Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Reviviendo a Emil Sinclair

“El pájaro rompe el cascarón, el huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper el mundo”.

— Luis Fernando Cáceres
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Por esos extraños pasajes de suerte que la vida le brinda en ocasiones a uno, el primer libro que leí de Hermann Hesse fue Demian. Como a incontables otras personas, a mí la historia de Sinclair también logró hacerme más llevadero el pernicioso embate de las hormonas, tan omnipresentes durante la pubertad. En mí estableció quizá un vínculo especial porque la adolescencia la experimenté, lejos de la casa de mis padres, mientras vivía en Austria.

La separación entre ese mundo de luz, bondad y seguridad –ese “Scheinwelt”– propio de la casa del joven Emil fue algo que creía entender yo muy bien al verme viviendo una situación parecida en un entorno muy familiar al que Hesse describía en el libro. Lo digo tanto por la similitud cultural entre Alemania y Austria, como por el hecho que vivir en un pequeño pueblo de un país tan conservador, como lo es Austria, aún me permitió –a mediados de los años ochenta– experimentar mucho del estilo de vida de principios del siglo pasado.

Estuve esperando por mucho tiempo el momento oportuno para regalarle a mi hijo su copia de Demian. Ese momento llegó la semana pasada. Lo fui preparando un poco en los días previos a dárselo. Le conté un poco de lo que había significado para mí. Le hablé acerca de cómo fue para mí leerlo viviendo lejos de casa de mis padres. Finalmente le hablé de arquetipos y del papel que han jugado en mi proceso de toma de decisiones tanto a nivel personal como profesional.

El sábado empezamos a leerlo en forma conjunta. Cada quien de su copia. Yo aún guardo la mía: amarillenta, desgarrada y llena de marcas se ha mantenido conmigo por décadas.

 Inevitablemente el proceso ha requerido que experimente la lectura desde una perspectiva hondamente distinta. El entorno que los padres crearon para Sinclair y del cual él sale es el entorno que yo con mucho espero generé para Sebastián y ahora empezará él a cuestionar. Es diametralmente opuesto identificarse con el personaje y ver a través de Sinclair y Demian al mundo como un gran campo abierto lleno de otras posibilidades a tener que experimentarlo desde la perspectiva de quien ve a su hijo cuestionar todo el cascarón, que uno con tanto amor a construido para él. Pero cascarón es al fin y se debe romper para que pueda vivir.

Las reacciones que Sebastián ha tenido a los pasajes del libro que hemos leído son en algunas ocasiones parecidas a las que recuerdo haber tenido, cosa que me envuelve en un manto de profunda nostalgia al permitirme revivir aquellos años en Lambach, pero la mayoría de impulsos que el texto generan en él son distintas a las mías. Eso es quizá lo que ha mantenido mágica y universal a la obra de Hesse: su invariable capacidad de afectar en distinta forma a cada lector. Así que de momento me queda disfrutar un poco más de este ejercicio, no mucho porque el libro es corto. Talvez estemos empezando una nueva práctica que se repita muchas veces en el futuro, quizá sea la última vez que lo hagamos, lo que espero sacar de esto es formar una profunda huella en Sebastián, una que tenga mi nombre tatuado y que le acompañe y sirva durante muchos años más: “Cuando alguien que de verdad necesita algo lo encuentra, no es la casualidad la que lo pone en su camino, si no él mismo.”

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