Viernes 17 DE Enero DE 2020
Oculta

2020, el año de Beethoven

Este año se celebra el 250 aniversario del nacimiento de uno los genios más auténticos de la historia de la música.

Fecha de publicación: 13-01-20
Por: Redacción/agencias elPeriódico

Con la llegada del año 2020, una de las mejores efemérides que se celebrarán en prácticamente todo el mundo es el 250º aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven, sin duda uno de los compositores más importantes en la historia de la música, un genio auténtico y un creador que desarrolló su vida con cierto heroísmo.

Con motivo de los 250 años del nacimiento del genio de Bonn están previstas múltiples celebraciones en todo el mundo. Conciertos, exposiciones y lanzamiento de discos con interpretaciones renovadas son algunas de las actividades previstas para festejar a Beethoven y, por supuesto, dar a conocer su obra. 

La emoción pura

Si bien, la fecha exacta del nacimiento de Beethoven no se conoce con precisión, sí se sabe en cambio que fue bautizado el 17 de diciembre de 1770 en Bonn, que entonces se encontraba dentro de los límites del Sacro Imperio Romano y que actualmente forma parte de Alemania.

 

Dentro de la historia de la música, Beethoven marcó la transición del periodo clásico al romántico, esto es, pasó de ser un compositor como Haydn o Mozart, sumamente apegado a las formas establecidas de la composición, con reglas muy específicas y caminos muy fijos para lograr la expresividad, a un espíritu mucho más libre, espontáneo y rico en emociones. 

Es muy probable, de hecho, que sus obras más conocidas (la Quinta y la Novena sinfonías, la sonata para piano llamada coloquialmente Claro de luna, entre otras) lo sean justamente porque consiguieron cautivar al público ya no desde la “racionalidad” o lo intelectual, sino más bien desde la emoción pura. Al escuchar esas u otras piezas del periodo romántico de Beethoven inevitablemente sentimos algo, incluso, si nunca antes hemos tenido contacto con la llamada música académica, y es a partir de ese sentimiento que la experiencia estética tiene una oportunidad de suceder.

A este respecto vale la pena recuperar parte del artículo Beethoven Again de William Robin, publicado en la revista The New Yorker en enero de 2014, en el cual el autor señala la importancia decisiva que tuvo la obra de Beethoven para forjar la escucha de música académica tal y como la realizamos hoy en día. Hasta antes de Beethoven, dice Robin, era muy poco común que durante un concierto se interpretara una sinfonía completa, por ejemplo, o que un pianista, un dueto o un cuarteto de cuerdas, entre otros, decidieran ejecutar el ciclo completo de piezas escritas por un compositor para sus respectivos instrumentos, cuando hoy en día y al menos desde hace un siglo estas son prácticas comunes y frecuentes.

¿Pero por qué Beethoven contribuyó incluso a moldear la manera en que escuchamos música? En parte, por la evolución de su genio a la que aludimos anteriormente. “El compositor no sabía que iba a escribir una novena sinfonía cuando escribió la primera”, dice Robin, lo cual apunta hacia la progresión que tiene por sí mismo un gran interés de un creador que fue encontrando nuevos caminos a su talento de la mano de sus experiencias de vida. Escuchar todas sus sinfonías, por ejemplo, sus sonatas o sus cuartetos para cuerda, bien puede compararse a una especie de viaje tanto por el tiempo como por la vida interior de un genio, pues lo mismo encontraremos ecos de entusiasmo que de dolor, de tristeza, de melancolía, de esperanza y de un profundo amor por la vida. Ese, sin duda, es el corazón del genio de Beethoven.

“La Novena”, una sinfonía para el mundo

Estrenada en 1824 y Patrimonio de la Humanidad desde 2001, la Novena representa el testamento de Beethoven. Su andadura, vinculada a grandes acontecimientos de los últimos siglos, refleja su importancia más allá del plano musical

El 7 de mayo de 1824, Viena vivía con expectación la que iba a ser la primera aparición pública de Ludwig van Beethoven en doce años. El motivo: el estreno en el Teatro Imperial de su Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, hoy informalmente conocida como la Novena. Toda Viena sabía que Beethoven, considerado entonces el más grande de los compositores, estaba completamente sordo.

El público que abarrotaba la sala contempló con reverencia cómo se colocaba tras el director de orquesta y seguía el estreno en una copia de la partitura, imaginando en su mente lo que los demás escuchaban. Para él, aquello era posible porque, como explica el profesor de Filosofía y crítico musical Jacobo Zabalo, “la música es matemáticas, es inteligencia. Los músicos del nivel de Beethoven no necesitan oír los sonidos físicamente, los tienen en la cabeza”.

Al finalizar el concierto estallaron los aplausos de un público conmocionado por lo que había visto y escuchado. La Novena era extraordinaria, no solo por su duración y magnitud instrumental, sino porque incorporaba un nuevo elemento: en el último movimiento intervenían cuatro solistas y un coro, que interpretaban el poema Oda a la Alegría, de Friedrich Schiller. Beethoven seguía enfrascado en su partitura cuando la ovación empezó y no reparó en ella, ni en los pañuelos que se agitaban en el aire, hasta que una de las solistas le alertó, tocándole suavemente el brazo. Solo entonces se inclinó y saludó a sus admiradores por última vez.

Después de aquella emotiva aparición se retiró de la vida pública. Tenía 53 años, una salud frágil y una vida agitada, atormentada incluso, a sus espaldas. Murió tres años después, el 27 de marzo de 1827.