Martes 18 DE Septiembre DE 2018
Opinión

El tiempo perdido

El que comparte el poder con el diablo en el infierno se queda.

— Amílcar Álvarez
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En política la relación entre la vigilia y el sueño es alquimia común y corriente permitiendo que la luz y las tinieblas caminen de la mano sin inmutarse, guiadas por un fantasma que adormece la conciencia. Es un brebaje que sirve para mantener el sentido de unidad cuando no la hay y creer en la verdad única ocultando que viven una guerra de pasiones opuestas, la historia describe algunos antecedentes. Para explicarlos con facilidad, se atribuye a “Simón Mago” personaje señalado como un impostor en los “Hechos de los Apóstoles” una frase que dice: El que comparte el poder con el diablo en el infierno se queda. Parte del problema en Guatemala es que andan dos diablos sueltos, uno es mestizo y otro importado. Comparten una intimidad política contradictoria diseñada por los sincretistas modernos en nombre de la institucionalidad, para darnos atol con piquete oxigenando un sistema moribundo con un malabarismo difícil de digerir, en un siglo en el que con entusiasmo se corrigen errores del pasado empezando por Cuba.

La atmósfera que están creando estos colochos es para seguir con lo mismo imponiendo reformas cosméticas y que todo cambie sin que nada cambie, demostrando que hay corrientes subterráneas complejas y rigurosas de orden político y económico manipulando la crisis bajo la premisa de que somos una bola de pendejos. Esa actitud refleja que a ese grupo iluminista el fanatismo no le deja cambiar su visión de la modernidad, poniendo en evidencia su inferioridad para dirigir un país caracterizado por defender sus tradiciones y sus valores. Todavía no saben que hace rato sacaron de la lista de mentiras a los dogmas como método tradicional de seducción política por su evidente fracaso, lo cual los inmoviliza y perturba. La frustración los induce a caer en actos desesperados que fácilmente se les revierten por tener la juventud otro concepto de la realidad y otras aspiraciones que empiezan por guardar distancia entre un pasado político que no le pertenece y su futuro lleno de esperanza y fantasía.

Desde la antigüedad los principios han tenido un vínculo especial con la realidad, ello explica la sabiduría de los pueblos melancólicos como el nuestro que no permiten que la fragilidad de la retórica convierta su imaginación en esclavitud para esperar tranquilos un futuro mejor, instante que a veces dura cien años pero llega para quedarse en presencia de la eternidad. El irrespeto a la ley y a los valores sociales que caracteriza a los políticos revela que padecen una crisis moral profunda que les impide encontrar el camino para incorporarse con naturalidad a la sociedad. De tanto aplicar la ley de la selva se les olvidó respetar los derechos de los ciudadanos, se les olvidó que la ley no está en contra de nadie por eso beneficia a todos. Deberían recordar que el margen de votos que les permite llegar al poder si bien les da legitimidad para gobernar no los consagra, menos para compartir la degradación que genera la corrupción generalizada, provocando daños sociales irreversibles. Tragedia edificada sin rubor, pensando que la impunidad es eterna y que pueden mantener al pueblo en un estado de muerte relativa pescando sueños, lamentos y amarguras. Están equivocados, la primavera llegó para quedarse y juzgarlos.

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