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Domingo

Las huellas del confinamiento


La pandemia del COVID-19 ha dejado secuelas psicológicas en la mayoría de las personas. El temor a contagiarse, a no sobrevivir o perder a un ser querido ha provocado padecimientos como la ansiedad, la depresión o el aislamiento voluntario. Patricia, Carlos y Magdalena representan la situación que viven muchos desde que se anunció la llegada del nuevo coronavirus al país.

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Patricia

Un leve dolor de garganta, al despertar, genera ciertos temores a Patricia, quien se pregunta si hoy la lotería de la pandemia le ha llegado. Mientras pasan las horas y se sienta a trabajar, el malestar desaparece. Para entonces ya ha repasado: los contados lugares a los que ha acudido, las personas que le llevaron algún pedido y cuántos días hace que fue al mercado. Así es como vive desde que se enteró del primer caso de COVID-19.

Enfocarse en sus tareas diarias se ha vuelto difícil. La música de los vecinos, el sonido en la cocina, el calor…, todo hace que Patricia se irrite.

Por la noche, la cama parece llena de granos de arena. El zumbido de un zancudo basta para que se despierte. Sus ojos se vuelven arenosos mientras pasan los minutos —que parecen horas— sin lograr conciliar el sueño. Durante esos lapsos, la idea de que su madre, su padre, hermanos, novio, o ella misma, se infecten la envuelve y la sensación de falta de aire le oprime el pecho. Su corazón se acelera. Solloza entre las sábanas.

Carlos

“¿Qué pasaría si me contagio de COVID-19?”, se pregunta Carlos cada mañana desde hace un año y cinco meses…

¿Su cuerpo resistirá?, ¿sus pulmones lo harían?, ¿cuánto tiempo hace que dejó de fumar? Confiesa que desde que comenzó la pandemia ha dejado el cigarro —tiempo atrás había comenzado, aunque de vez en cuando, al salir de la oficina, caía en la tentación—. Regresa a su escritorio, ese rincón de la casa que se ha convertido en su oficina, y viene a su mente una idea recurrente: la muerte. Mientras sus dedos se deslizan entre el teclado, busca otra cosa en que pensar. Cambia la emisora; ya se hartó de escuchar el laberinto de declaraciones de las autoridades. Ya no soporta escuchar a la ministra de Salud.

Los pensamientos cotidianos sobre el temor a la muerte comenzaron para Carlos desde aquella noche del 16 de marzo de 2020, cuando el presidente Alejandro Giammattei anunció en cadena nacional la suspensión laboral de las instituciones públicas y privadas y la restricción del uso de transporte público urbano y extraurbano para evitar las aglomeraciones y los contagios.

Al recordar que el reporte de casos durante la última semana de junio superó los 2 mil diarios y que en julio incluso alcanzó los 3 mil durante algunos días, le parece mezquina la actitud del médico que gobierna Guatemala, quien el año pasado, cuando había pocos casos, cerró el país y ahora lo mantiene abierto y sin vacunas, cuando se cuentan por miles los contagios.

Magdalena

Las complicaciones respiratorias y la dificultad para caminar hicieron que Magdalena redujera sus salidas, hace casi tres años. Con la pandemia, estas se terminaron. Su temor a morir se ha incrementado. Sus pulmones no aguantarían el COVID-19, dice.

Cuando su hijo Carlos sale a la calle, Magdalena le pide que se cuide. Cuando regresa le pide que se bañe. Incluso dejó de acudir al médico, primero por el cierre de las consultas externas; ahora dice que prefiere no ir.
Cuando se ha sentido mal, Magdalena ha pedido que no la lleven al doctor. Su temor es que por ir al hospital pueda llevar el virus a su casa. Prefiere seguir en confinamiento.

Los sentimientos

Patricia y Carlos, como muchos, han desarrollado algunos síntomas provocados por el encierro y la incertidumbre de la pandemia, aunque no han llegado a extremos, como tener ideas suicidas o requerir apoyo psicológico o psiquiátrico.
La pandemia del COVID-19 ha cambiado la vida que las personas vivían. Ha traído mucha incertidumbre, alteración en sus rutinas, presiones económicas y un aislamiento social, al inicio obligado por las recomendaciones gubernamentales, y luego ya propio por el cuidado de las personas, por el miedo a contagiarse, dice Enrique Mendoza Gaitán, director médico del Centro de Atención Integral de Salud Mental del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social.

El miedo a perder a un ser amado, o la tristeza por haberlo perdido sin decirle adiós, o el temor a contagiarse, son sentimientos que ha provocado esta enfermedad. Esto repercute en depresión y ansiedad.

El insomnio que padece Patricia es uno de los trastornos que se han incrementado con la pandemia, según Mendoza.

Esa pérdida de sueño es uno de los síntomas de la ansiedad. Otros síntomas en una persona ansiosa pueden ser taquicardia, opresión en el pecho, temblor, sensación de desmayo o de falta de aire, respiración agitada, sensaciones en el estómago como un vacío y dificultad para tragar. También puede experimentar angustia, desesperación, intranquilidad, miedo exagerado, insomnio, nerviosismo e irritabilidad.

El desgano que siente Carlos por el encierro podría estar relacionado con la depresión, otro trastorno que se ha incrementado. Marco Tulio Arévalo, psicoterapeuta familiar especializado en logoterapia, explica que una persona con diagnóstico de un trastorno depresivo presenta síntomas como tristeza, llanto, desgano, empieza a decir que la vida no tiene sentido, no disfruta lo que hace, prefiere quedarse acostada más tiempo o pierde el apetito.

