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Economía

La vergonzosa verdad de los ataques del 11 de septiembre


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Otra vez es 11 de septiembre y casi nadie está conmemorando el aniversario de los ataques. Ni siquiera a mí se me ocurrió usar mi espacio de la columna del New York Times con ese fin, dados los actuales horrores que nos ocupan. No obstante, pensé en tomarme unos minutos para hablar de lo que se suponía que pasaría después del 11 de septiembre de 2001, y no pasó.

En las semanas y los meses posteriores a aquella atrocidad, los medios noticiosos tenían un discurso sobre lo que significaba: en esencia, que había sido un momento como el de Pearl Harbor que había unido a los estadounidenses con una nueva seriedad y determinación. Aquello era tranquilizador y reconfortante. También era una falsedad absoluta, literalmente desde los primeros minutos posteriores a la tragedia.

La verdad, como ahora sabemos, es que los funcionarios del gobierno de Bush se regocijaron, aun cuando los incendios todavía no se consumían, ante la oportunidad de pelear en una guerra sin relación alguna, como siempre habían querido. Pero eso no era todo: los republicanos en el Congreso también vieron una oportunidad para obtener una ventaja partidista, desde el comienzo. En menos de dos semanas, el personal del Congreso me contaba sobre los esfuerzos republicanos para explotar la atrocidad a fin de hacer que se aprobara un recorte a los impuestos sobre las plusvalías.

Sucede que la gente no quería saber de esta realidad. Cuando escribí una columna en la que relataba lo que estaba sucediendo en el Congreso, mi buzón se llenó de correos de lectores molestos, aunque no con los republicanos por aprovechar el acontecimiento, sino conmigo por exponerlo. “¿Cómo le puedo decir eso a mi hijo pequeño?”, me escribió un corresponsal furioso.

Tuvieron que pasar años para que la gente aceptara la penosa verdad, que a los medios noticiosos les tomó mucho más tiempo admitir; una pluralidad de electores había concluido que la Guerra de Irak se les había vendido con mentiras mucho antes de que se considerara aceptable decirlo entre la gente educada.

¿Por qué los ataques del 11 de septiembre no cambiaron nada? En parte porque, a diferencia del ataque de Japón a Pearl Harbor, el terrorismo no era y no es una amenaza existencial. Sí, da miedo, pero hay que ser tonto para pensar que existía algún riesgo de que el mundo islámico se apoderara de Occidente. Esto quiere decir que los villanos políticos nacionales se sintieron en libertad de continuar con sus fechorías y usar el terrorismo como otra cosa que podían explotar.

Además de eso, para 2001 ya estábamos bien entrados en la polarización extrema impulsada por la radicalización del Partido Republicano (no, no son “ambos lados”). Cualquiera que diga que el presidente Trump ha vuelto irreconocible al partido se ha olvidado de Tom DeLay.

De hecho, hay que preguntarnos cuál habría sido la respuesta a Pearl Harbor si el Partido Republicano de 1941 hubiese sido el que era en 2001. Sospecho que los republicanos habrían declarado que la culpa había sido de Franklin D. Roosevelt y se habrían opuesto a que el gobierno prestara dinero para pagar la Segunda Guerra Mundial, sin mencionar los controles de precios y el racionamiento.

Sea cual fuere el caso, a estas alturas podemos ver que el lugar que ocupan los ataques del 11 de septiembre en la historia de Estados Unidos acabó por ser casi el opuesto al de Pearl Harbor. El primer día de infamia unió al país y mostró nuestra fuerza esencial. El segundo nos separó y subrayó nuestra descomposición política.

Paul Krugman es ganador del Premio Nobel de Economía en 2008.

© 2016 The New York Times.

“Distribuido por NYT Syndicate”.

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