Miércoles 16 DE Octubre DE 2019
Oculta

La noche en la que sonó el hambre

Estrenó en el país la Sinfonía desde el Tercer Mundo, del maestro guatemalteco Joaquín Orellana.

Fecha de publicación: 29-09-18
Por: J. M. DE LEÓN/ ELPERIÓDICO

Pasadas las diez de la noche, Joaquín Orellana se paró al centro del escenario y alzó las manos. Miró al público y recibió de vuelta más de dos minutos de ovación de pie. A sus espaldas estaban sus útiles sonoros y más de 150 músicos que por casi una hora dieron vida a la Sinfonía desde el Tercer Mundo, que acababa de sonar en vivo por primera vez en el país.

La noche del jueves (un 27 de septiembre para la posteridad), Guatemala supo a qué sonaba el hambre. La cita fue en la Gran Sala del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias y el invitado de honor fue el maestro Orellana. El evento era el concierto de Independencia de la Orquesta Sinfónica Nacional, pero el plato fuerte fue el estreno de la Sinfonía de Orellana. La pieza ya había sido interpretada en Atenas en 2017, en el marco de Documenta 14. También se había proyectado una grabación en el país, pero en vivo no.

Dos horas antes de que el maestro recibiera el aplauso unánime de la sala ya había salido al escenario. Al inicio del concierto, autoridades educativas anunciaron que el primer Instituto de Educación Básica con orientación musical llevará su nombre. “Quiero manifestar mi agradecimiento”, dijo en respuesta. Aprovechó la ocasión para explicar la pieza venidera. Habló de una pieza antecesora, de Dvorak, llamada Sinfonía desde el Nuevo Mundo. “Ahora, por esos azares del destino y la evolución de las sociedades resulta hasta cierto punto contestataria la Sinfonía desde el Tercer Mundo”, puntualizó. Además, con su humor característico (incansable pese a los años), aprovechó para bromear sobre el nombre de su creación. Dijo que podría llamarse del “octavo mundo”, o del mundo “desde el octavo”. Tras la risa del público, se excusó: “Disculpen, no se me quita lo chingón”.

Ya más serio, Orellana (Guatemala, 1930), lanzó un mensaje acerca el valor que tiene para él la obra estrenada el jueves. Hizo referencia a que sus obras se enfocan en la realidad social y se mostró contento porque esta Sinfonía se presentara en el país tras el eco de su estreno en Atenas. “Se hace en Guatemala, es de Guatemala y Guatemala lanzó un gran mensaje de su circunstancia social al Viejo Mundo. La Sinfonía es de todos nosotros”, dijo. Luego salió del escenario y hubo otro discurso por parte de un representante de la Cruz Roja, quien habló sobre desaparecidos (con polémica entre el público incluida).

Finalizado el protocolo, el maestro Julio Santos subió al escenario. Fue recibido con aplausos y el concierto comenzó ante una sala llena. Noche de luna entre ruinas, El rey Quiché, Luna de Xelajú y El ferrocarril de Los Altos amenizaron una noche musical que comenzó con la notas del himno.

Tras el intermedio, el escenario se llenó de músicos. Más de 150 personas, entre intérpretes y coros, tomaron las tablas. Orellana y Santos se pararon al centro y ambos tomaron su lugar: Santos en la dirección; Orellana como declamador.

La Sinfonía desde el Tercer Mundo sonó por todos los rincones del recinto, lleno con público del que se distinguían varias figuras de la escena cultural guatemalteca. La pieza, estilo propio de Orellana, mostró sonidos experimentales, combinaciones de marimba y ‘útiles sonoros’ y ritmos entrecortados por sonidos violentos (como la historia de un país al que se le trunca el desarrollo). Así, los músicos en escena dieron vida a la historia de cómo un músico decide investigar a qué suena el hambre.

Orellana declamó en algunos pasajes de la interpretación: “Ciudad entre mis huesos, ciudad huyendo de mis ojos, escapando de mis manos, brazo llamando, brazo despidiendo, brazo llamando, brazo despidiendo, llamando, despidiendo, llamando, despidiendo”… ¡plaz!. Los útiles sonoros buscaron en todo momento la voz de su creador, quien se despidió con un “esperanza” entre los labios para cerrar la pieza.

La orquesta dejó de sonar pasadas las diez de la noche. Justo en ese momento, Orellana se levantó de su asiento, saludó a los músicos y al maestro, se paró al centro del escenario y alzó las manos para hacer aún más grande su leyenda.