Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

El gran devastador

Sufre en su vasta y profunda soledad.

— Luis Fernando Cáceres
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Solo y desconcertado busca viejas amistades, pero no logra encontrarlas. Algunas de esas relaciones, muchas en realidad, no eran tal cosa es decir, fueron personas cercanas, pero no amigos devotos. Eran individuos con los que habían intereses alineados y esos ya todos se fueron. Buscan salvarse y lo hacen ofreciendo información a quien esté dispuesto a escuchar y proveer en pago una puerta de salida: las ratas siempre saltan primero cuando el agua penetra el casco. Las otras relaciones fueron en su época –una que ha quedado muy atrás– amistades con vinculaciones honestas: camaradas, condiscípulos y compañeros de jornadas importantes. De este tipo de relaciones –como suele suceder– él tenía pocas. Estas también se han ido. Se han ido porque él no fue fiel, porque él traicionó las ilusiones que los unían. Él traicionó a quienes le apreciaban con pureza.

 

Se sabe abandonado, se reconoce acorralado y sin muchas opciones. Hace llamadas continuas para escuchar opiniones. Llora a menudo. El rostro desarticulado y palidecido muestra ese espíritu roto y triste. Siempre bebió, un poco allá y un poco acá, pero ahora lo hace más frecuentemente. Whisky es la bebida de opción; Old Parr de preferencia. Puntual y humilde llega a las esporádicas citas que le aceptan. Generalmente en lugares privados y ya entrada la noche. Busca consejos, sin embargo no hay mucha desviación: todos le dicen lo mismo. En realidad lo que más busca es un poco de empatía, pero para él ya nadie la tiene.

 

Mucho del daño que causó se lo abona a esa maldita relación que forjó. ¡Cómo puede el amor nublar! Si tan solo hubiera escuchado antes, pero ya es tarde y está solo. Aun así, aun con todo ese remordimiento le cuesta reconocer la parte cardenal de todo esto: su responsabilidad individual. Aun tiende a culpar al contexto, a la inercia natural de estas cosas y a las personas que lo rodeaban.

 

Muy en lo profundo de su vasta y dolorosa soledad, cuando el dolor es más profundo, cuando el tormento es intolerable, reconoce que todo estribaba realmente de él. Pero eso cuesta mucho concederlo abiertamente.

 

Sufre en lo inmediato porque reconoce en frente de él un futuro desolador. Devastó su propia línea existencial. A menudo se pregunta cómo pudo todo llegar hasta este punto y siempre termina sin una respuesta. No logra serenarse. No logra decidir un rumbo de acción.

 

Soñó con un legado importante y duradero, pero fue un sueño efímero y débil: carecía convicción y certeza. En lugar de alzarse con esa dulce memoria colectiva que una vez contempló lo que cosechará es una profunda repugnancia general.

“Creí que duraría para siempre” logra murmurar entre débiles sollozos. Lo mismo de siempre. Él lo vio en otros y se dejó llevar igual que ellos. El gran devastador está solo y el cerco que amenaza su libertad es cada vez más estrecho. De poco sirve ya las llamadas que hace, de nada sirve ya su tono humilde. Nada queda de aquel amor idílico, nada queda de sus pasados logros, nada queda de sus amistades y nada queda de sus sueños. Destruyó, como el perfecto “Antimidas”, todo lo que tocó.

 

Entre dolor y desconsuelo debe resolver: reconocer sus faltas y entregarse a sus pesquisidores para lograr algo de dignidad y reencauce personal o tolerar la tormenta progresiva y esperar una salida que cada vez parece más imposible.

 

El gran devastador sufre y mientras sufre debe decidir.

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