Sábado 20 DE Julio DE 2019
Opinión

¿El anuncio del porvenir, Prometeo y Babel?

El antiguo terror a “ser como dioses” encadena todavía a muchos de nuestros congéneres.

Fecha de publicación: 11-07-15
Por: Roberto Blum

“Viste con trajes de dos piezas. No utiliza joyas ni se cubre de maquillaje. Amarra su largo pelo en una coleta. De sus pechos aflora la feminidad. Y de sus pantalones, la virilidad. Es transexual, empresaria, billonaria, escritora y futurista exitosa. Representa el ying-yang sexual. Pero ante todo, es humana, una persona familiar; amante de su esposa, de sus cuatro hijos y de sus nietos”. Así describe el periódico español El País a Martine Rothblatt, una transexual que es la ejecutiva mejor pagada, y una visionaria de la medicina, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones. Pero ella no es un caso único. Bruce Jenner, campeón en la prueba del decatlón de los juegos olímpicos de Montreal en 1976, se ha convertido gradualmente en la mujer Caitlyin Jenner. La economista e historiadora, Deidre McCloskey, doctora honoris causa por la UFM, autora de 16 libros, entre ellos Bourgeois Dignity: Why Economics Can’t Explain the Modern World, y más de 400 ensayos académicos, fue anteriormente un individuo del sexo masculino.

 

Jan Morris publicó en 1974 Conundrum, un libro en el que describía su experiencia del tránsito de hombre a mujer. Ella nació varón en Inglaterra, en 1926. Al término de la II Guerra Mundial, James –su nombre de nacimiento– fue lancero en el “Noveno Regimiento de la Reina”. Después fue reportero de guerra, montañista en la exitosa expedición de Hillary y Tenzing al Everest, y en 1956 probó que Francia e Israel se habían confabulado para invadir Egipto. Escribió en una importante trilogía la historia del Imperio Británico. En 1949 se casó con Elizabeth Tuckniss y procreó cinco hijos. Sin embargo, ella afirma que en su corazón siempre se sintió mujer. En 1972 realizó el paso definitivo de hombre a mujer. En 1952, Christine Jorgensen fue la primera estadounidense de la que se supo haber cambiado de sexo.

 

En la segunda mitad del siglo XX, numerosos individuos han transitado quirúrgicamente de un sexo al otro. En los Estados Unidos, uno de cada 30 mil varones y una de cada 100 mil mujeres lo han hecho. En Holanda se tienen datos de que 10 mil varones y 30 mil mujeres se han sometido al cambio de sexo. En Nueva Zelanda los datos son 3 mil 639 hombres y 22 mil 714 mujeres. Olyslager y Conway afirman, en un estudio presentado en el 2007, que la prevalencia es mucho mayor: de hecho, a nivel mundial, son 4 mil 500 hombres a mujer y 8 mil mujeres a hombre los que han decidido cambiar su sexo de nacimiento. Y el fenómeno de los individuos “transgénero” seguramente es mucho mayor. Sus costos son significativamente menores.

 

En las sociedades tradicionales, el fenómeno transgénero es relativamente común. En la cultura zapoteca de Oaxaca, los “muxes” –hombres que se visten y actúan como mujeres– son comunes y socialmente aceptados. Entre los amerindios de Norteamérica, los “berdaches” –también conocidos como “dos espíritus”– cumplen desde siempre los roles de los dos sexos. En la India, los “hijra” –individuos transgénero que constituyen una enorme población de millones, tienen una larga tradición, y aparecen ya en el Majabharata del siglo III a.C. y en las cortes islámicas del medievo– recientemente han sido reconocidos por la Corte Suprema de Justicia india como un tercer género.

 

Sin duda, los humanos somos de una naturaleza plástica, cada vez más fluidos, más maleables y capaces de ser mucho más que uno solo. Nuestro futuro es impredecible y está cada vez más en nuestras propias manos. El antiguo terror a “ser como dioses” encadena todavía a muchos de nuestros congéneres, pero los hombres y mujeres estamos cada vez más dispuestos a tomar el control radical de nuestro destino. Sabemos que somos adultos libres. ¡Ojalá sepamos hacerlo bien!