo único recurso es el ejercicio del poder; un simple relevo. El cambio debe provenir del propio individuo como algo “deseable” para sí mismo y los demás. Quizá por ello, la dificultad está en la construcción de esta visión.

A pesar de la dificultad que plantea, en varios momentos de la humanidad se han propuesto y se han obtenido transformaciones sociales profundas a partir de iniciativas humanas “desorganizadas”, tal el caso de los movimientos contraculturales.

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