Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Tiempos de tejer

Se trata ahora de romper el continuum de una historia de infelicidad y dolor.

— Anamaría Cofiño K.
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El reciente mes de abril sacudió la apolillada memoria colectiva, llevándonos de vuelta hacia las gestas de 1944 que culminaron con la alborada revolucionaria. Esa rememoración trajo imágenes y sentimientos presentes en el hoy, por ello Jacobo Árbenz ha vuelto a estar en las manifestaciones con la gente, acompañado por un gabinete de lujo, integrado por Alaíde Foppa, Luis de Lión, Rogelia Cruz Martínez, Manuel Colom Argueta, María Chinchilla, Oliverio Castañeda de León y otros personajes históricos de la genealogía revolucionaria.

 

Las movilizaciones espontáneas en las que decenas de miles nos hemos reunido en calles y plazas son encuentros políticos autónomos encaminados hacia un devenir que quisiéramos marcar con huellas distintas a las que dejaron largos periodos de impunidad. Sin duda estamos viviendo, protagonizando o simplemente viendo pasar, momentos cruciales y definitorios del futuro, inevitablemente apegados al pasado. Estamos cobrando otra vez la deuda histórica de la justicia que nunca se ha cumplido. Queremos cortar los lastres que impiden superar los problemas para darles cabida a nuevas posibilidades por construir.

 

Así como la memoria es un territorio en disputa, el presente también está en pugna. Varios grupos dominantes batallan por sostener un régimen que les otorga todos los privilegios y beneficios que son generados por la colectividad desposeída. Del otro lado, en las antípodas, están las multitudes anónimas, las voces marginalizadas, las agrupaciones prohibidas, las mujeres, la niñez y la juventud, los pueblos originarios, exigiendo los derechos que les fueron arrebatados. Entre esas fuerzas antagónicas, otras tantas se debaten en el desconcierto, en el temor, en la complacencia, todo ello entreverado en un complejo escenario de intereses y luchas de poder. En tiempos como estos, los cambios atraviesan todos los territorios, por eso es que, en lo personal como en lo político, también se ponen en cuestión nuestros principios, nuestras formas de ser y actuar.

 

Son tiempos de vaivenes, de retrocesos y saltos; hay días de esperanzas luminosas y otros de generalizada depresión. Así ha sido la historia, nunca lineal ni unidireccional, siempre sujeta al azar y a los caprichos de las relaciones que establecemos, a veces sin darnos cuenta. En este “tiempo-ahora”, como diría Walter Benjamin, se enfrentan las corrientes que ponen el bienestar como objetivo central de la sociedad, contra los diques que representan un modelo que propone el progreso como meta, disimulando la trampa del estancamiento que entraña.

 

La verdadera elección que tenemos por delante es entre Reforma y Revolución, entre medidas cosméticas de la institucionalidad del sistema o transformaciones profundas de las estructuras socioeconómicas. Nos toca escoger entre seguir permitiendo la destrucción de nuestro país o construir una Guatemala donde podamos convivir en paz, con democracia y dignidad. Los caminos son muchos, al igual que los vehículos para transitarlos. Lo que importa es la meta que nos proponemos, esa es la luz que nos ha de guiar, no importa cuánto tardemos.

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