Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Cuando el árbol cae

Y para complemento de la sentencia popular ¡Ay de los caídos!

— Acisclo Valladares Molina
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Ninguna obligación tenía de renunciar el expresidente Otto Pérez Molina, siendo la renuncia –por su propia naturaleza– un acto absolutamente voluntario.

 Podía no haber renunciado –hubiera estado en ley– y, sin embargo, lo hizo.

 De conformidad con esta, ni el antejuicio declarado con lugar, ni la detención provisional, ni la preventiva, ni la vinculación a proceso, podían separarle del cargo que tenía sino tan solo de su ejercicio y, en consecuencia, pudo seguir siendo Presidente hasta que concluyera su mandato o se produjera sentencia en contra suya.

Si no hubiera renunciado, aunque en prisión preventiva y vinculado a proceso, hubiera seguido siendo el Presidente de la República, si bien suspendido en el ejercicio del cargo, y el Vicepresidente hubiera continuado en esa calidad: Vicepresidente en ejercicio del cargo de Presidente, por ausencia temporal del titular, lo que hubiera impedido que pudiera proponerse una terna vicepresidencial y que el Congreso eligiera “otro” Vicepresidente, no existiendo en nuestras leyes la figura de un “Vicepresidente temporal”, sujeta a la condición resolutoria, su permanencia en el cargo, de que el Presidente volviera al ejercicio del suyo –si absuelto– y el Vicepresidente dejara entonces de sustituirlo..

Me permito hacer este recordatorio de carácter estrictamente jurídico para que se aquilate en su justa dimensión la decisión política que asumiera el expresidente Pérez Molina –decisión de un hombre de Estado– que –a cuatro días de elecciones– superadas las intentonas golpistas de establecer un gobierno inconstitucional provisorio, consideró mejor, para Guatemala –decisión política, reitero– que un nuevo Presidente –como tal– y siguiendo los pasos de la ley –Presidente Constitucional, legítimo– ocupara el cargo para el cual fuera electo por el pueblo y completar el período constitucional correspondiente, período que concluye el próximo 14 de enero, ni un día antes, ni uno después.

Lo cortés no quita lo valiente, dice la sentencia popular e, independientemente de cualquier otra consideración –las imputaciones en contra suya, como debe ser, se encuentran en manos de los jueces, pienso que es justo que se reconozca la decisión política del expresidente Otto Pérez Molina, en su justa dimensión.

 Considero justo, también, que valoremos la ponderación y el respeto con que ejerció su autoridad frente a las protestas en contra suya –algo inédito en nuestra historia– respetuoso de todas las libertades ciudadanas y de los derechos humanos de todos los guatemaltecos, ejemplo cívico, el suyo, al mismísimo nivel que el tenido por las expresiones de protesta: pacíficas, ordenadas y enmarcadas en las leyes.

Ninguna represión hubimos de lamentar y si ejemplar para el mundo la actitud de los manifestantes, no menos ejemplar, reitero, la asumida por el ahora exgobernante: Las dos conductas, ejemplares.

¡Qué alegría, en verdad, que el símbolo de este movimiento sea el movimiento mismo y no la de un mártir como lo fuera para las justas de 1944, María Chinchilla, la vida de todo ser humano, milagro de Dios, irrepetible!

 ¡Qué diferente la primavera guatemalteca –una verdadera primavera– de las llamadas “primaveras” árabes, todas sanguinarios fracasos; protagónicos –en nuestro caso– con idéntico civismo, manifestantes y autoridades –triunfante entre nosotros– la institucionalidad del Estado.

Importante también su anterior decisión política de incluir en la terna de candidatos a vicepresidente, a Alejandro Maldonado Aguirre, actual presidente de la República.

Todos estos hechos caracterizarán, positivamente, lo que fueron las decisiones y las acciones finales de su mandato.

En lo que respecta a las graves imputaciones que se han hecho al expresidente Pérez Molina –por mandato constitucional expreso– debe presumirse su inocencia –e inocente es, en tanto no se demuestre lo contrario: sujeto como se encuentra, dando la cara, tal y como anticipó que lo haría, ante los tribunales de Justicia.

 La culpabilidad del exfuncionario no está en nosotros declararla sino en los jueces y serán estos quienes lo absuelvan o condenen.

 En todo caso, me parece correcta la separación tajante que formulo. Las imputaciones, en manos de los tribunales de Justicia en tanto que sus decisiones políticas finales, su evaluación, en nuestro juicio, decisiones que en mucho coadyuvaron al éxito de las elecciones celebradas.

Cada cosa en su lugar. ¿No le parece? 

 De árbol caído, todos hacen leña ¡Ay de los caídos! Las ratas abandonan los barcos y, en cuanto tales abandonos, todo ocurre para que se repita una historia ¿Y vos, también, ché? la que escribiera Borges –ya lo había hecho Shakespeare– referida a César.

 El Señor Presidente no es el protagonista de la obra asturiana, sino la propia tiranía. Sumisos todos ante el poderoso y déspotas con los débiles –preso este mismo de su trama– tiranos, todos, en una cadena interminable, el Pelele, la expresión final del oprimido. Amén.

acisclo_valladaresmolina@yahoo.com

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