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Internacionales

Vidas arraigadas a los pies del volcán Cotopaxi


Desde el pasado 15 de agosto el coloso recuperó su actividad y cambió la vida de los pobladores cercanos.

 

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Las lágrimas rodaban por el rostro de María Rosa Mendoza a medida que se alejaba del Cotopaxi. El volcán de 5 mil 897 metros ha condicionado toda su vida.

El agua que bebe procede de sus glaciares. Sus vacas pastan en sus faldas. A sus hijos les cuenta historias sobre su letal erupción de 1877, e incluso entona un canto popular que alaba su temible majestuosidad.

Mendoza, de 42 años, regresó a su casa a los pies del segundo volcán más alto del mundo con su marido para recoger sus pertenencias y barrer las cenizas acumuladas en la vivienda.

Es fácil comprender la magnitud del desastre que Cotopaxi podría causar.

El 15 de agosto, cuando el volcán recuperó la actividad, la ceniza que caía del cielo se coló en su sencilla casa de ladrillo y concreto y estuvo a punto de asfixiar a sus siete hijos. La familia partió ese mismo día, trasladándose a tierras más seguras donde su cuñado les ofreció alojamiento. Angelito, el hijo de nueve años de Mendoza, pregunta a diario por si pueden volver a casa. Todos quieren regresar. Pero la incertidumbre los mantiene alejados de allí.

El volcán arroja ceniza y vapor de agua, y en algunas ocasiones pequeñas cantidades de lava, desde hace un mes. Los científicos dicen que no hay riesgo inminente de una gran erupción y el Gobierno decretó alerta amarilla, la más baja, lo que supone que todo el mundo en situación de riesgo debe tener un plan de evacuación.

Unas 300 mil personas viven en la posible trayectoria de los lahares –rápidos ríos de roca y barro que son el principal peligro de un volcán nevado como este.

El Cotopaxi está considerado uno de los volcanes más peligrosos del mundo por su cercanía con una ciudad importante –Quito, la capital de Ecuador, está a solo 50 kilómetros. Los residentes viven literalmente sobre los lahares solidificados que en 1877 aterraron vivos a cientos de personas.

Mendoza y su esposo trasladaron también sus 12 vacas a la finca de un familiar alejada del volcán. Sus pastos están cubiertos de ceniza.

La venta de la leche de las vacas, apunta María Rosa, proporcionó ingresos suficientes a la pareja para mantener a sus hijos, con edades comprendidas entre los tres y los 20 años. El salario mínimo de US$354 mensuales que obtiene trabajando en una plantación de rosas y el mismo salario que su marido recibe de un aserradero no les alcanza.

La vida de Mendoza, que ahora ha dado un giro, está profundamente arraigada en estos ricos suelos volcánicos y le gustaría quedarse aunque la razón le dice que debe partir.

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