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Internacionales

Tulsa, la masacre racista olvidada de EE. UU. cumple un siglo


El presidente estadounidense, Joe Biden, visitará Tulsa para conmemorar lo sucedido.

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El recuerdo de las llamas y los muertos fue tan terrible como las décadas de silencio oficial. Tulsa (Oklahoma) conmemorará hoy la mayor masacre racial en la historia reciente de EE. UU., cuando en 1921 una turba de blancos incendió y saqueó por completo Greenwood, uno de los barrios afroamericanos más adinerados de entonces en el país.

El horror empezó tras un encuentro en un ascensor en el que una adolescente de raza blanca, Sarah Page, acusó a un joven limpiabotas afroamericano, Dick Rowland, de agredirla, pero eso nunca importó demasiado.

Entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1921, una multitud de blancos, muchos de ellos apoyados por las autoridades locales, arrasó, saqueó y quemó más de 1,200 viviendas de ese barrio en Tulsa, símbolo de los progresos de la población negra en EE. UU. tras el fin de la esclavitud medio siglo atrás.

Se desconoce el número exacto de muertos porque nadie quiso investigar, aunque ahora los historiadores sitúan los fallecidos en al menos 300.

Ni una sola persona fue detenida o afrontó cargos por lo sucedido en esa ciudad del centro de Estados Unidos, y nunca se pagó compensación a las familias que perdieron sus casas y sus pertenencias.

“Lo sucedido en Tulsa es esencial para entender la experiencia de los afroamericanos en este país, donde han sido objeto de violencia por los blancos supremacistas desde el comienzo”, remarcó a ‘Efe’ la historiadora Brenda Stevenson, profesora de estudios afroamericanos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).

Greenwood era una “comunidad vibrante”, apuntó la historiadora, compuesta por gente que estaba “solo a una o dos generaciones como máximo de la esclavitud”, y que había logrado crear “un distrito muy exitoso, una clase media muy sólida, con su propia vida social con teatros, iglesias, escuelas”.

Durante décadas, los gobiernos locales, estatales y federales miraron para otro lado, y se tardó hasta 2001 para que la comisión creada por el estado de Oklahoma para documentar los hechos reconociese, por ejemplo, que las propias autoridades policiales de Tulsa habían suministrado armas a la multitud de asaltantes blancos.

Mary Elliott, comisaria del Museo de Historia y Cultura Afroamericana en Washington, identificó como causas de este prolongado silencio al “miedo a la amenaza de más violencia”, así como a “la gente que huyó, los miles que se fueron” y a que para “quienes vivieron esa experiencia, contarla es casi volver a vivirla”.

De la atroz masacre solo quedan tres supervivientes, todos ellos niños entonces y testigos del terror. Una de ellas es Viola Fletcher, de 107 años, quien compareció en marzo ante el Congreso, donde recriminó la desmemoria vivida.

“Nuestro país puede olvidar esta historia, pero yo no puedo. No lo haré, y otros supervivientes no lo harán, nuestros descendientes no lo harán”, señaló en tono desafiante a los legisladores sobre lo ocurrido cien años atrás.

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