Martes 19 DE Marzo DE 2019
Opinión

Las murallas

Hay que castigar pensando en el porvenir, dando una lección a las nuevas generaciones.

— Méndez Vides
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El guatemalteco es por lo general callado, reflexivo, conservador, y en momentos de crisis se manifiesta solidario con el caído, a quien perdona hasta el daño recibido; o bien, estalla momentáneamente, como volcán en erupción, despidiendo rabia, ensañado con el agresor debilitado hasta astillarlo. Somos las dos cosas simultáneamente, agua y fuego. Unos se compadecen de quien les hizo daño mientras otros ultrajan vengativos, y en medio se levanta una muralla inmensa que es espejo de nuestra identidad.

Nótese las reacciones sociales extremas derivadas ante el caso de la dupla presidencial encarcelada. Por un lado está la voz de quienes a pesar de haber sido víctimas del robo, descaro e inmoralidad ahora compadecen al ex presidente Pérez Molina aislado en Matamoros, así como a Roxana Baldetti, en su camilla de hospital, conectada a la tripa de suero y vigilada por las enfermeras que temen se quiera hacer daño. Al respecto dicen algunos: “pobrecitos, ¿y por qué no habrán huido a tiempo?”. Y hasta desean que se les hubiera ocurrido enterrar el botín. Es en balde explicarles que en su condición de aparentes ladrones no habría país en el mundo que los admitiera, y que tampoco es sabrosa la posición del fugitivo Juan Carlos Monzón, viviendo el infierno de la clandestinidad, porque la fortuna material tarde o temprano se acaba. Otros, por el contrario, han desatado su clamor de castigo, despidiendo naturalmente hiel y veneno, porque no quieren brindarles beneficio alguno a los agresores, para que paguen y compartan la experiencia rebonita de la mayoría, sin privilegios.

En mi novela Las murallas exploré tal dualidad desde los linderos de la ficción. Uno de los protagonistas se aprovecha con cinismo del otro, lo domina y utiliza, mientras la víctima acepta el yugo, y gradualmente va asumiendo su condición dependiente. El triunfo del vencido reside en la capacidad del perdón, y su dudosa superioridad se manifestará cuando admite la humillación. Raro país el nuestro que nos hace evocar tales situaciones. Lo mío es una novela, pero escarba en los escondrijos insólitos de nuestra identidad.

¿Cuál debiera ser la actitud razonable hoy en día? Seguramente castigar, pero pensando en el porvenir y no en el sufrimiento de los individuos, para dar una lección a las nuevas generaciones desestimulando la impunidad actual de los sobornos y comisiones. Las cárceles están llenas a nuestra costa, y a los visitantes les gusta quedarse a pasar la noche. Algo anda mal porque castigamos con ocio, mientras a los ciudadanos libres nos corresponde en la calle la esclavitud del trabajo.

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