Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Nuestros deberes con la hermana Tierra

Francisco nos recuerda que no somos sus propietarios.

— Roberto Blum
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Francisco, tomó de su homónimo Francisco –aquel pobrecillo de Asís– las primeras palabras de su cántico Laudato Si para iniciar la segunda carta encíclica de su pontificado. El papa Bergoglio escribió una carta urgente a toda la Iglesia y a todos los hombres y mujeres del planeta. Esta carta es un llamado a la acción inmediata: en realidad un grito de la hermana madre Tierra que se siente violada por la conducta irresponsable de sus hijos, nosotros, los miembros de la especie homo sapiens.

 

“Laudato sii, o mi signore, laudato sii por todas tus creaturas, por el sol y por la luna, por el viento y las estrellas, por el agua y por el fuego. Por la hermana madre Tierra, que alimenta y que sostiene, por la hierba, por la flor y por los frutos, por los montes y los mares, que el sentido de la vida, sea cantarte y alabarte”, vibraba la voz de un Francisco lleno de amor por su Dios y por la creación en la que Él se manifestaba.

 

Dice Francisco acerca de la Tierra: “Nuestra hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes”: Y continúa: “Estas situaciones provocan el gemido de la hermana Tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos”.

 

Durante milenios, en la tradición de nuestra cultura occidental, de raíces judeocristianas, se tomó literalmente el mandato bíblico que aparece en el libro del Génesis: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra. Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento”. Parecería que en este texto el Señor del Universo, su creador y dueño original, cedió al hombre y a la mujer la propiedad absoluta de la Tierra y todo lo que contiene. Algunos exegetas afirman que en el Génesis Dios nos escrituró a la hermana Tierra, con todas las creaturas que en ella viven.

 

Pero, ¿es realmente un derecho de propiedad lo que los humanos tenemos sobre el planeta o es más bien un derecho de usufructo, con el consiguiente deber de administrar prudente y racionalmente nuestra heredad?

 

Los romanos –esos estupendos administradores y jurisconsultos antiguos– nos enseñaron que la propiedad incluye tres derechos: el de uso, el de disfrute y el de disposición del bien; mientras que el usufructo solo incluye los primeros dos y además implica el deber de conservar y llevar una buena administración del mismo.

 

En esta encíclica del 2015, Francisco nos recuerda que no somos propietarios de la hermana Tierra, sino que solo gozamos de su usufructo: un derecho real que nos exige el deber de cuidar y conservar como buenos administradores los bienes que nos fueron dados. ¡Ojalá que los humanos de nuestra época recobremos la pietas, virtud romana que poseía Eneas y que Cicerón definía como “aquella que nos exhorta a cumplir con nuestro deber en todos los aspectos!”.

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