Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Expulsar el miedo

No cabe la venganza.

— Dina Fernández
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Aquí falta algo, me dijo un amigo mientras la muchedumbre a nuestro alrededor hacía tronar los tambores.

¿Qué?, pregunté con ingenuidad

El muerto.

He tenido varias variantes de esa conversación desde el 25 de abril, cuando la primera manifestación ciudadana sacudió el Centro Histórico.

Los jóvenes no son quienes lo dicen, afortunadamente. Ellos no vivieron las coyunturas donde, con menos, la efervescencia social se apagó con sangre.

Los que sobrevivimos a esos capítulos, sentimos un escalofrío. ¿Serán capaces?, es la pregunta que nos hacemos, sabiendo de sobra la respuesta (claro que son capaces). ¿Qué cálculos estarán haciendo, que no lo han hecho? (eso, solo ellos lo saben).

Hasta ahora, las mafias políticas y corruptas se han abstenido de responder con violencia a los golpes recibidos, quizá por que intuyen que no ganarían nada con ello.

El propio presidente Otto Pérez Molina lo dijo en sus malogradas intervenciones, antes y después de la renuncia. En varias oportunidades repitió que podría haber convocado a sus seguidores para enfrentar a los inconformes, que podría haber utilizado la fuerza y no lo hizo. ¿Qué hay de preocupante en esas afirmaciones? Que no solo lo pensó, sino que incluso se animó a confesarlo.

Podemos imaginar que quizás Otto Pérez Molina, en los días de su agonizante Presidencia, se asomó entre los pilares del Palacio Nacional y vio la Plaza llena de gente clamando por su renuncia y la imaginó arrasada, envuelta en llamas, de pronto convertida en un escenario de exterminio. Y se aguantó. No tiró el fosforazo.

El otro día lo vi en la televisión, en una de las audiencias de su proceso, comiéndose las uñas con gesto amargo, con ira contenida. Matamoros no es una prisión de alta seguridad. Por el contrario, ahí el ex Presidente está rodeado de oficiales que le admiran, que se le cuadran, que le obedecen.

¿Lo devoran en estos momentos difíciles los ánimos de venganza? ¿Será cierto que pasa las horas pensando a quiénes les va a cobrar la humillación vivida?

Espero que sean tan solo elucubraciones. Un acto violento a estas alturas solo serviría para caldear más los ánimos en contra de la clase política tradicional.

Las mafias podrán soñar con los años siniestros de la guerra fría, pero por ventura, el pasado ya quedó atrás.

Si los consume la rabia, el ánimo de reaccionar ya sea por ellos (o incluso para que sus actos les sean atribuidos a otros) mejor que compren una consola de videojuegos y desfoguen ahí su rabia.

Las instituciones de hoy no son las de hace 20 años. La impunidad, el silencio, la ignorancia ya no están garantizados.

El Washington de Obama no es el de Reagan. Tampoco la Centroamérica de entonces, ni la América Latina.

Este es el mundo donde cualquiera tiene una cámara y una herramienta de denuncia en la mano, donde los dedos acusadores apuntan y donde el clamor de millones se convierte, en cuestión de segundos, en el bramido de las redes sociales.

Hace pocos días, los instigadores del miedo intentaron una de sus operaciones psicológicas del pasado, rociando de bala a un hombre que llevaba credenciales falsas de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala.

Antes el efecto de este tipo de maniobras duraba días completos. Ahora se desinfló en cuestión de minutos.

La jugada fue obvia. Burda. Más que asustar, provocó pena, especialmente porque la víctima murió el fin de semana en un hospital público.

Sí, sabemos que la gente que hace este tipo de cosas es capaz de repetirlo. No nos cabe duda. Pero si lo hacen de nuevo, solo conseguirán una cosa: que les escupan a la cara.

¿Miedo? No. ¿Asco? Sí. Una razón más para recordar que su tiempo ya pasó.

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