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Domingo

La CIA en el mundo de los espíritus


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El embajador norteamericano John Peurifoy estaba impaciente a principios de 1954, si bien la orquesta ya le estaba sonando. El publicista Edward L. Bernay, como lo indica bien Vargas Llosa en su reciente novela Tiempos recios, lograba espacios de prensa y radio que hablaban mal del gobierno de Jacobo Árbenz y del peligro comunista para todo el hemisferio. La guerra psicológica iniciada con las trasmisiones de la Radio Liberación impactaba a la población que además veía horrorizada los bombardeos que se hacían cada vez más constantes. El arzobispo Rossell y Arellano y cientos de curas en todo el país hacían desde los púlpitos retratos retóricos del gobierno como de ateos que estaban llevando al país al mismo infierno. Un triángulo equilátero: propaganda, religión y miedo.

Bernay no pensaba en principios morales, lo suyo era la propaganda, la publicidad y la creación de opinión para que se convirtieran en dólares que le pagaba la compañía frutera de Sam Zemurray.

La Radio Liberación era manejada por un agente de la CIA que era también actor y hablaba perfectamente el español, David Phillips, y detrás del mecanismo conspirativo otro agente un tanto estrafalario, Howard Hunt, que en sus ratos libres escribía novelas de espionaje. Ambos bajo el mando del experimentado cuadro de inteligencia Al Haney, que fue trasladado desde la lejana Seúl. Hunt años más tarde resultaría involucrado en el caso Watergate y saldría condenado. Phillips y Hunt eran dos agentes veían todo como un show, una novela de espionaje para Hunt, una película para Phillips.

Pero no se podía solo mentir sin pausa y eso preocupaba a Peurifoy. Había que encontrar pruebas. Pruebas, urgían pruebas que demostraran los planes soviéticos en Guatemala. Apresar a algún agente soviético. Encontrar escrito un plan comunista. Convencer a figuras públicas de que hicieran pública su renuncia al comunismo y arrepentidos pidiaron perdón a los guatemaltecos, advirtiéndoles del peligro que corrían con el ateísmo y la tiranía de los soviets que les expropiarían hasta los calzoncillos. Ya no bastaba recalcar una carta de Arévalo cuando era presidente, dirigida a un diplomático ruso en México. En realidad se trataba de una mera formalidad referida a la visita de un grupo de ballet ruso a Guatemala dentro de las actividades culturales impulsadas por su gobierno.

La CIA venía siguiéndole los pasos a Carlos Manuel Pellecer, alto dirigente de los comunistas. Había estudiado en la escuela militar, la Politécnica, pero fue expulsado en el último año y estuvo a punto de ser fusilado por el régimen de Ubico por faltas que incluían la pedofilia aunque no se hizo público. Pertenecía a una familia muy católica de Santiago de los Caballeros, antigua capital colonial de la Capitanía General de Guatemala. Su padre era miembro de la poderosa Hermandad de Jesús de Nazareno de la Merced. Gracias a las influencias familiares pudo salir de prisión y se exilió en México donde llevó una vida multifacética trabajando como obrero, soldado, peón, minero, maestro rural y activista de la reforma agraria y en los sindicatos obreros.

Carlos Manuel Pellecer regresa a Guatemala con el triunfo de la Revolución de Octubre y se integra a las esferas obreras gracias a su experiencia en México. Llega a ser diputado al Congreso y se convierte en dirigente comunista. Era fogoso, enérgico y tenía capacidad de convicción. Como exalumno conocía a la mayoría de altos oficiales. Una observación del historiador Mauricio Chaulón resulta aquí interesante: Pellecer en su actuar público era un provocador, lo que me recuerda un rasgo típico de los infiltrados de la CIA. Por ejemplo, Schlesinger y Kinzer en su obra Fruta Amarga resaltan las labores de agitación de Pellecer con los campesinos incitándoles a actividades ilegales. 

