Viernes 20 DE Julio DE 2018
Oculta

La huella en la ceniza: Isabel Ruiz

Isabel Ruiz recibe hoy el Premio Carlos Mérida 2017. Lo entrega el Ministerio de Cultura. La artista, que ha transitado por la gráfica, la pintura y la instalación, es referente de las artes visuales nacionales. El escritor Javier Payeras hace el encomio. Hoy leerá este texto frente al público.

Fecha de publicación: 01-12-17
Por: Javier Payeras
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Creo que los guatemaltecos podemos pintar casi con todo. Hemos trazado con ceniza y con fluidos. Con lodo, carbón y huesos humanos. Así sucede cuando lo humano se resiste a morirse en nosotros, damos últimas batallas, lanzamos piedras a la muerte que acecha. Construimos mundos imaginarios en medio de trabajos que detestamos, abrimos arcoíris entre los muros de las cárceles, somos como esas piñatas que devuelven dulces mientras reciben palo. Qué diré, el mundo del artista en épocas difíciles, en un país privilegiado de mentes y culturas, pero que el olvido histórico nos ha llevado a tocar miles de fondos, en su triste mecánica de pulir piedras y dejar que se pudran los diamantes.

Pasando de este párrafo catártico, paso a referirme a lo que hoy es motivo de alegría: el Premio Carlos Mérida 2017. Puedo hablar con alguna autoridad acerca de lo difícil que es instituir un reconocimiento como este. La triste y letárgica burocracia que rebasa las instituciones de gobierno, la buena intención de varios funcionarios dignos –que los hay– dentro del ministerio menos valorado del organigrama y la insistencia por hacerlo realidad lograron este reconocimiento al trabajo intelectual, creativo y ético de una gran mujer: Isabel Ruiz.

Pasando a este tercer párrafo, quiero agradecer la invitación de Isabel para que haga la presentación de su obra, estoy escribiendo estas líneas esperando un Museo de Arte Moderno lleno de admiradores de su obra –soy un pesimista de la razón pero un optimista de la voluntad, parafraseando a Antonio Gramsci– porque son muchas las cosas que convergen dentro de esta genial artista. La primera y más visible es la huella que va equilibrándose con los tiempos que le ha tocado vivir. Por tal cosa no me parece extraño que haya dedicado tanto esmero al grabado, que es una huella mental sobre el papel, es un mapa, es algo relacionado con los ojos y con las manos. Ella tiene la edad exacta de mi madre, lo que significa que mucho de lo que ha vivido llegó a mí por la anécdota. La guerra y mi madre mientras todos bebían café como si nada ocurriera. Vivir en esa época laberinto donde el Minotauro apenas asomaba su forma, algo que deduzco en la atmósfera oscura de animales extraordinarios de su primera etapa. Quizá reptiles y sombras de pesadillas que nos acosan, pero que a la vez nos son tan familiares como el horror cotidiano y la desigualdad. Pocos artistas en Latinoamérica han tratado el papel con tanta precisión. Del óleo en tela, a la mancha sobre el papel, hay una evolución enorme. Siempre he visto el uso del segundo como un ejercicio de poesía concreta, una página que se incendia, una operación matemática donde el azar es un trazo con crayón pastel seco o el olor de la resina que envenena todos los colores hasta volverlos en negro.

Las impresiones a contraluz, siempre tienen palabras, caligrafías, versos, sumas o listas del mercado. Eso caótico y cotidiano. La extraña normalidad que es deforme en todas sus esquinas. Griscaféazulcobalto. Asoman los rostros también como huellas dentro de una de sus series más emblemáticas: Río Negro. Las imágenes funcionan como un réquiem para todas las víctimas de la guerra en Guatemala, en Centroamérica, en Oriente Medio, en Europa del Este, en África… esos países dañados con la ideología de ser tercer mundo. Aquí donde los muertos se cuentan, pero no se nombran, porque apenas importa darles una identidad humana, pues no son más que necroestadística. De la misma forma Historia Sitiada es una serie que tiene el carácter sonoro de un murmullo al entrar a una morgue. Sillas con vela y cruces. Una pieza que podría llamarse Hogar Seguro, por ejemplo, una asociación macabra que es igual a los rostros que cambian aunque los refleje el mismo espejo. Las velas siempre son obituarios dentro de nuestra larga espera por la resurrección del espíritu, son disciplinas de fe en la desesperanza y el hastío. Sahumerios tiene una vida extraña, el color contrapuesto a la luz detrás, las formas indescifrables, eso que equivocan los ojos y solo podemos discernir; no son cuadros para colgar en el comedor definitivamente, su destino es dar el informe moral del clima en un país como el nuestro, en ese país que está dentro de otro país, ese territorio que está dentro de otro territorio.

La caligrafía dentro de Lo Negro del Sueño, el trazo alrededor de un edificio con marca amarilla que pinta mientras va caminando y envuelve en una cerca dibujada. O la muy impresionante Matemática Sustractiva donde va trazando en la pared del Centro de Formación de la Cooperación Española en La Antigua el conteo de los muertos por la violencia, dejando la pared sin terminar como una incógnita macabra de si estos palitos tachados de cinco en cinco tendrán continuidad.

El trabajo de Isabel Ruiz es una laboriosa investigación, pero también es una evaluación interior de sus fantasmas íntimos. De eso que trabaje muy cerca con dos de los enormes poetas que tiene este país: Francisco Nájera y Francisco Morales Santos. El trabajo realizado en Los Leones, donde la sangre es el pigmento originario, más cercano e indeleble. Imágenes que se curten en el dolor de nacer y en el de la menstruación, en la herida que se marca sobre el color blanco del algodón. Esa mancha que es la pintura del dolor. Lo mismo puede decirse del testimonio escrito en pañuelos como palimpsestos intactos que penden de un lazo para remarcar que lo escrito no pudo borrarse después de lavar.

Imposible abarcar tantas ideas e interpretaciones que me vienen a la mente en este momento. Prefiero detenerme acá y vuelvo a la idea primera de este texto, los guatemaltecos podemos pintar con todo, escribir con todo, hacer música con todo, hacer cine con todo, hacer teatro con todo. La voluntad y el amor que nos mueve es el de hacer algo distinto con lo que hoy tenemos y hemos tenido. Puede que el dolor sea nuestra gran escuela de aprendizaje para la poesía, tal como dice mi gran querido, Francisco Morales Santos en uno de mis poemas favoritos:

De seguro que si las aves fueran  el corazón del universo,  nunca habría pasado inadvertida  su lección de elevarse  con espíritu fuerte  bajo los temporales,  pues los pájaros saben  que no hay invierno que dure cien años  y que, al pasar la tormenta,  la primera semilla que brota  es el sol.

Celebremos hoy a Isabel Ruiz que digna este premio Carlos Mérida. La artista más grande de la historia de Guatemala recibe un reconocimiento que lleva el nombre del artista más grande. Isabel, acá van estas palabras llenas de amor y admiración por vos y tu obra.

Noviembre 2017