Una persona con depresión también puede experimentar sentimientos de irritabilidad, frustración o intranquilidad, impotencia, dificultad para concentrarse, dolores y molestias, e incluso intentos de suicidio o pensamientos sobre la muerte, añade.

Suicidio, la idea recurrente

Los padecimientos de Patricia y Carlos son en la actualidad un problema de muchos. En el Seguro Social se duplicó la atención en general, y en especial al personal de esa entidad que está al frente de la pandemia. Se calcula que el índice de suicidios creció en un 10 por ciento en la población atendida.

En el informe Desigualdad y descontento social: cómo abordarlos desde la política pública, del Banco Interamericano de Desarrollo, se menciona que la crisis parece haber aumentado el estrés en las familias, lo que se ha traducido en retos para la estabilidad emocional.

Como Patricia, cerca del 30 por ciento de los encuestados presentan dificultades para dormir, junto a otros porcentajes importantes de personas que sufren por falta de apetito y tienen síntomas de depresión. Todo esto es consistente con un mayor nivel de estrés como consecuencia del confinamiento y los menores ingresos por la pandemia. El informe indica que, en promedio, el 40 por ciento de los encuestados mantienen una relativa estabilidad en su salud mental.

La ansiedad y la depresión se han incrementado, concuerda Arévalo, por las situaciones críticas vividas, sobre todo cuando familiares o amigos cercanos han padecido de diversas formas la pandemia; entre ellas, el desempleo y el duelo, dice.

Sin embargo, entre sus pacientes nadie ha acudido por malestares generados por el confinamiento. Lo han buscado porque ya llegaban antes. En varios casos se ha manifestado la crisis a través de la intención o ideación suicida. Es como un escape, dejar de existir. Esto lo han planteado no uno o dos, sino varios, como una cuestión inmediata, comenta.

Carlos reconoce que él se caracteriza por darle vueltas a un tema cuando le genera incertidumbre, pero con la pandemia esto lo sobrepasó. Se irrita con facilidad. No sabe si padece depresión, pero en su interior siente algo que lo angustia: no saber qué pasará y cuándo terminará esta pandemia. Eso le ha robado la paz.

Cápsulas de escape

Tomarse una cerveza durante una salida a almorzar o cenar con su familia o amigos era algo que Carlos disfrutaba. Con la pandemia, estos gustos se detuvieron. Desde el encierro en su casa ha optado por consumir un poco de alcohol mientras ve una película o descansa. “Es lo único que me queda”, dice.

Para Carlos beber una, dos o tres cervezas se ha convertido en una forma de olvidarse de las preocupaciones de los últimos meses. Cuando alguien le pregunta si no cree que está tomando mucho, repite la misma frase: “Es lo único que me queda”.

La Secretaría Ejecutiva de la Comisión contra las Adicciones y el Tráfico Ilícito de Drogas realizó en junio del año pasado una encuesta en línea sobre el consumo de sustancias psicoactivas durante el tiempo de confinamiento. Esta reveló que la mayoría de las personas mantuvieron el mismo nivel de consumo o lo aumentaron.

La adicción es un mecanismo compensatorio. Arévalo explica que las personas no beben por dañarse el hígado, el páncreas, los riñones, el sistema gastrointestinal, el circulatorio o por gastar su dinero. “Uno bebe porque quiere la compensación, porque bebe y es feliz”.

Arévalo explica esta situación de desequilibrio de emociones: “Cuando se está yendo la balanza por un lado, las personas le ponemos algo más de peso en el otro platillo para equilibrar. Es usual que los seres humanos si se sienten tristes busquen algo, como comer más; es darse una caricia, un halago; es la compensación. Muchas veces esa compensación se encuentra en la comida, en el alcohol u otras sustancias”.

A la espera

En medio del incremento de casos de COVID-19 y las noticias en redes sociales acerca de conocidos que se han infectado, los padecimientos de Patricia y Carlos se mantienen, pero el encierro ha sido su solución, por ahora.

Patricia ha comenzado a salir a hacer compras, uno que otro mandado, pero mientras no haya vacuna para ella y su familia, mientras los casos sigan en aumento, afirma que seguirá en su casa. Considera que las reuniones con amigos y familiares pueden esperar. Al igual, un año y cuatro meses después, Carlos sigue encerrado; no visita a familiares; no invita a nadie a su casa. Sus conocidos lo llaman extremista por rechazar invitaciones a bodas o salidas con amigos. Si en realidad son amigos, lo entenderán, dice.

Síndrome de la cabaña

El miedo a salir de su casa que experimenta Magdalena puede estar asociado al síndrome de la cabaña, que está relacionado con reacciones de presidiarios ante su real o posible puesta en libertad, o a personas cuyas vidas han incluido grandes periodos aislados debido a una enfermedad.

En la actualidad se ha dicho que muchas personas han experimentado el síndrome de la cabaña; es decir, el temor a salir de casa por miedo a contagiarse de COVID-19. La psicóloga clínica Meshelle Kababié García explica que no es considerado un trastorno mental como tal, no tiene una sintomatología definida, pero en términos generales se refiere al temor a salir a la calle, debido a la ansiedad que genera saber que uno está fuera; es algo que todos han experimentado.

“Si lo han experimentado, en el sentido de preferir estar encerrados, ya tanto tiempo de pandemia, de encierro, llega el punto donde uno siente temor al salir o cierta ansiedad. Se da principalmente en personas con ansiedad o que son muy delicadas o vulnerables por estar enfermas”, indica.

Hace semanas, Magdalena logró recibir la primera dosis contra el COVID-19. El día que salió, la mascarilla le dificultaba respirar. Le pareció tan extraña la calle. Espera la segunda dosis, pero seguirá en casa. No se quiere arriesgar.
Para este texto se utilizaron nombres ficticios.

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