Se ha discutido si fue reclutado antes de la intervención o después de la misma ya exiliado en México. En febrero de 1954 el agente George L. Tranger, miembro de la estación Lincoln en Guatemala, reporta que un informante que no identifica le ha hecho un seguimiento a Pellecer. Se trata de una sesión de espiritismo organizada por el mismo Pellecer a donde acude una médium tampoco identificada. El archivo desclasificado de la CIA es prolijo en detalles. La médium invoca a dos espíritus: el de la madre de Pellecer y el espíritu de Stalin fallecido el año anterior. 

Tranger escribe que el espíritu de Stalin expresó su satisfacción con el trabajo que Pellecer estaba haciendo en Guatemala. Del espíritu de la madre el agente de la CIA no comenta nada. Termina preguntándose si la médium hablaría ruso.

Peurifoy echó a rabiar. Esto no era serio, quién podría creer en los espíritus. Al Haney solo se encogería de hombros. La operación PBSUCCESS tenía la categoría de top secret. Piero Gleijeses puntualiza en esta secretividad que abarcaba a los mismos funcionarios de la embajada, con la excepción del equipo de la CIA. Peurifoy la había cumplido a cabalidad. Las órdenes eran que el plan sería secreto hasta el inicio de la invasión. Peurifoy se ocuparía de asustar al Ejército, amenazado con una intervención directa. Pero la CIA trabajaba también con una compartimentación estricta y es factible pensar que Haney no le haya informado del proceso de reclutamiento de Pellecer. Lo de la médium era evidentemente un despiste. Pellecer recibiría después un nombre codificado: LINLUCK. Pero aparecería de todas maneras en la lista de comunistas hecha por la CIA como el número 6. La misma que Perifoy entregó a la junta que derrocó a Árbenz dirigida por el coronel Luis Enrique Díaz exigiendo fusilamientos. El embajador veía comunistas por doquier. Díaz se negó a las ejecuciones y fue destituido de inmediato, saliendo al exilio a México. En la lista negra, o roja, estaban además de Árbenz y Arévalo y los principales funcionarios del gobierno, el escritor Miguel Ángel Asturias, el poeta Luis Cardoza y el joven Augusto Monterroso.

Pellecer ya estaba colaborando y trataría de influenciar tanto a Árbenz como al partido comunista, me confirmaría un antiguo dirigente del partido, Alfredo Guerra Borges. Lo entrevisté en 2014 en una pequeña casa de la Ciudad de Guatemala. Estaba de visita y a pesar de que ya se habían firmado los Acuerdos de Paz se cuidaba, como decía, y mantenía un perfil bajo. “Pellecer era de la línea dura”, aseguraba Guerra Borges pero aclaraba que era una cobertura, era en realidad un agente que la CIA logró reclutar a finales de 1953 o principios del 54, me aseguró el viejo líder comunista que había sido secretario general del partido y de los pocos que sobrevivió la matanza. Pellecer hacía lo contrario que recomendaba el otro líder comunista José Manuel Fortuny: suavizar y tener un perfil bajo, recalcaba Guerra Borges. Pellecer tenía demasiadas conexiones en el partido y en las redes obreras. También en el Congreso. De ahí el minuto de silencio por Stalin que pidió en el hemiciclo, lo que seguramente complacería al espíritu de Stalin como dijo la médium.

El primero de mayo de 1954 al frente de la manifestación iba un enorme retrato de Ho Chi Min ordenado por Pellecer. Realizó también la importación de libros de marxismo desde México. La radio nacional dejaba escuchar los coros del Ejército rojo. En el periódico de los comunistas Tribuna Popular aparecían noticias y reportajes sobre las bondades del sistema comunista en Bulgaria y otros países que estaban en la órbita soviética. Todo lo contrario del perfil bajo que Fortuny quería. Pellecer y otros cooptados por la CIA, nunca identificados, contribuían a fabricar una perfecta muestra del peligro comunista y de la presencia soviética. “Cuando lo descubrimos, o lo descubrieron los camaradas ya en el exilio se quitó la careta y comenzó abiertamente a colaborar con la propaganda de la CIA que financiaba sus novelas anticomunistas”, me dijo Alfredo Guerra Borges. 

Ver documento desclasificado de la CIA:

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