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Economía

Equivocado de todas las maneras correctas


DEBATING POLITICS, ECONOMICS AND OTHER TIMELY TOPICS WITH PAUL KRUGMAN OF THE NEW YORK TIMES

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Tanto Ross Douthat como David Brooks han expresado su opinión recientemente sobre el estado de los intelectuales conservadores en sus columnas en The New York Times. Ambos merecen mérito por echar un vistazo crítico a su propio grupo.

Pero yo argumentaría que Douthat, Brooks y otros en la derecha aún tienen enormes puntos ciegos. De hecho, estos puntos ciegos son tan grandes como para casi inutilizar a las críticas como una base para la reforma. Si se ignoran las verdaderas y profundas raíces de la implosión intelectual conservadora, nunca se va a iniciar realmente una reconstrucción.

¿Cuáles son estos puntos ciegos? Primero, existe la creencia en una época dorada que nunca existió y, segundo, un extraño rechazo a reconocer el papel enorme que desempeñaron el dinero y los incentivos monetarios en la promoción de malas ideas.

Sobre el primer punto: se supone que debemos rememorar con nostalgia la era en que los intelectuales conservadores serios como Irving Kristol intentaban entender el mundo en vez de tratar todo como un ejercicio político, en el cual las ideas existían solamente para ayudar a su equipo a ganar.

Pero nunca fue así. No me crean; créanle al propio Kristol. En su libro Neoconservatism: The Autobiography of an Idea, explicó su adopción de la economía ofertista en los años setenta: “Yo no estaba seguro de sus méritos económicos, pero rápidamente vi sus posibilidades políticas”. Esto justificaba una “actitud displicente hacia el déficit presupuestario y otros problemas monetarios o financieros”, porque “la eficacia política era la prioridad, no las deficiencias contables del gobierno”.

En suma, no importa que sea correcto, en tanto sea políticamente útil. Cuando Brooks se queja en su columna (léala aquí: nyti.ms/2dSrGC4) de que los “opinólogos conservadores empezaron a valorar la política por encima de todo lo demás”, está describiendo algo que sucedió mucho antes del gobierno de Ronald Reagan.

Pero, ¿no debería haber algunos baldazos de realidad a lo largo del camino, como la caída en desgracia de algunas ideas políticamente convenientes porque no funcionaron en la práctica? No; porque estar equivocado de la manera correcta siempre ha sido una actividad financieramente segura. Yo veo esto muy claramente en la economía, donde hay tres tipos de economistas: los economistas profesionales liberales, los economistas profesionales conservadores y los economistas conservadores profesionales; la cuarta categoría está más o menos vacía, porque los multimillonarios no apoyan pródigamente a los escritorzuelos en la izquierda.

¿Cómo se puede incluso empezar a hablar sobre intelectuales conservadores sin discutir el caso de la Fundación Heritage, que empezó en 1973, o la utilización más o menos contemporánea del Instituto Empresarial Estadounidense como una entidad política? La Fundación Heritage, en particular, es llamativamente incompetente cuando se trata de economía. Pero no importa: tiene mucho dinero, porque apoya a enormes recortes de impuestos para los ricos, y la demanda de eso nunca desaparece.

Recordemos, además, que la negación del cambio climático es esencialmente una industria, que es financiada por grupos de interés que apuestan a la promoción de la ciencia mala. Y esto significa que hay un mercado para los “intelectuales” conservadores que son básicamente contrarios a la ciencia.

El punto es que el lado intelectual del movimiento del conservadurismo ha sido una empresa corrupta durante alrededor de cuatro décadas. En sus primeros años pudo aprovechar a intelectuales derechistas que tenían cierta reputación anterior fuera del trabajo político, pero ha dependido de escritorzuelos de cosecha propia por mucho tiempo. No veo ninguna razón para creer que esa iniciativa gira en torno de la reforma misma: si solo estar equivocado y perder una elección fuera suficiente, esto habría sucedido en los años noventa.

Paul Krugman es ganador del Premio Nobel de Economía en 2008.

© 2016 The New York Times.

“Distribuido por NYT Syndicate”.

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