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Domingo

Los migrantes chortís que no olvidan sus orígenes


Las autoridades gubernamentales y municipales no responden a las necesidades y a los problemas de las comunidades afectadas por las catástrofes naturales y alejadas de los centros de desarrollo económico. En la aldea Lelá Chancó, Chiquimula, son los migrantes maya chortí que residen en Estados Unidos los que construyen los caminos y han tomado a cargo el mejoramiento de las condiciones de vida de la localidad.

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Las sandalias blancas de María Gómez han tomado un tono rojizo. El plástico del que está hecho su calzado se desliza en la tierra roja del amplio camino que desciende. Las piedras sueltas e incrustadas frenan y mantienen estable a esta mujer maya chortí, de 58 años, a cada paso por esa vía que hace un año no existía. Una brecha que ocho migrantes que viven en Estados Unidos financiaron para tener un acceso digno a las viviendas que construyen con el dinero de sus remesas. 

 El camino que recorre María Gómez pertenece al caserío El Limar, de la aldea Lelá Chancó, Camotán, Chiquimula. Una pequeña comunidad ubicada en una de las montañas que se encuentran a orillas del río Jupilingo, cerca de la línea fronteriza con Honduras. “Lelá Chancó” significa en chortí “culebrina de agua sobre la roca”, porque es un territorio conformado por una serie de quebradas.

“Antes todo esto eran veredas. No entraban carros y solo podía pasar una persona a la vez”, explica María para dar una idea del pasado reciente de su caserío, lugar que habita desde hace más de 40 años. 

Es mediodía y el calor que caracteriza al Oriente de Guatemala se siente fuerte a esa hora en esa región de Chiquimula. Los 32 grados centígrados no son impedimento para ella y no duda en subir y bajar los 443 metros de ruta que una máquina excavadora abrió en septiembre de 2020. María muestra cómo la brecha que abrieron facilita el acceso de vehículos a las casas de block y cemento, que construyeron los habitantes que migraron hacia Estados Unidos. 

Pequeñas y estrechas cuestas de tierra roja y piedras, que resaltan con la luz del sol, son ahora las modernas vías que llevan hacia esas nuevas viviendas en Lelá Chancó, ya no construidas de barro. 

Mientras María camina, sus sandalias rechinan con el impacto de la tierra seca y las piedras sueltas. Ese es el sonido que la acompaña, mientras hace una comparación entre el pasado y el presente. Cuenta que a su hija mayor le costó más de Q300 el flete para subir los materiales de construcción para levantar su vivienda. Tuvo que pagarles extra a las personas que trasladaban los blocks, el cemento, los pisos y los hierros por las veredas. Ahora ese acarreo sale más barato, dice. Se detiene en una de las casas a medio construir y hace un cálculo rápido. Estima que a los que edifican su casa con dinero de remesas, el flete les cuesta como Q180, porque ya no tienen que pagarles a otras personas para que carguen el material. El picop o camión ya puede subir hasta ese punto, que está cerca de la cima de la montaña en donde viven. El camino aún no es perfecto, es todavía muy angosto y resbaloso, tanto en  verano como en invierno. 

 El sol continúa fuerte, pero un viento que llega desde las montañas de Zacapa y del volcán Chiquimula refresca el ambiente. Santos Vásquez, esposo de María, descansa en una hamaca que cuelga en el corredor de la casa de concreto que su hija mayor construyó. El hombre espera que el sol seque una decena de mazorcas, para luego remover los granos que después lanzará a la tierra para iniciar una cosecha. 

María ya tiene el dato exacto del costo del camino que recién recorrimos. Su hijo, Isaías Vásquez Gómez, uno de los migrantes que aportaron para su elaboración, le dice por medio de un mensaje de Whatsapp, que se invirtieron Q58 mil. 

“Todo con dinero del trabajo de las personas que migraron”. Lo dice con un tono de orgullo, aunque después la afirmación se convierta en un reproche a las autoridades municipales. Está sentada en una de las barandas del corredor de la vivienda y mueve los brazos para indicar la dirección en donde se están construyendo las casas de concreto con el dinero de las remesas. María lamenta que la Municipalidad de Camotán, los diputados de Chiquimula o el Gobierno no hagan nada para mejorar los caminos de la comunidad. “La gente que se ha visto obligada a migrar a Estados Unidos, desea regresar a su lugar de origen, pero necesitan caminos buenos que los lleven a sus terrenos”, dice. 

Las remesas que envían los migrantes desde Estados Unidos se han convertido en el principal amortiguador de todos los males que sufre el país. Según el Banco de Guatemala, los daños colaterales a la economía que generó la pandemia de COVID-19, fueron menos fuertes por los US$11 mil 340.4 millones que ingresaron en remesas, casi un millardo más en relación a 2019. Este dinero que fue generado por el trabajo de guatemaltecos en el extranjero en 2020, representó ese año el 14.7 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Esto significa que lo que producen los guatemaltecos que viven en Estados Unidos, es casi la quinta parte de lo que se produce en el territorio de Guatemala. Para 2021, se estima que las remesas aumentarán en más de US$3 millardos. 

