Martes 12 DE Noviembre DE 2019
Oculta

El profeta de la modernidad

Fecha de publicación: 16-10-19
Por: Anna Pelegri, AFP Redacción Oculta

Repetirse hasta inventar. Esta pauta marcó la obra de El Greco, profeta de la modernidad cuya fuerza emotiva sigue calando en el espectador del siglo XXI. Así lo demuestra la exposición que París le dedica a partir de esta semana y que se extenderá hasta febrero próximo.

El museo Grand Palais presenta unas 70 obras de El Greco (1541-1614), caído en el olvido durante casi tres siglos para ser rescatado por el ojo avizor de Picasso y otros pintores de vanguardia, así como por coleccionistas estadounidenses visionarios que adquirieron sus obras, muchas de las cuales siguen expuestas en centros como el Instituto de Arte de Chicago.

Maestro en perpetuo movimiento, la retrospectiva repasa las etapas de El Greco en Creta, donde nació, Venecia, Roma y Toledo, mostrando cómo absorbió todas las corrientes y estilos que conoció –el arte bizantino, Tintoretto, Miguel Ángel…–, para crear un lenguaje “personal, fuerte y emotivo”, explicó la comisaria asociada, Charlotte Chastel-Rousseau.

La propuesta que la exposición hace al público no es desconocida: la obra de El Greco fue fundamental en el desarrollo del arte moderno. Los impresionistas tomaron su visión y sus soluciones estéticas como guía para su propio movimiento. Luego, las primeras vanguardias hicieron lo propio y también lo tuvieron como referente. A partir de ahí, el nexo entre su obra y el siglo XX –y acaso el XXI– es fuerte.

¿Loco?

La excentricidad de sus colores, ácidos, contrastados, alimentaron durante mucho tiempo el mito de que El Greco, cuyo verdadero nombre era Doménikos Theotokópoulos, estaba loco o bien padecía un problema en la visión, pero según la comisaria, lo único del cierto es que el artista “tenía una personalidad fuerte, sin duda incómoda” y una ambición inconmensurable por hacerse un hueco en la historia del arte.

Esta aspiración le habría incitado a dejar Creta con 26 años, donde se había especializado en la iconografía cristiana, para instalarse en Venecia, donde encontró un lugar idóneo para reinventarse, en pleno debate de la Contrarreforma y la necesidad de dar cabida a nuevas imágenes religiosas. En Roma, conoció a Miguel Ángel, cuya influencia es evidente en la potente anatomía de sus personajes y su heroicismo. Pero El Greco criticó sobre todo al maestro italiano, proponiendo “volver a pintar en su lugar la Capilla Sixtina”, según Chastel-Rousseau. Esta rivalidad podría haber estado detrás de su partida a España para probar suerte, coincidiendo con los planes del rey Felipe II de construir el complejo real de El Escorial.

En Toledo, El Greco trabajó sobre todo por encargo y se convirtió “quizás en el mejor retratista de la historia del arte”, afirmó la comisaria. La bondad que posa sobre estos retratos de mecenas, protectores y amigos, será una de las características de su arte, así como la precisión psicológica y los cuerpos longilíneos, además de la exclusividad cromática.