Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Por qué un candidato se puede caer

Una cosa es aparentar, otra creérselo.

— Édgar Gutiérrez
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En una carrera electoral lo más difícil no es alcanzar la punta, sino administrarla. Manuel Baldizón no ha sabido hacerlo. Hace unos días el periodista Ronald Mendoza de la revista Crónica me preguntó cuáles eran los errores del candidato y por qué los había cometido. Más o menos mis respuestas fueron: 1. Actuó como Presidente, desde mucho antes de serlo; 2. Descuidó el voto de rechazo que anida en zonas urbanas, sin saber enamorar a las clases medias y 3. Le pegó el síndrome del novio rechazado, hasta pelearse abiertamente con esos sectores, minoritarios pero influyentes. Se puede ganar con el voto rural, pero no gobernar en contra de las poblaciones urbanas.

 

El exceso de confianza se conjugó con resentimiento. Las emociones son un terreno de la política donde resulta muy fácil resbalarse. Muchos se quieren pelear con un candidato puntero, pero este no puede darse el lujo de responder al pleito, sin perder (aunque en apariencia gane o infunda miedo con su aparato mediático, de abogados o acarreo de masas). Así, borrar del chat a los financistas que incumplen la cuota después de los primeros cinco días del mes, puede ser un escarmiento, pero clava una molesta astilla que más temprano que tarde alguien se sabrá sacar. La relación de poder entre un candidato y su financista es un sutil cálculo de intereses que se arruina al hacerse explícito como miedo o chantaje.

 

Al candidato se le acepta o rechaza por lo que es, no por la pose que adopta para ser aceptado. De poco sirve ansiar reconocimiento intelectual como autor de libros, cuando la trayectoria de vida no corresponde. En el mundo los candidatos suelen publicar un libro que proyecta su visión o una biografía inspiradora que alguien les escribe, y su función estricta es de relaciones públicas. Hoy día, en nuestro medio, la colección de títulos universitarios ya no es garantía de conocimiento, menos de sabiduría; sin demeritar esfuerzos, se ha convertido más en requisito formal (a veces chanchullero) del ascensor laboral.

 

En la historia política los dictadores e incluso los presidentes democráticos aparentan saberlo todo, pero para guardar bien esa apariencia deben contar con equipos multidisciplinarios de excelencia, cuyo requisito es pensar libremente. Aparentar que se sabe de todo y creérselo –y que además su entorno se lo haga creer– es un error serio, como hemos podido constatar en los últimos tres meses.

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