Lunes 28 DE Septiembre DE 2020
Oculta

Vida envuelta de literatura

Méndez Vides va más allá de la fecha histórica para dejarnos ver el lado personal que hay detrás. Fue un septiembre, recuerda, cuando conoció a quien lo acompañaría en este viaje de vida y letras.

Fecha de publicación: 15-09-20
Por: Adolfo Méndez Vides/Viaje al centro de los libros

Voy a contar una historia romántica que sucedió en septiembre de 1979, cuando apenas estaba arrancando mi carrera literaria, y todavía vacilaba mi destino entre la poesía y la prosa. Un primer libro de cuentos, ‘Escritores famosos y otros desgraciados’ fue elegido por una quijotesca editorial RIN 78 de estudiantes landivarianos que creían en la Literatura, y para que los 16 editores me conocieran, fui invitado a refaccionar en agosto de dicho año a La Tertulia, donde salvo por un par de conocidos, los demás me miraban algo desconfiados, así que una silla quedó sin ocupar a mi lado. Le correspondió a quien llegó tarde, a una joven estudiante de letras que no se perdía la Feria de Jocotenango, y que por tal razón se atrasó. Pasamos discutiendo todo el rato, pero la llamé en los días siguientes para continuar el altercado, y así tuvimos nuestra primera cita. Ella me contó que el 15 de septiembre era su cumpleaños, que sus papás le celebraban con desfiles y antorchas, y me invitó al festejo el 13, en un ágape organizado en su casa con la presencia de los amigos editores a quienes conocí gracias a la aventura de los libros. El único regalo que me resultó apropiado para la ocasión fue publicar en ‘El Imparcial’, donde entonces escribía semanalmente, un poema oscuro dedicado. Al llegar esa misma noche a la fiesta, sentí que mis versos confusos habían roto el hielo, y la relación se desbordó, trascendiendo en una vida llena de sorpresas, 5 hijas, 3 nietos y 16 libros publicados. Han pasado ya más de 40 años, y de casualidad encontré el poema de entonces, que hoy, en su cumpleaños le vuelvo a dedicar, porque a la literatura le debo todo lo que he sido, y a este poema, la vida en común:

A María Elena Schlesinger

La ciudad de Guatemala y sus viejas luces encendidas,

su centro, un balcón para que se ponga la luna en mi odio,

las calles que conducen, al final, a alguna carretera:

el implacentero adiós de dos ojos claros aturdidos por el dolor.

Una noche cualquiera, una conversación, una flor, jamás.

La ciudad, como un vicio, entrando en mis pasos;

la sangre ajena que reverbera en la hora y en la fuga,

el tiempo concentrado en un giro rápido de voz

y algún viejo planeta abrazado a las más oscuras risas.

Desde los altos puentes, en la soledad de medianoche, la ciudad.

encadenados a los más absurdos pensamientos,

con la memoria perdida en la imagen de alguna reunión o fiesta

de un rostro, quizá, preñado por fantásticas y dolorosas alegrías presentidas,

sabiéndose tan cadáver como las pistas, el verde y los recuerdos.

Detenido un cuerpo, recostado el rostro, iluminadas vitrinas.

Soñando, para mucho tiempo después, la alegría;

porque se habrá renunciado a la prosa para tener más hambre,

porque se ha perdido la música y adquirido de nuevo el vacío:

siempre habrá sido de esa manera: mucha soledad, muchos castillos.

La vida siguiendo su recorrido, sin poder ser jamás lo hermoso, o siéndolo todavía.

Las gentes en sus casas, con las luces prendidas, o fuera,

entre encantos, fiestas, encajes o pobreza de noches iluminadas,

donde deben estar y siempre estarán, contentas:

mientras el poeta vaga por las calles, un poco enamorado de la nada, un tanto solitario.

El mundo, los recuerdos, la vida intensa y la agradecida muerte.

Fatalidad de cosas hermosas, deliciosamente pasadas,

vicios de contranoche, paisajes de magníficos sueños,

vida dichosa de poeta rodeado de magníficas personas muertas,

cielo nublado, de tarde, para gritar hasta las felices lágrimas, por la calle.