Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Oculta

Héctor Hernández Montecinos

Viaje al centro de los libros

Fecha de publicación: 29-11-16
Por: Méndez Vides
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El poeta chileno Héctor Hernández Montecinos (Santiago, 1979) es autor de La divina revelación, obra original que ya lo elevó a la cabeza de su generación. Es viajero empedernido y autor pródigo, porque escribe mucho y publica lo mismo gruesos volúmenes que folletos sencillos en fotocopias, y en la red se puede leer gratuitamente algo de lo que escribe para aproximarnos al prodigio de su talento. Alguna vez anduvo por Guatemala, y quizá la huella chapina le quedó estampada.

He leído repetidas veces, lentamente y en voz alta (no a la carrera, como acostumbra el autor en sus recitales), su poema Los colores y papá, que en 29 cuartillas violenta la Arcadia virgiliana, porque altera el paisaje silvestre de las Bucólicas, donde abundan las abejas, luciérnagas, cigarras y libélulas zumbando a orillas de un río calmado, por el engaño de la Naturaleza que ahoga: “morí en el río” dice el narrador, “no fue mi culpa” explica, porque “nací muerto”.

Héctor Hernández Montecinos

Héctor Hernández Montecinos

El paisaje pacífico se torna violento. El agua mansa contiene peligro. La nueva Arcadia es una selva jardín, donde hay miedo, los insectos hacen daño y los animales son fieras. El niño narrador se ahoga en el río, y ve a través del espejo del agua la figura descompuesta y tiritante del padre angustiado, quien lo ve morir en medio de una pesadilla e intenta salvarlo pero no puede, atacado por la impotencia humana. El padre es, como en la obra de Virgilio, la figura relevante; es débil, necesitado de protección, amenazado por los juncos malvados que tratarán de envolverlo, como las culebras marinas a Laocoonte por el atrevimiento de querer impedir la destrucción de Troya. Y al final, el padre se transfigura en pollo, víctima generosa, menospreciado, dispuesto para ser servido en la mesa del hogar o desplumado por los coyotes en el lecho.

El coro de los pájaros, como en la tragedia griega, advierte: “¡Oh graciosa violencia de los dioses que eficazmente rigen la nave de la vida!”. Y, más adelante, que “la venganza se incuba”.

Al estilo clásico actualizado, el poema explora los vericuetos de la maldad materna, porque tras la aparente ingenuidad existe Clitemnestra entregándose a los lobos, a quienes besa, fornica y alimenta con ratas que expulsan vino por la boca, mientras Agamenón disminuido muere entre las fauces de los coyotes.

El poema violento describe el terror de los ríos, plantas, nubes, rocas de colores, lluvia y animales, que envuelven al niño solo entre constelaciones, con voz narrativa que se enreda en las dimensiones de la apariencia y la ficción. Gran poeta.

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