Martes 11 DE Agosto DE 2020
Oculta

Los desencontrados de Mario Monteforte Toledo

Méndez Vides nos regala su mirada semanal al mundo de la literatura. En esta ocasión, Monteforte llega de la mano de una de sus novelas.

Fecha de publicación: 14-07-20
Por: Adolfo Méndez Vides/Viaje al centro de los libros

Una novela poco conocida de Mario Monteforte Toledo es ‘Los desencontrados’, con un título formidable. Fue publicada originalmente por la editorial mexicana Joaquín Mortiz en sus tiempos de gloria. La novela apareció en julio de 1976, cuando los guatemaltecos vivíamos nuestros años abismales, asolados por la represión y la lucha interna. La obra no circuló mucho en México, y menos acá, en esas fechas.

Lo curioso del aporte fue el cambio de Mario, quien abandonó su temática dialéctica en el entorno guatemalteco, que había ido de la ruralidad maya a la europea dominante, en ‘Entre la piedra y la cruz’ o ‘Donde acaban los caminos’, sus obras más divulgadas, y conservado nacional en el drama de las ideas totalitarias frente al libre albedrío en ‘Una manera de morir’, obra maestra que él mismo reprimió, impidió se finalizara la producción de la película por una escena incorporada con el retrato de Stalin que no le gustó, y prohibió una edición francesa, y le metió zancadilla a su propia obra a pesar de la buena aceptación que despertó entre el público, por el rechazo y pérdida de antiguos amigos nacionales que lo marginaron y acusaron de “revisionista”, provocándole gran tristeza. La historia de ‘Tito’ Monterroso en actividad pública retitulándola con ironía ‘Una manera de vivir’ que los llevó a las manadas, lo persiguió siempre, incluso al error en las cuartas de forro de la edición de Alfaguara de ‘Los adoradores de la muerte’, donde por algún desliz se fue así la mención de la misma, lo que le provocó un profundo malestar, aunque resignado me lo compartió una noche dejando caer los brazos, cuando me obsequió una copia recién salida del horno, que guardo con gran aprecio por la revelación que empañó su ilusión.

En ‘Los desencontrados’ elige situarse en el país vecino, y escribió una novela mexicana, aplicándole la dialéctica en las relaciones sentimentales imposibles entre personas de diferente origen. Ya no tenía, como en casos previos, el auxilio de la experiencia fecunda de la infancia y juventud, ni la referencia del amor idealizado con una mujer indígena, que fue su banquete de civilización y barbarie. Cuando acuñó la frase: “Aparte son los blancos, aparte son los naturales…”. En ‘Los desencontrados’ la relación imposible se sucede entre un mestizo mexicano educado para dominar a la esposa, con licencia para acudir a los prostíbulos en plan de negocios, y una mujer blanca de los Estados Unidos, independiente y puritana. Es su misma novela de siempre pero con los papeles cambiados y el escenario distinto, donde fluye el espíritu pasivo de la vida desencantada en medio de la rutina familiar, en los años de los hippies, Vietnam y las drogas. El discurso de la novela tiene cierto sabor a depresión, y la estructura es más enredada, quizá por cansancio o porque se tomó la libertad de la experimentación tan en boga en dichas fechas, las de la Onda.

La novela fue bienvenida por José Revueltas, el escritor mexicano que fue su gran amigo y motivo de inspiración en ‘Una manera de morir’: “Vocación, hondura y talento son los rasgos inconfundibles de este tan recio escritor… Lo más suyo, sin embargo, es el oficio; gran oficio como narrador”. Los comentarios críticos no se sucedieron como otras veces. El libro debió guardarse en cajas en alguna bodega, y resucitaron décadas más tarde, nuevos pero en ventas de libros usados, como antesala a la incineración. Hoy en día hay una edición nacional de Piedra Santa, pero leer la original también circulan los ejemplares resucitados del sello original, aunque en términos concretos eso sea un hecho irrelevante. Lo que importa es disfrutar la prosa amena de nuestro escritor, interpretando su drama familiar en los años setenta tratando con adolescentes en casa, y apreciar su discurrir sobre la aversión a los excesos sentimentales, a la rabia de niños que dejan mocos por todas partes, al alma confusa de “cartero nuevo que siempre parece ir a donde no va”.