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Economía

La no hamiltoniana inercia de Europa


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NUEVA YORK – La semana pasada, la Comisión Europea reveló un plan para ayudar a los países europeos a manejar el shock que (con una magnitud comparable a la Gran Depresión) ha generado el COVID‑19. Sobre la base de una reciente propuesta francoalemana, la Comisión propugna un fondo de recuperación por €750 millardos (US$834 millardos ), de los que US$500 millardos se distribuirán en la forma de subvenciones y los otros US$250 millardos como préstamos.

El dinero distribuido conforme a este plan, denominado “Next Generation EU”, fluirá por medio de programas de la Unión Europea, con la mirada puesta en el cumplimiento de objetivos de la Comisión, incluida su agenda medioambiental y para la economía digital. La Comisión buscará fondos en los mercados mediante la emisión de bonos a largo plazo, con el respaldo de un aumento sugerido de los recursos tributarios, por ejemplo, impuestos a las emisiones de gases de efecto invernadero, los servicios digitales y otras áreas del comercio supranacional.

Aunque los autores estamos entre los pocos comentaristas que anticiparon que la UE iba a ofrecer un plan muy superior a las expectativas de la mayoría de los participantes del mercado y de los analistas, nos permitimos recomendar a las autoridades europeas mantener una mirada realista respecto de las posibilidades del momento. Todavía es prematuro para celebrar el tan esperado “momento hamiltoniano” de la mutualización de deudas dentro de la UE.

Hoy la UE sigue siendo una unión de transferencias incompleta, en la que los recursos (humanos, físicos, financieros) van de la periferia al centro, es decir, al Reino Unido y Alemania. Irónicamente, uno de estos polos de atracción (el RU) decidió abandonar el bloque, con el argumento aparente de cortar el ingreso de inmigrantes a su economía. Con el brexit, que oficialmente tuvo lugar el 31 de enero, la UE ha comenzado un proceso literal de desintegración.

Los optimistas creen que la salida del RU hará posible el surgimiento de una UE más cohesionada, pero es posible que se confíen demasiado en sus predicciones. Al fin y al cabo, el RU no era tanto un obstáculo a la integración cuanto una excusa para que otros estados miembros reticentes evitaran un estrechamiento de vínculos. Por ejemplo, no fue el RU el que bloqueó el esquema europeo de seguros de depósitos, necesario para completar la unión bancaria de la eurozona: ese honor le corresponde a Alemania.

Con el ascenso de partidos populistas en toda Europa, era bien sabido que la siguiente crisis importante sería una amenaza existencial a la UE. Este es el momento para que la UE demuestre que está a la altura del desafío de completar el proceso de integración. No hacerlo implica riesgo de confrontar un “momento jeffersoniano” de retroceso a alguna forma de confederación con un grado de soberanía compartida limitado.

Frente al abismo, Francia y Alemania idearon un plan para mitigar el efecto económico devastador de la pandemia. Pero más allá de los méritos reales de la propuesta, Alexander Hamilton tendría buenos motivos para no estar satisfecho. Para empezar, la emisión de bonos prevista no constituye una auténtica mutualización de deudas, porque no incluye una “garantía solidaria”. La propuesta del financista George Soros de que la UE emita bonos perpetuos, o “consols”, puede atenuar este problema, pero no resolverlo. Y en cualquier caso, si los fondos no están disponibles cuando llegue el verano, tal vez ya sea demasiado tarde para países muy afectados como Italia, Grecia y España, a los que por si fuera poco les aguarda una temporada turística espantosa.

Sobre todo, la desconfianza entre los “cuatro frugales” de la UE (Austria, Dinamarca, Países Bajos y Suecia) y los presuntos “pródigos” del sur (entre ellos Italia, España y Grecia) sigue siendo tan profunda que es francamente difícil imaginar que se llegue a una solución duradera. Un reciente fallo del tribunal constitucional de Alemania envió a las instituciones europeas una fuerte señal de lo que es posible esperar. Aunque al final el Tribunal Europeo de Justicia anulará la decisión y el Banco Central Europeo la ignorará, lo cierto es que hay límites políticos a las acciones del BCE.

Alemania tendrá que elegir entre ofrecer un mecanismo de apoyo fiscal paneuropeo parcial con dinero de sus contribuyentes o permitir que las instituciones europeas provean apoyo mutuo suficiente a toda la unión monetaria (comenzando por el presupuesto de la eurozona). Si la propuesta de fondo europeo de recuperación fuera capaz de revitalizar el presupuesto de la eurozona (en particular la nunca acordada función de estabilización) ya sería un avance importante.

Es de suponer que Alemania suscribió el plan conjunto con Francia porque se dio cuenta de que no puede decir “nein” a un mecanismo de apoyo monetario y a un mecanismo de apoyo fiscal (es decir, la naciente unión fiscal y de transferencias). Ambos son necesarios para que el euro sobreviva. Pero incluso tras la implementación de esos mecanismos, quedarían cuestiones críticas sin resolver, en particular la sostenibilidad de la creciente deuda pública italiana. Ahora que su ventaja comparativa en turismo ha quedado tan debilitada, Italia tendrá que hacer esfuerzos enormes para restaurar el crecimiento y la competitividad.

Aunque en general cualquier respuesta paneuropea a la crisis del COVID‑19 es un paso en la dirección correcta (y sin duda mejor que no hacer nada), hay pocos motivos para esperar que la UE abandone su larga tradición de postergar la solución real de los problemas. Si la dirigencia europea puede evitar un fracaso inmediato de los proyectos “UE” y “euro”, al menos habrá alejado los enormes costos económicos, sociales y políticos derivados de seguir por el camino de la desintegración acelerada. Pero si el resultado neto de la respuesta europea es la continuidad de la tradicional inercia, Europa quedará mal preparada para el mundo pos‑COVID, donde otras grandes economías continentales (Estados Unidos, China e India) tomarán las decisiones geoestratégicas y económicas más importantes.

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