Los migrantes que abren caminos

El Limar es uno de los cinco caseríos que conforman la aldea Lelá Chancó, en la que solo hay dos escuelas primarias y un centro para educación básica. Si las personas desean estudiar una carrera a nivel diversificado, tienen que ir al centro de Camotán o a Jocotán y, a veces, hasta el centro de Chiquimula. En El Limar hay cada vez menos servicio de energía eléctrica. Un problema que tiene casi un año sin resolverse hace que solo tres veces a la semana tengan electricidad. El agua también es escasa, pero la cooperación internacional les donó cisternas para guardar hasta 10 mil litros de agua de lluvia para la temporada seca. 


En el caserío Plan del Morro un grupo de hombres finalizan la construcción del nuevo camino con cemento, el cual ampliará las rutas de acceso en esa pequeña comunidad.

Este mismo panorama de abandono y precariedad se refleja en los otros caseríos. Un camino de terracería paralelo al río Jupilingo es la línea de acceso y de unión de las pequeñas comunidades que integran la aldea.

En El Limar fueron ocho migrantes los que se organizaron y otras dos comunidades siguen el ejemplo, coordinados por el Consejo de Autoridades Indígenas Maya Chortí.

Un kilómetro más delante de El Limar, en dirección hacia Honduras, se encuentran los caseríos Ushurjá y Plan del Morro. Un grupo de 20 hombres, que trabaja desde primeras horas de la mañana, prepara la mezcla de cemento que aplicará en los primeros 50 metros del camino de acceso a Ushurjá. En total pavimentarán 200 metros, el resto de la vía hacia el centro de la comunidad está adoquinada, una obra inconclusa, pagada por la Municipalidad de Camotán. Los 200 metros nuevos fueron financiados por 22 migrantes que viven en Estados Unidos.  

 Fredy Rolando Pérez, vecino de Ushurjá y secretario del Consejo de Autoridades Indígenas Maya Chortí, es uno de los encargados de subir a un picop las piedras que sacan del río Jupilingo. Esa mañana ha detenido su labor para explicar el costo y la necesidad de la obra. Se refiere a los migrantes que han pagado por los materiales de construcción como “los hermanos”. Dice que estos invertirán en total Q66 mil para colocar concreto en esa parte. La urgencia se debe a que ahí inicia la cuesta que lleva al caserío y en invierno una especie de barro rojo pegajoso deja atascado a cualquier vehículo que intente pasar. “Ellos mandan el dinero y el resto de hombres de aquí ayudamos con la mano de obra”, resume.

Otro caserío que construye sus caminos con fondos enviados por migrantes desde Estados Unidos es Plan del Morro. En esa comunidad se encuentra el Centro de Salud que atiende a toda la aldea. Una pequeña construcción con tres espacios, en donde se registra la talla y el peso de los niños y niñas que nacen en Lelá Chancó. Ese día, un infante de apenas un año es nebulizado por su madre y la única enfermera que atiende anuncia que el 20 de septiembre será la próxima jornada de vacunación contra el COVID-19.

El 6 de junio se realizó la primera jornada y llegó solo una persona a vacunarse. El 12 de agosto se llevó a cabo la segunda y se vacunaron 14. Para esta tercera solamente una persona se ha apuntado para recibir la primera dosis de la inmunización.

Unos cien metros hacia abajo del abandonado Centro de Salud, 11 hombres se dividen el trabajo. Unos pasan el azadón sobre la tierra, otros mezclan el cemento y otros aplican el concreto sobre una brecha que se empezó a construir en abril del año en curso. 

No quieren hablar mucho sobre el financiamiento y la extensión de la obra. Detienen el trabajo, para dar pocos detalles. Con mucho recelo dicen que aplicar el cemento costó Q90 mil y que fue financiado con el dinero de cuatro migrantes. Pero ese no es el costo total del camino, porque se le debe sumar el pago de la maquinaria para abrir la brecha. De eso último aseguran no tener información.


Isaías Gómez Vásquez respondió una entrevista a elPeriódico por medio de una videollamada.
Esta es la forma en la que se comunica con su familia desde Estados Unidos.

El recelo de los trabajadores se debe a la desconfianza que le tienen a las autoridades municipales. Cuentan que hace dos semanas el personal de la Municipalidad de Camotán llegó a medir el camino. Los rumores que existen en el caserío es que la comuna quiere incluir esa obra para obtener fondos públicos. En el portal de Guatecompras, que registra y deja huellas de estas anomalías en la gestión pública, no aparece nada relacionado a Plan del Morro, pero sí se documenta el pago de Q89 mil 556 para contratar “mano de obra calificada” para mejorar el camino rural en el caserío El Limar.

Fredy Rolando Pérez le aconseja a los hombres que trabajan en Plan del Morro que suban a las redes sociales detalles de la obra y que mencionen que fue financiada por los “hermanos migrantes”. Eso mismo harán ellos en Ushurjá. Es el único disuasivo que tienen para evitar que las autoridades municipales se aprovechen, cometan actos de corrupción o engañen al resto de la población de Camotán.


Santos Vásquez muestra el terreno que su hijo, Isaías, arrendaba anualmente para consechar maíz, pero que ya no lo pueden alquilar porque el río Jupilingo se encuentra muy cerca, lo cual lo hace vulnerable a inundaciones.

La esperanza de volver

En total, 34 migrantes que viven en Estados Unidos han aportado dinero para abrir caminos en la aldea de Lelá Chancó, esa misma que dejaron y a la que anhelan volver. Uno de estos es Isaías Vásquez Gómez, el quinto de los nueve hijos de María Gómez y Santos Vásquez. 

Isaías es un hombre maya chortí de 32 años que hace cinco años migró hacia Estados Unidos. Trabaja en Maryland, porque ahí le pagan mejor como jardinero, pero vive en Pensilvania, porque la renta de la vivienda es más barata. Con sus ahorros, ha logrado avanzar en la construcción de su casa, mantener a su familia, comprar un terreno en La Unión, Zacapa, para sembrar café y aportar para abrir caminos en uno de los caseríos de Lelá Chancó. 

Su acento ya no es el mismo de la región. Al hablar ya no tiene esa costumbre de terminar las palabras con un tono más alto o de hacer que el sonido de una “s” se convierta fácilmente en el de una “j”. Ahora habla como mexicano. Se ha tomado unos minutos más de su hora de almuerzo para poder explicar la razón por la que decidió contribuir para abrir caminos en El Limar. 


Un puente colgante facilita facilita el acceso de algunos caseríos a la carretera principal, la cual dirige hacia Camotán o hacia la frontera El Florido con Honduras. 

“Nosotros, los migrantes indocumentados, como mi persona, debemos pensar en el futuro. Muchos vienen a este país (Estados Unidos) a quedarse, como si de verdad este país les perteneciera. Yo decidí apoyar un poco a mis vecinos para que hicieran el camino que lleva a las casas que están construyendo”. Pero los caminos no han sido para lo único que se han unido. En 2020 también se organizaron para ofrecer bolsas de alimentos en tres ocasiones a las familias que fueron afectadas económicamente por la pandemia y las tormentas tropicales. Isaías está muy bien informado sobre la importancia de las remesas en Guatemala. Conoce las cantidades en divisas que anualmente se envían al país y lo que este dinero representa para los hogares. En sus palabras se refleja el desaliento por la cero intervención de la gestión municipal en su comunidad y, al mismo tiempo, su compromiso y responsabilidad para hacer cambios en beneficio de sus vecinos. 

No está seguro de cuándo volverá, pero no será pronto. Hace algún tiempo decidió invertir en Lelá Chancó. Por Q16 mil anuales alquilaba una vega, un terreno plano que abarcaba cinco manzanas. Además, compró dos motores para extraer agua del río. Su papá y su hermano mayor se encargaban de administrar las tres cosechas que se daban al año y que les dejaban hasta 700 quintales de maíz. Con eso también le daban empleo a otros agricultores del área. 

Pero Eta y Iota acabaron con toda su inversión. “Las sequías y huracanes han hecho que nuestro sacrificio se convierta en basura. El año pasado invertimos en la siembra de maíz y lo perdimos todo”. Isaías recuerda la realidad de vivir en su pequeña aldea, se lamenta de que a pesar de todos los esfuerzos individuales que él hace en Estados Unidos, la vida de los suyos en Guatemala no mejora. 


Los únicos terrenos en los que se puede cultivar en Lelá Chancó son pocos. Se encuentran en la parte plana de la aldea y un poco alejados de las orillas del río Jupilingo.

Mientras Isaías relata su infortunio del otro lado del teléfono, su padre Santos Vásquez señala la vega que se perdió. Dice que ya no son terrenos para cultivar, porque el río Jupilingo creció tanto que inundó las cosechas. Las pudrió, barrió la tierra y dejó todo lleno de arena. 

Para explicar más de cerca lo que pasó con la vega, Santos Vásquez baja de la montaña en la que se ubica el caserío El Limar y se adentra en las pequeñas veredas que llevan a estos terrenos. “Lo que vemos aquí es puro balasto, es arena, es una tierra lavada. Esto ya está inservible. Ya no se puede arrendar para trabajar. Está tierra está muerta, solo para construcción esta buena, alguna parte”, dice, mientras desliza sus sandalias de plástico sobre la arena que dejó el Jupilingo cuando Eta y Iota impactaron en Chiquimula. 

Cada vez hay menos tierra para cultivar en Lelá Chancó. La montaña en donde vive la familia de María Gómez es de piedra pura y los buenos terrenos planos que han quedado se encuentran amenazados por su cercanía al río. Sin embargo, Santos no pierde la esperanza, a pesar que le ha tocado vivir con esa preocupación toda su vida. Cuando se le pregunta qué harán ahora con la poca tierra que queda, responde: “La gente es como la colmena, cuando no hay flor migra para las montañas a buscar. La gente es igual, tiene que migrar”.

Fotografías por: Alex Cruz

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