Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

¿Y cómo piensan combatir la cultura de violencia?

Todas las grandes fuerzas sociales tienen sus raíces en el pasado.

— Marcela Gereda
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Nada de lo que digan los candidatos puede ser válido mientras no les escuchemos debatir en un foro público sobre cómo proponen hacer reformas estructurales y cómo piensan fortalecer el Estado guatemalteco.

La semana pasada, Chimaltenango vivió drásticos disturbios por los enfrentamientos de la mara Salvatrucha con la mara Dieciocho. Tras amenazas de asesinatos y extorsiones en las redes sociales, los pobladores chimaltecos de los barrios afectados optaron por refugiarse en sus casas: los niños no fueron a la escuela y muchos negocios permanecieron cerrados.

La semana pasada, una innombrable tragedia cayó sobre la familia del niño Alexis de cinco años, mientras iba de la mano de su madre caminando hacia la escuela y que unos asaltantes le dispararon a la cabeza de su mamá por negarse al asalto.

En Guatemala, hay una tasa de 13 muertes violentas al día, de estos dos son mujeres asesinadas y previamente violadas (INE, 2011). Para la mayoría de los guatemaltecos que viven en los barrios de miseria, no se vive sino se sobrevive, y la vida es siempre una ruleta rusa en medio de extorsionistas, un amplio mercado de armas, una cultura de narcotráfico y nulas oportunidades para los jóvenes.

Según datos de UNICEF, Guatemala ocupa el segundo lugar en América Latina y sexto en el mundo en desnutrición. ¿Cómo los chatos análisis de los políticos pueden disociar la violencia de la pobreza estructural histórica?, esa misma que dio origen al conflicto armado…

Para entender la cotidianidad en la violenta combustión social que caracteriza hoy a Guatemala, es necesario ver de qué historia, de qué economía y de qué política somos hijos. ¿Qué sucede hoy a los jóvenes en un contexto de globalización, narcotráfico, maquilas, privatizaciones, migración, remesas, deportaciones, desempleo, políticas represivas, economía informal y una anti-política cínica del espectáculo que no se preocupa por resolver problemas estructurales como lo son la cultura de la violencia que atraviesa a todos y cada uno de los guatemaltecos?

Todas las grandes fuerzas sociales tienen sus raíces en el pasado. Y es que como no hay memoria histórica, no tomamos conciencia de que debido a la resaca que dejó el conflicto interno con el rompimiento del tejido social en Guatemala, se entró en otro tipo de cotidianidad para cierta juventud, en la que las fracturas sociales obligan a otro tipo de socializaciones o de formación de referentes. Tras ese rompimiento del tejido social, hay una tendencia a la transgresión de las normas y un ambiente de “sálvese quien pueda” donde triunfa la ilegalidad, la impunidad, la calle, la ley del más fuerte”.

Entre 1980 y 1996 salió exiliada de Guatemala cerca de un millón y medio de personas (13 por ciento de la población total del país), Así, con el estallido de la guerra, la crisis económica, y los procesos migratorios de refugio, Guatemala sufrió una violenta recomposición poblacional, tanto por el número de muertes que se produjo, como por el tipo de procesos sociales y económicos que se generaron: la destrucción del tejido social y su proletarización forzosa.

Distintos estudios sociológicos sobre la generación de la posguerra, señalan a esta generación como “hija de la guerra”, por ser la década de los ochenta la que constituye las más altas cifras de violencia y desapariciones forzadas. La guerra dejó cicatrices. Heridas que no dejan de sangrar.

El trabajo de Carlos Figueroa Ibarra muestra cómo las desapariciones familiares, el miedo y el sufrimiento de los familiares son transmitidos de una generación a otra. Figueroa Ibarra argumenta que hay una “cultura del terror”, es decir que la guerra dejó en la mente tanto de exmilitares, como de exguerrilleros una moral, una ética y otra forma de entender y estar en el mundo.

Ni Jimmy ni Sandra parecen estar conscientes de que la violencia constituye un problema de salud pública. Tampoco ninguno de ellos parece reflexionar sobre lo que viven las mayorías: ¿Cómo se puede crecer en una sociedad atravesada por la violencia?

La economía produce miseria y violencia cuando excluye a las masas de los circuitos del empleo estable y del consumo de mercancías sanas. Por eso es necesario reconocer que el actual sistema económico desigual y monopolista, junto con la resaca de la guerra y las nulas oportunidades para los jóvenes, producen la marginalidad que constituye el caldo de cultivo de las maras y de su forma de matar y morir en un mundo de miseria.

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