Martes 19 DE Marzo DE 2019
Oculta

Música de fondo

SOBREMESA

Fecha de publicación: 11-03-19
Por: María Elena Schlesinger
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Mi dormitorio quedaba en el segundo piso, con ventana que daba a un balcón adornado con dos tinajas de barro pintadas de rojo, sembradas con matas de geranios anaranjados. Era un ventanal inmenso, con balcón para recibir serenatas, desde donde se contemplaba un paisaje de volcanes, zopes volando en el cielo y los escasos carros que cruzaban por el callejón.

Vivíamos como la gran mayoría, en el Centro, espacio que se mantenía limpio de basura porque cada familia barría su pedacito de banqueta cada mañana, y el ruido y la polución de los carros aún no había espantado a los vecinos.

Desde aquel dormitorio de infancia de altas paredes, techo de madera y ventana que se abría el horizonte, aprendí, entre otras, a descifrar los sonidos propios de la ciudad, que se despertaba siempre muy temprano en la mañana, y al filo de las diez de la noche, hasta el otro día, para que los moradores descansaran
tranquilos.

El ventanal consistía en dos puertas de metal pintadas de blanco, con vidrios pequeños por donde se colaba la luz, el calor de la mañana y por sus rendijas, los sonidos de la calle.

A las seis en punto, por ejemplo, se detenía frente al balcón el caballito de la carretela de San Rafael. El golpeteo de los cascos del caballo y el “arre” “arre” del mozo que despachaba la leche, eran el santo y seña para brincar de la cama, porque si no me levantaba rapidito, perdería el bus escolar.

Durante el desayuno de café con leche y pan de manteca, venía el concierto de campanas. Las de San Francisco eran las más poderosas, las que regañaban por no asistir a la misa, y las más dulces y cariñosas, las de Santa Clara, la Santa de Asís.

La ventana se mantenía cerrada con un candado Yale, cuya llave tenía escondida mi madre en un lugar secreto, para evitar que abriéramos las puertas al abismo o para lanzarnos en picada, en vuelo libre, sobre los carros estacionados, para aterrizar en el asfalto liso del callejón. Todo debido a que una tarde, encontró a mi hermano subido en el filo del macetón de los geranios, con más de la mitad del cuerpo sobre las rejas del balcón, tratando de alcanzar la pelota de fut que había lanzado para ver cómo rebotaba por la calle. Eran las cinco de la tarde, porque cabal sonó el silbato de la Aduana anunciando la salida de los trabajadores. Mi madre jaló fuertemente de la playera rayada a mi hermano, regañándolo: “No seas animal, Luisito”, y con un par de sopapos tronadores en el trasero, castigo de época para que al chiriz nunca se le volviera ocurrir tal tontería.

Pasaditas las seis, el silbido del tren llegando a la estación se escuchó por toda la casa.

“No puede ser”, advirtió con asombro el tío Nando en cierta ocasión, cuando se encontraba de visita en Guatemala después de largos años de ausencia. Refaccionaba en el comedor de la casa, untándole frijoles volteados a una champurrada redonda y grande, como platillo volador. “¡No puede ser que se oiga el silbato cuando estamos a tantos kilómetros de la vía!” anotó, mi tío, sin creérselo, mientras mordía el pan tostado.

Todos los días, al oír el paso del tren mi madre repetía “pobre la esposa del maquinista, ya debe estar corriendo, preparándole la comida a su esposo”. Y entonces, inventaba el menú de la noche que comería el maquinista: la portavianda de peltre azul siempre lista, con la llamita encendida para mantener tibia la comida. En el trastecito de abajo, la sopa caldosa de verdura con hojas verdes de macuy, y en los otros las hilachas en recado con pedacitos de papa y arroz frito. “¿Y de tomar, mamá y de tomar?”. “Café muy ralo, pero muy dulce”, para alentarlo un poquito, pero aguado, para que no le quite el sueño y pueda descansar, porque al día siguiente tendrá que manejar la locomotora del ferrocarril.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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