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Domingo

Nacimiento de una república


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“La nación está formada
más por los muertos que
por los vivos”.

Renán

Las ciencias sociales y las de la cultura no contienen conceptos fáciles ni definiciones uniformes. Por su alto contenido ideológico, toda descripción implica un enfoque relativo, por el cual se traduce la intención o la tendencia del definidor. Ocurre con mucha frecuencia que una sola cosa, y con mayor dificultad una idea, tengan tantas acepciones como escuelas doctrinarias o de pensamiento hayan surgido o estén por asomar. Conceptos como “derecho”, “ley”, “estado” o “nación” ofrecen tan variadas opciones para extraerlos, que necesariamente obligan a tomar partido.

La palabra “nación”, aparte de su significado gramatical, tiene un sentido pragmático que la entiende desde una particularidad puramente emotiva, respecto de la cual predominan los factores espirituales que identifican a la persona con una comunidad de vida. De esta manera fue que un sentimiento de “nación centroamericana” pudo surgir y ubicarse dentro de una región geográfica cuyos habitantes en el pasado compartieron elementos comunes. Hoy han trazado normas de identidad política, social, económica y cultural. Unas estrechas y de mutua conveniencia, otras particularizadas según los intereses de cada quien.

Las cosas y las cuestiones pueden tener una o varias definiciones en los diccionarios, sin que la descripción necesariamente neutral de lo académico comprometa en nada la sensibilidad de captación personal de los términos. De manera que una sería la forma como se define y otra como se entiende. Si el Diccionario determina lo nacional como “perteneciente o relativo a una nación” y por nación se refiere al “conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno”, no cabe duda de que históricamente hubo, conforme estas acepciones, una nación centroamericana, aunque luego, en el devenir, se desintegró políticamente para formar cinco Estados singulares con gobierno propio. La cuestión a sustentar es que puede existir un sentimiento de nación centroamericana que (co) exista con una lealtad política y emocional de los centroamericanos hacia sus respectivas repúblicas independientes y soberanas. Todo depende de los factores que conforman el concepto de nación, sean los espirituales y los constitucionales.

El elemento radical de los que conforman el Estado es el pueblo constituido en una nación o conjunto de naciones, vinculadas por fuertes lazos de solidaridad. Desde la declaración de independencia de los nacidos en esta tierra se han sucedido varias generaciones que llevaron en su sangre el vínculo espiritual de la nacionalidad: en su seno están enterrados sus antepasados y a su seno el destino tiene deparado su hogar eterno. Bien dijo Renán que la “nación está formada más por los muertos que por los vivos”. Con esta herencia, es indudable que la idea de una nación centroamericana se formó desde los tiempos en que, por voluntad del Imperio colonizador, se demarcó la esfera político-administrativa del Reino de Guatemala. Avanzó el criterio de unidad, cuando sus integrantes fueron convocados a las deliberaciones de un régimen constitucional que se plasmaron en Cádiz. Se consolidó esa jurisdicción geográfica cuando representativos de todas las provincias que la integraron asumieron conjuntamente la decisión de separarse de España y tomar unidos su propio rumbo soberano. Estas formas de actuación de los dignatarios, fueran españoles o criollos, sin duda tuvieron como base su manera de entender cuáles eran los límites geográficos de la región política ordenada por la monarquía española.

Esa percepción de constituir un espacio determinado por la Monarquía, el cual para los efectos posteriores de demarcaciones fronterizas tuvo enorme importancia estabilizadora, en tanto que la doctrina del uti posidetis permitió reconocer pacíficamente los territorios de las diferentes nacionalidades que brotaron en la América independizada. Si bien siempre surgieron conflictos de límites entre nuevos Estados vecinos, ha sido determinante para la solución jurídica el reconocimiento de las fronteras coloniales.

Lo que interesa señalar es que, configuradas las jurisdicciones de las colonias, en sus habitantes tendría que surgir una cultura unificadora que permitiera la identidad de la nación. Como lo apunta Herman Heller, aunque un pueblo sea políticamente amorfo, se convierte en nación cuando la conciencia de pertenecer al conjunto llega a transformarse en una conexión de voluntad política.

Así es de suponer un sentimiento de identidad por habitar, haber nacido e incluso por tener enterrados a sus ascendientes en el suelo de los actuales cinco países que formaron el Reino de Guatemala. De ahí que no cabe duda, tanto por la realidad política como por la cultura, de que existió una patria centroamericana (aunque no llamada de esta forma) que actuó con unidad de destino y que trazó en conjunto las líneas de una continuidad histórica, cuya ruptura obedeció a factores poderosos, también de sentimiento y de pragmatismo locales, que el tiempo podrá encargarse de recomponer, aun sea por otras formas creativas e inteligentes de la diversidad dentro de la unidad.

En esta exposición se trata de expresar que, dentro del concepto moderno del Estado, lo que originariamente se configuró fue la posibilidad de un pueblo político formado dentro de un territorio determinado. La delimitación jurisdiccional fue constituida por las provincias situadas desde Chiapas hasta Costa Rica, que tuvo por capital la ciudad de Guatemala, sede principal de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Esa unidad administrativa necesariamente implicó una identidad política formada por la Corona. Además de ello, coadyuvaron, con mayor o menor intensidad o fuerza, los factores sociológicos de idioma, religión y rasgos culturales.

Uno de los acontecimientos políticos más decisivos de la historia de España y su proyección respecto de sus dominios coloniales, fue la voluntad de enmarcar su régimen dentro del constitucionalismo, al punto de que la convocatoria a Cortes de 24 de septiembre de 1810 involucró por decisión de la Regencia a los Virreinatos y Capitanías dispersos en todo el continente americano, a los que se les reconoció la condición de partes integrantes de la propia soberanía española. De esta manera, debían acreditar representación en la asamblea constituyente designando a sus diputados por un curioso sistema nominativo. Entre tales diputados, sobresalió la actuación del canónigo Antonio Larrazábal. Esta presencia del Reino de Guatemala en el notable acto constituyente de Cádiz, por medio de sus diferentes provincias, puede señalarse como otro de los elementos significativos de una identidad común.

Identidad que pudo haberse consolidado en la posterior república federativa, pero que, al correr de los años, y más pronto de lo esperado, sufrió la implosión dictada por las circunstancias del localismo provincial generado por las luchas facciosas y de los anhelos, muy justificados, de la libre determinación.

Importa destacar que los patriotas centroamericanos fueron personas ilustradas, como lo demostraron durante el proceso de la redacción de la Constitución de Cádiz, revelando consistencia respecto de los grandes temas de la época. Así, por ejemplo, fue el diputado suplente Manuel de Llano quien propusiera crear una Comisión del Congreso para formular una ley de habeas corpus semejante al sistema inglés. Además, y esto es altamente orientador, que el Ayuntamiento de Guatemala, ya en 1810, dictó unas Instrucciones que se inspiraron en el pensamiento político de la Ilustración francesa, en las que incluyeron una Declaración de Derechos del Hombre y un proyecto de Constitución de 112 artículos que recogía las notas de la organización del Estado. Esta dirigencia ilustrada sin duda estaba preparando el proceso independentista que se presentía por impulso histórico, y que, tarde o temprano, tendría que desencadenarse. Esta porción americana generó intelectuales, literatos y escritores que con luz propia pudieron estar al nivel de los otros países que habían reivindicado el concepto de la soberanía de los pueblos. Así tenemos operando en el Reino de Guatemala las órdenes religiosas que, dentro de sus claustros, inspiraron a los hombres de cátedra en sus reflexiones acerca de la filosofía, las letras y las ciencias en la Universidad de San Carlos. Se contó con la innovación tecnológica de la imprenta, que permitió que se produjeran libros y opúsculos divulgadores de las nuevas ideas. Desde luego, dicho recurso hizo posible la prensa orientadora y de la Gazeta, órganos que, por su naturaleza y función, incidían en la formación de una opinión pública que es la fuente legitimadora de todo régimen. Es indudable que entidades del prestigio de la Sociedad Económica de los Amigos del País o del Ilustre Colegio de Abogados debieron ser focos emergentes de la intelectualidad preparada para la autonomía.

Esa sensibilidad quedó recogida en la notable Acta del 15 de septiembre de 1821, que por su forma y su fondo, es el testimonio fundacional de la República, primer instrumento constituyente del gobierno y del régimen de los pueblos que juntos habían integrado el Reino de Guatemala.

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