Martes 19 DE Marzo DE 2019
Opinión

Relatos

Su rostro y el aura de su personalidad denotaban que había dentro de él muchas memorias.

— Luis Fernando Cáceres
Más noticias que te pueden interesar

Mi abuelo Luis tuvo por años su oficina sobre la 5a. avenida, entre la 13 y 12 calles, de la zona 1. Muchas veces lo visité ahí, algunas veces solo, otras con mis padres y ya en la preadolescencia algunas veces, cuando se nos ocurría que queríamos comprar algo, nos aventurábamos allá con mi primo Luis Rodolfo y le pedíamos que nos adelantara los regalos de cumpleaños. Luego, mi padre tuvo su oficina sobre la 11 calle, como a tres cuadras de la oficina de mi abuelo, así que el área me es muy familiar y, más que eso, es un espacio de la ciudad que me aviva muchas memorias.

 

Entre el retiro de mi abuelo, el cambio de ubicación de oficina de mi padre y el tiempo que pasé estudiando afuera del país, dejé de ir al centro de la ciudad por muchísimo tiempo. Hace como tres años tuve que ir al centro y decidí parar a almorzar en el restaurante del Hotel Royal Palace.

 

La parte frontal del hotel me parece una tragedia: rompieron con la arquitectura del edificio original y terminaron de arruinar el aura del lugar con esa música reguetonera que ponen a todo trapo. Sin embargo, pasado el lobby, el hotel todavía guarda la magia de hace medio siglo: el minúsculo elevador original, los pisos, la madera y la decoración art-deco.

Entré al restaurante, crucé a la izquierda y subí un par de gradas para encontrar una mesa en esa parte del restaurante que permite ver desde una perspectiva ligeramente elevada, la parte central del lugar.

 

Ordené una mineral y algo de comer que no puedo ya recordar qué fue. Poco tiempo después de que mi comida llegara, vi entrar a un hombre mayor. Toda su apariencia me recordó muchísimo a mi bisabuelo Julio: el andar pausado, el traje gris claro de tres piezas, el sombrero, el bastón, el porte de caballero. El anciano recorrió lentamente, pero con convicción, la parte central del restaurante y se sentó en una mesa justo debajo de donde yo estaba. Iba arrastrando una especie de saco o bolsa de gran tamaño. Varios meseros lo saludaron cordialmente y el respondía todos los gestos con leves sonrisas. Era claro que era un cliente regular.

 

El cuadro creó tal impresión en mí que no pude evitar preguntarle a la camarera acerca del individuo. Al inicio la mesera evadió sutilmente mi pregunta, solo me explicó que era una persona que llegaba con frecuencia, pero agregó algo que me sorprendió: “nosotros le dejamos que se tome una taza de café”. “¿Cómo qué dejamos?” indagué. “Bueno, sí, no le cobramos” me dijo ella y siguió “no siempre puede pagar”. Todo el asunto solo hizo volver toda mi atención a él. Fue la forma como ella lo había manifestado; no me dijo que él no tuviera dinero y, francamente, aunque el atuendo de este caballero claramente no se había cortado en Saville Row, quedaba establecido que requería de algo de recursos vestirse así.

 

En eso pensaba yo cuando paré a especular sobre qué clase de persona es la que se viste con tanta compostura y va a un restaurante casi a diario a tomar café. Más aún, imaginé que él todavía veía en ese hotel toda la grandiosidad del establecimiento que alguna vez fue hace medio siglo.

 

Pedí a la mesera que le llevara la tasa de café y un pedazo de pie de manzana y me quedé quieto esperando su reacción. Al recibirlos, la mesera me señaló y le dijo algo que no alcancé a oír. El, aún sentado, se viró hacia mí y me ofreció la misma sonrisa con la que anteriormente había saludado a todos al entrar al lugar y luego empezó a tomar su café.

 

Mientras el anciano tomaba trozos pausados del pedazo de pie, sacó algo del bolso que entró arrastrando y empezó a manipularlo, como haciéndole ajustes. No podía ver qué era, porque nuestras mesas estaban en posición diagonal una de la otra y yo lo que alcanzaba a verle era la espalda.

 

Luego de un rato me mandó con la mesera una especie de artesanía o manualidad, no sé exactamente cómo describirlo. Un objeto hecho por sus manos. Hice un ademán de agradecimiento y el viejo sonrió. Su rostro y el aura de su personalidad denotaban que había dentro de él muchas memorias: la de un gran amor con una joven mujer que amó toda su vida, la de sus años de arduo trabajo, la de sus viajes.

 

No pude contener el deseo de conocerlas así que me dirigí a su mesa y le pregunté si podría platicarle un momento.

 

Continuará.

Etiquetas: