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Economía

La brecha cultural de Estados Unidos


DEBATING POLITICS, ECONOMICS AND OTHER TIMELY TOPICS WITH PAUL KRUGMAN OF THE NEW YORK TIMES

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Matthew Yglesias, de Vox, escribió recientemente un artículo interesante sobre Andrew Puzder, el magnate de la comida rápida a quien Donald Trump ha nominado como secretario del Trabajo.

Pudiera pensarse que su nominación sería vista como una traición a los votantes de la clase obrera, quienes apoyaron abrumadoramente a Trump el mes pasado. Puzder está en contra de los trabajadores, en contra de salarios más altos, a favor de la inmigración. ¿No habrá una enorme reacción negativa?

Sin embargo, lo que Yglesias sugiere es que la conexión de Puzder con la comida rápida es en sí misma una protección; porque a la clase obrera blanca le gusta la comida rápida, y a los liberales no, y porque la primera siente que esto demuestra el desprecio de la segunda por la gente común. (Lea su publicación aquí: bit.ly/2hbyUUC.)

Sospecho que hay algo de cierto, y que forma parte de una historia más general. Y no sé qué hacer al respecto.

Lo que veo mucho, tanto en el discurso político general como en mi propia bandeja de entrada de correo electrónico, es una tremenda sensación de resentimiento contra personas como Hillary Clinton, o bueno, contra mí, que no tiene nada que ver con la política. En cambio, se reduce a algo así como “ustedes se creen mejores que nosotros”. Y tiene mucho que ver con la forma en que vive la gente.

Si el populismo simplemente estuviera ligado a la desigualdad en el ingreso, la clase obrera estaría profundamente resentida con alguien como Trump. ¡Le gustan los baños dorados! Pero se lo dejan pasar, en parte, porque sus gustos parecen alinearse con los de los blancos sin educación universitaria que votaron por él. Es decir, Trump vive como se imaginan que ellos lo harían si tuvieran mucho dinero.

Compare eso con los liberales ricos (como mis vecinos en el Upper West Side de Nueva York). No son ni remotamente tan ricos como los plutócratas que llenarán el gabinete de Trump. Lo que es más, mis vecinos votan por cosas que aumentarán sus impuestos y su costo de vida, al tiempo que mejoran la vida de la misma gente que los desprecia. Objetivamente, están del lado de los trabajadores blancos.

Pero no comen mucha comida rápida porque creen que no es sana, y cuidan su peso. No ven mucha televisión de realidad, y efectivamente escuchan muchos audiolibros; o incluso leen libros a la antigua. Y si son lo suficientemente ricos para tener una segunda casa, se trata de un lugar campestre rústico-chic, no el Mar-a-Lago de Trump.

Entonces, existe la sensación de que hay una brecha cultural más grande entre los liberales ricos y la clase obrera blanca que entre los “Trumpkins” y la clase obrera blanca. ¿Los liberales miran con desdén a “Juan el cervecero”? En realidad, nunca me ha parecido así; la gente a la que frecuento entiende que vivir como ellos requiere mucho más tiempo y dinero que el que tienen los estadounidenses que están en apuros, y no son especialmente críticos sobre los estilos de vida. Pero es fácil ver cómo podría surgir la sensación de que los liberales menosprecian a las personas comunes, y cómo puede ser avivada por los medios del ala derecha.

La pregunta es: ¿Qué hacer al respecto? Otra vez, objetivamente esos liberales están del lado de los trabajadores, mientras que los personajes que juegan con este percibido desdén se disponen a traicionar a la clase obrera blanca a escala masiva. ¿No hay otra forma de transmitir esto que comiendo muchas hamburguesas y papas  fritas?

Paul Krugman es ganador del Premio Nobel de Economía en 2008.

© 2016 The New York Times.

“Distribuido por NYT Syndicate”.

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