Jueves 18 DE Abril DE 2019
Opinión

Frankenstein y Van Helsing, acá

La virtud universal y el espíritu comunal.

— Fernando González Davison

La inglesa Mary Shelley escribió en Ginebra la primera obra de ciencia ficción en 1808 cuando solo tenía 18 años. Eran días de rayos casi sin luz en la Tierra porque la gran erupción del Krakatoa esparció cenizas que orbitaron la Tierra por semanas. El frío fue tremendo ese invierno en el orbe. Ella, su esposo y lord Byron, bajo los truenos, apostaron una noche muy oscura escribir la historia más terrorífica. Ella ganó y se diferenció de la literatura de fantasía, por su apego a la ciencia con ciertas libertades. Tras la publicación de su Dr. Frankenstein, otros escribieron sobre monstruos como el Hombre Lobo, el Dr. Jekill, el conde Drácula, una proyección de los antiguos mitos de mitad hombres y animales, sin conciencia propia.

El Dr. Frankenstein crea un ser vivo con partes de seres muertos, usando la electricidad, recién inventada en Inglaterra. Con chispas, se movían las ancas de una rana muerta y parecía resucitar. De ahí Mary tomó la idea. Ella nació en un ambiente intelectual donde su padre era un liberal de avanzada, como su madre, de las primeras feministas. En la introducción de su obra ella menciona el avance científico y el objetivo de la obra: la virtud universal y el espíritu comunal para que los hombres no se queden solos, como el engendro creado por Frankenstein, un deamon, un personaje sin nombre, desgarrado por el dolor (como muchos pueblos oprimidos). Tiene su punto romántico cuando exige a Frankenstein que le cree una fémina para estar acompañado como el resto de hombres. La crea pero el médico se niega darla por consideraciones éticas. “Si me haces feliz entonces volveré de nuevo a ser virtuoso”. El médico egoísta lo irrita sobremanera y pierde los estribos cuando la destruye… Así el deamon no tiene comunidad con nadie, y lo considera su enemigo. Así, sin pareja, el deamon es un ángel caído, discriminado, que se torna una amenaza para su creador. Se rebela el deamon y, finalmente, se autoexilia yendo al frío y congelado del norte…

Acá en esta época vivimos tiempos más oscuros que en 1808, con una clase política que se asemeja al Dr. Frankenstein, que juega a su gusto con los hombres de buena voluntad. Esos símiles de Frankestein, bajo truenos, gozan del poder temporal y, egoísta, lo usufructúan como pulpos succionando el sudor de la población, a la que exprimen dejándola sin salud ni educación ni justicia. Por eso huyen miles de su tierra al norte como el deamon, ante la ausencia de un espíritu comunitario, entre violencia y la avaricia de magnates y políticos inescrupulosos, propio de un régimen corrompido, donde no existe virtud universal sino avaricia y descomposición política. Ahí el reclamo de Mary por dar a todos un espacio comunitario cuando no lo hay (como sucede en nuestra Guatemala). Ahí el reclamo de la sociedad irritada que busca salir de la oscuridad en que la mantiene esta clase política, que durante décadas ha pateado los derechos de los habitantes de esta tierra y experimentado a su gusto con el maya, el pardo, el garífuna y las capas medias honestas. La gente ya tomó conciencia y quiere liberarse de esos vendepatrias de carne y hueso, los nuevos Frankenstein y dráculas, que han dejado solas a las aldeas y pueblos en su miseria y sin empleo a muchos. Por eso admira el ejemplo de servicio de José Mujica, quien el martes dijo: “ninguno es más que nadie” y que “un pueblo lo que no perdona es el fraude” de los políticos, que estaban frente a él. “Nadie vote por corruptos” pareció agregar. Por ello, ahora, nuestra gente apoya al cazador de monstruo-ladrones, que es el nuevo profesor Van Helsing, que acá se ha vuelto don Iván Velásquez al frente de la CICIG, muy a tono con la consigna solidaria de la joven Mary Shelley: la virtud universal y el espíritu comunal.

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