Lunes 1 DE Junio DE 2020
Oculta

José María Arguedas en Guatemala

El escritor peruano dejó una huella profunda en la literatura de su país y la región. En esta columna, Méndez Vides repasa en una de las obras clave de su producción.

Fecha de publicación: 19-05-20
Por: Adolfo Méndez Vides

La novela que más admiro y he releído del escritor peruano José María Arguedas es ‘Yawar fiesta’, cuyo primer término significa sangre en quechua. Fue su primera novela, y considerada por su coterráneo Mario Vargas Llosa como ‘rara avis’, donde no deja de percibirse el genio del autor, pero inferior a ‘Los ríos profundos’, que ya es su obra mayor, en cuyo primer capítulo, titulado ‘El viejo’, logra uno de los más altos momentos de la literatura latinoamericana al expresar el asombro de un niño, sintiendo y palpitando con él, cuando llega de paso con el padre al Cuzco, pasa la noche en un tercer patio, en el suelo de la cocina, y, describe a la mañana siguiente al momento estelar del rezo de madrugada en la catedral, construyendo un pasaje literario extraordinario e irrepetible.El niño descubre la plaza que brilla como si fuera el centro del mundo; la catedral, en la cual no podía ser que lloviera encima; y la campana de nombre María Angola, que al sonar lloraba. El primer capítulo es tan fuerte que ya no sería necesario leer el resto de la obra. El padre del niño, odia a su hermano hacendado, en cuya casa están, y tras notar el mal recibimiento lo castiga marchándose muy temprano de la ciudad mágica, truncando la ilusión al menor. “La tierra debía de convertirse en oro en ese instante; yo también, no sólo los muros y la ciudad, las torres, el atrio y las fachadas que había visto”. El niño no quería rezar sino cantar.

Vargas Llosa, en su ensayo ‘La utopía arcaica’, cuenta la vida de Arguedas como novela, mientras elabora un análisis de su obra, y no puede sino caer bajo el embrujo de ‘Yawar fiesta’ (1941), que narra la historia de una corrida de toros en Puquio, un pueblo perdido en la sierra de los incas, donde el autor vivió su infancia y aprendió el sonido del quechua, que junto al viento, pájaros y flautas componen su universo sensorial.

Arguedas vino a Guatemala en 1961, y estuvo 3 meses, marzo, abril y mayo, de lo que surgió el único cuento suyo que se sucede fuera del escenario peruano, ‘El forastero’, para expresar cómo se había sentido en estas tierras: “Siguió cantando y, a pesar de la turbación de su memoria, percibió la gran semejanza de esos hombres recostados en el suelo, con los pies desnudos, y la especial estación de su pueblo lejanísimo donde muchos dormían en iguales posturas, mientras tocaban quenas y charangos”.

En una oportunidad lancé al aire por este medio la pregunta de quién lo habría conocido durante su estadía, y en una actividad cultural se me aproximó el historiador Ricardo Toledo Palomo, fallecido hace ya tres años a platicarme su experiencia, porque él fue quien lo atendió. Pero además, me deslizó un documento con su memoria, que en estos días de encierro, ordenamiento y clasificación encontré traspapelado. En tres cuartillas dejó plasmado el relato de la experiencia de acompañar al novelista por nuestro país 8 años antes de su suicidio, cuando ya era un autor famoso, pero viajaba como folklorista utilizando el nombre de José M. Altamirano, con el apellido materno, y copiaba una carta que Arguedas le escribió después de su visita: “Fue una lástima que me tocara la suerte de ir a Guatemala en tan mal estado de salud. No pude escuchar a fondo la voz del país, estaba pendiente o perturbado por mis propias preocupaciones. Sin embargo, si me dieran a elegir, algún país, de los que he conocido, para volver, elegiría sin pestañear a Guatemala. No creo que haya en el mundo un sitio más apropiado para el deleite del espíritu y de los sentidos que Atitlán”…