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Internacionales

Bolivia, un año de ida y vuelta para Evo Morales y el MAS


El país sudamericano comenzó el 2020, por primera vez después de 37 años de tensa democracia, regida por un Gobierno no surgido directamente del voto popular.

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En un año de grandes altibajos, el partido socialista de Evo Morales comenzó 2020 hundido en su peor derrota y lo concluye renacido, de vuelta en el poder.

La ‘transición’ instaurada en noviembre de 2019 por el golpe de Estado contra Morales interrumpió el ciclo democrático más largo de la historia de Bolivia, iniciado en 1982 tras una ola de dictaduras militares y mantenido aún en medio de protestas y crisis.

Echar a Morales del poder, o no permitir que se prorrogue por otros cinco años, era la consigna de plataformas ciudadanas, comités cívicos, partidos y activistas de derecha, y finalmente policías y militares que confluyeron en las protestas tras las elecciones de octubre de 2019, ganadas por el líder indígena.

Pero pronto se reveló que la ambición mayor de los conservadores en el poder, y los que alentaron o apoyaron el derribo del primer presidente ‘originario’ del país, era acabar con el ‘proceso de cambio’ iniciado en 2006 y borrar toda huella del caído y de su partido, el Movimiento Al Socialismo (MAS).

Cambios de planes

Bolivia comenzó entonces el 2020, por primera vez después de 37 años de tensa democracia, regida por un Gobierno no surgido directamente del voto popular ni de una sucesión regular, sino de la autoproclamación de la presidenta Jeanine Áñez como jefa transitoria del Estado hasta las elecciones, previstas en un plazo de 90 días.

Áñez llevaba ya más de dos meses en el poder cuando el Parlamento, todavía aturdido como todo el masismo, aceptó formalmente el 21 de enero la renuncia de Morales y su vicepresidente Álvaro García.

El fin anticipado de la era Morales fue el primero de varios cambios impensados del escenario político principal, que desparramaron incertidumbre durante gran parte del 2020 hasta que casi todo pareció volver al principio, con el MAS vencedor de nuevo en las urnas y reinstalado en el poder.

La instalación de facto del Gobierno transitorio se apartó de las leyes probablemente tanto como la convocatoria a nuevas elecciones, publicada al comenzar enero fijando los comicios para el 3 de mayo, es decir en un plazo que era casi el doble de los 90 días de transición fijados por la Constitución.

Áñez cambió también sus intenciones a fines de enero, dejando de lado su promesa de ser solo presidenta transitoria hacia la democracia, para convertirse además en candidata.

Desde su doble función de gobernante y candidata, Áñez terminó mostrando sin disimulo el propósito de cerrar el ciclo de gobierno masista, al que llamó directamente “dictadura”, y aniquilar políticamente a sus líderes, militantes y simpatizantes.

La pandemia provocada por el nuevo coronavirus trajo contagios, muertes, confinamiento y parálisis económica, que configuraron el argumento que aprovechó Áñez para prolongar aún más la transición con sucesivos aplazamientos electorales hasta que una movilización popular, que dio aire al MAS, impuso el 18 de octubre como fecha final.

Áñez, en nuevo cambio de planes, renunció a su candidatura un mes antes de los comicios, llamando a una unidad anti-MAS que no había logrado forjar durante su gestión, como tampoco pudo impedir la participación electoral del partido de Morales, con Luis Arce como candidato.

La arremetida

Morales, su vicepresidente Álvaro García y varios de sus ministros –exiliados, refugiados, detenidos o en paradero desconocido– comenzaron 2020 acusados por el Gobierno transitorio de varios delitos, destacando sedición, terrorismo, fraude electoral y mal manejo económico del Estado.

La arremetida contra los “salvajes”, como llamó Áñez a los masistas, se acentuó el 8 de enero cuando la administración transitoria anunció que, hasta 592 miembros del Gobierno derrocado, incluidos Morales, García, ministros y viceministros, serían procesados además por corrupción.

Ese mismo día, el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, hombre fuerte de Áñez que había amenazado con una “cacería” de masistas, dijo que gestionaba una orden internacional de detención contra Morales y mostró a la prensa las esposas que le pondría al exgobernante.

El requerido “sello rojo” contra Morales no fue aceptado por la policía internacional Interpol, que lo consideró una persecución política, pero esto no evitó que Murillo advirtiera que Morales sería detenido en cuanto pise suelo boliviano.

Para entonces, una media docena de excolaboradores de Morales llevaban ya casi dos meses refugiados en la embajada mexicana en inútil espera de salvoconductos para salir al exilio.

Ese refugio se prolongó hasta después del cambio de Gobierno, en noviembre, y cuando Morales ya había regresado como héroe de su exilio en Argentina.

El acoso del Gobierno transitorio al MAS incluyó además una campaña de desprestigio que presentó como desastre y despilfarro a la política económica de crecimiento sostenido, redistribución de riqueza, grandes inversiones públicas y disminución de la pobreza ejecutada por Morales, quien de paso fue expuesto también como supuesto pedófilo y narcotraficante.

La reversión

Entre fines de octubre y principios de noviembre, la re-victoria electoral del MAS, incluso con mayor porcentaje que la del año anterior, comenzó a poner las cosas en los sitios en que estaban antes del golpe contra Morales.

Como por arte de magia, Áñez aceptó el triunfo del partido al que había jurado proscribir para siempre, Murillo y otros hombres fuertes del Gobierno transitorio huyeron antes del cambio de administración y las banderas azules del MAS y la multicolor wiphala de los pueblos indígenas volvieron triunfantes a las calles.

Uno a uno, en sucesión diaria, los juicios contra decenas de masistas iniciados por el régimen de transición se fueron desvaneciendo, jueces y fiscales anularon órdenes de detención e imputaciones, encontrando en los procesos muchos defectos que no habían visto antes y dejando sin esclarecimiento incontables dudas y denuncias contra el masismo.

Los refugiados en la embajada mexicana volvieron a sus casas y Morales, aclamado en una apoteósica concentración de bienvenida el 11 de noviembre en la región cocalera de Chapare, retornó victorioso a La Paz a principios de diciembre, poco más de un año después de su renuncia forzosa y su salida al exilio.

La derecha, unida fugazmente en los días del golpe de Áñez pero aplastada en las elecciones de octubre, terminaba el año sumida en su crónica división de partidos, sin ponerse de acuerdo ni siquiera en la defensa de su actuación en la crisis política de 2019.

El MAS, que comenzó el año puesto casi de rodillas, terminaba volviendo a saborear el poder y recuperado como el partido más grande y mejor organizado del país, trabajando ya hacia las elecciones regionales de marzo próximo.

El golpe y la transición terminaban siendo solo un paréntesis en el largo ejercicio de poder de Evo Morales.

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