Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Velorio electoral

Al llegar a la pubertad ya hacía gala de participar en orgías de corrupción.

— Manfredo Marroquín
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En la medida que nos acercamos a la fecha establecida para los comicios generales, el proceso electoral más que una fiesta cívica, va adquiriendo la apariencia de una ceremonia luctuosa dominada por lamentos y pesares inevitables de experimentar hasta que culmina el protocolo mortuorio.

Esta percepción corresponde mucho a la realidad toda vez esta próxima elección bien podría significar el entierro del sistema político-electoral inaugurado en 1985, siendo que con tan solo 30 años de edad, este régimen no parece gozar de longevidad como resultado de una vida avocada a vicios, desmanes y bacanales, que fueron minando la vitalidad y funciones de todos los organismos de Estado, hasta dejarlo prácticamente desahuciado.

En todo el territorio nacional se conoce de incidentes, algunos de ellos violentos, donde candidatos sufren atropellos, insultos y agresiones y hasta son expulsados de las comunidades que visitan. No se trata de casos aislados, por tanto marcan una señal clara del cansancio y hastío ciudadano frente a un sistema que traicionó la transición ofrecida hacia un modelo democrático, al punto que ya casi nadie cree que del mismo pueda surgir algo distinto a lo conocido que nos ha mal gobernado.

Si lo comparamos con la vida de una persona, se diría que el sistema nacido en 1985 dio muestras tempranas de malacrianza e insolencia. Con apenas ocho años, ya quería desobedecer los mandamientos constitucionales. Sin tener el complemento vitamínico suficiente, se volcó a una ingesta de programas chatarra que diezmaron su aún mal formado cuerpo. Al llegar a la pubertad ya hacía gala de participar en orgías de corrupción y al alcanzar la mayoría de edad, sobredosis periódicas de malgasto e irresponsabilidad lo llevaron a tratamiento intensivo que es donde se encuentra hoy.

Diría que su inminente deceso causará más alegrías que lamentos. Fueron muy pocos los buenos y gratos momentos que ofreció a los gobernados como para llorar su ausencia. Como herencia, deja deudas que pagar, traumas difíciles de superar y una reputación de país que nos hace ver muy mal en el concierto de naciones civilizadas.

Una vida malograda puede afectar a un entorno limitado de familiares y amigos, en cambio un sistema político-electoral desviado de su misión, impacta a toda una sociedad que ve disminuir sus potencialidades de crecer material y espiritualmente, alejándola de alcanzar los postulados del bien común y la justicia social que justifican cualquier ordenamiento constitucional.

Pero los países a diferencia de las personas no están llamados a morir tan efímeramente, y por tanto pueden darse la oportunidad de recomenzar y resurgir de las cenizas. Con elecciones en septiembre o cualquier otra fecha diferida, lo cierto es que hay una percepción generalizada de que el sistema esta genéticamente comprometido como para dar una sorpresa de ofrecer un buen fruto.

Hace cuatro años cuando desde la sociedad civil se clamaba porque se aprobara un paquete de reformas a la Ley Electoral, estas pudieron ser un tratamiento efectivo para tratar al enfermo sistema, pero en la medida que nuevamente se dilata la aprobación de una nueva y más severa dosis de reforma, llegará un punto en que esta pasará a ser una aspirina que pretenda curar un cáncer avanzado que ha hecho metástasis en todo el cuerpo estatal.

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