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Domingo

América Central 1821 Contracrónica* de una insurrección


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Había hostilidades entre las diversas regiones. Había problemas de jurisdicción causados por la eliminación del fuerte vínculo de la monarquía española. Y estaba el problema de la habilidad financiera para formar y mantener un gobierno adecuado y lo suficientemente fuerte para enfrentar las luchas regionales.

Miles Wortman, El Imperio mexicano y Centroamérica 

Esta es la historia de un antiguo Reino situado en la América Central que no pudo convertirse en Estado. Erigido sobre un territorio fragoso y de difícil acceso, lo integraba una población en su mayoría dispersa, ensimismada y pobre. Así y todo, comenzando el siglo XIX, logró independizarse en forma pacífica del lejano Imperio que lo había tenido sujeto tres siglos, aunque no sin padecer de manera simultánea la ambición expansionista de otro Imperio vecino. 

A raíz de esa intromisión, su recién ganada autonomía se convirtió en un vía crucis. La nueva nación carecía de los recursos económicos, militares y financieros para construir un Estado capaz de proteger sus fronteras y preservar la unidad y la paz dentro de ellas. Y si a eso se agrega el beligerante separatismo que animaba a sus provincias y pueblos, el intento del viejo Reino por alzarse como una nación integrada y prominente habría de quedar en lo que siglos más tarde se conocería por el nombre de “Estado fallido”. 

A la cabeza de su gobierno provisional estaba un veterano brigadier de origen navarro llamado Gavino Gaínza. Tenía 68 años y hacía más de 40 que vivía en las Américas. Había combatido a los independentistas en el Sur del continente y traía fama de simpatizar con ellos, pues, además de haber firmado una tregua sospechosa con Bernardo O’Higgins, en Chile, que le valió un Consejo de Guerra, estaba casado con la hermana del prócer ecuatoriano Vicente Rocafuerte. Y esa predisposición había sido, sin duda, decisiva para liderar la independencia del Reino.

Gaínza llevaba nueve meses en la capital del mismo y apenas seis en los cargos de Jefe Político y presidente de la Real Audiencia. Su firma había sido la primera en sellar la emancipación de España, un 15 de septiembre de 1821, hora feliz, aunque fugaz, pues, solo dos semanas después, el Reino perdió cohesión y empezó a desintegrarse. Demasiado rencor, demasiado resentimiento entre las provincias, los ayuntamientos, las intendencias y los corregimientos de la América Central contra su metrópoli, Guatemala, debido a la tiranía económica que les imponía el Consulado de Comercio, institución autónoma de corte mercantilista que manejaba desde la capital el monopolio de comercio de la región con Sevilla y Cádiz.  

En su despacho guardaba Gaínza un pasquín que lo decía todo. Había sido confiscado en Comayagua, provincia que se había declarado en rebeldía un año antes, y su texto, tal vez escrito por un clérigo, era demoledor. “No os dejéis engañar, amadas Provincias, por esos ansiosos guatemaltecos —clamaba— amadores de sí mismos, arrogantes, avarientos, carnales, mentirosos, falsos, hipócritas que pretenden absorber el mando de todo el Reino. De hacerlo, veríais echar sobre vuestros cuellos las cadenas de la más torpe esclavitud […] Si los chapines quieren levantar el grito de independencia, hagámonos sordos, unámonos para contrarrestar sus sacrílegas máximas y desconozcamos toda autoridad que emane de aquella”. 

Pese a tamaña ojeriza, las provincias habían proclamado, unánimes, la Independencia del Imperio español, mas solo para que, acto seguido y de manera sorpresiva, buen número de ellas suspendieran su obediencia a Guatemala. Al brigadier le resultaba insólito que, ahora, escasos días después, la fragmentación fuese la tónica del proceso. No lo podía entender, tal vez porque no había tenido tiempo de conocer a fondo la idiosincrasia de la región. Pero la realidad era esa: las defecciones eran cada día más numerosas y, llegado el 5 de diciembre, Chiapas, Quetzaltenango, Sololá, Retalhuleu, Totonicapán, San Salvador, Santa Ana, Sonsonate, Quezaltepeque, León y Cartago estaban ya en abierta rebeldía. Se habían declarado independientes de Guatemala y, al igual que la hondureña Comayagua, habían dejado de obedecer a Gaínza. 

La sentencia según la cual el peligro de mandar es no ser obedecido se aplicaba con toda crudeza al brigadier y a la Junta Provisional de gobierno que presidía. Su debilidad era manifiesta. La metrópoli de América Central no tenía capacidad para apagar los fuegos de una insurrección generalizada que se extendía hasta los pueblos más pequeños del Istmo.  

Entre los rebeldes se daban dos posturas. La de los optimistas, que pensaban poder gobernarse solos, y la de los pesimistas, como el ayuntamiento de Patzicía o la Diputación de Nicaragua, cuyos miembros aseguraban que el antiguo Reino, “por la inmensidad del terreno que ocupan sus poblaciones, por la dispersión de estas, por la falta de seguridad de sus puertos, así como por su pobreza, no puede erigirse en una nación soberana e independiente”. 

Pero Gaínza no dejaría de intentarlo. De acuerdo con la Declaración de Independencia, ordenada redactar por él a su Auditor de Guerra, que era conservador y se llamaba José Cecilio del Valle, el brigadier se proponía llevar a cabo una transición ordenada y pacífica del absolutismo borbónico a un gobierno representativo, cualquiera que fuese el que los pueblos decidieran. Así lo había dispuesto en la Declaración del 15 de septiembre, especie de hoja de ruta que conducía a tal fin, y ratificado en un manifiesto más extenso y emotivo mandado a publicar cuatro días después.

Las elites conservadoras de la capital, en cambio, deseaban una monarquía constitucional, como la que les ofrecía el Imperio azteca. Quizá por eso, la gran mayoría de sus miembros no firmaron la Declaración de Gaínza, incluido su redactor, el citado José Cecilio. Tenían otro proyecto al cual habían dado el nombre de Plan Pacífico, un listado de intenciones que nunca llegó a alzar vuelo. Y así se lo confesaba Mariano de Aycinena, su principal valedor, a Agustín de Iturbide en una carta fechada el 30 de agosto de ese mismo año. 

Lo típico de los grupos de presión: mucho ruido y pocas nueces. A quince días de proclamarse la Independencia, el plan de los aristócratas era ya papel mojado. En ningún caso, además, hubiesen podido llevarlo a buen puerto. La mayoría de las provincias los detestaba. No les habría sido posible negociar con ellas. Y si, por otra parte, confiaban que Iturbide podría domeñarlas por la fuerza de las armas, incurrían en un grave error porque México tampoco estaba en la capacidad de contenerlas.

Quien mandaba en el proceso era en realidad Gaínza. El brigadier se había impuesto mantener la unidad y la paz del territorio. Era su obsesión, su íntimo mandato. Acababa de regresar de España, donde sus compañeros de armas se habían alzado contra el rey y, a su juicio, el absolutismo no tenía ningún futuro. Y con ese espíritu actuaba, si bien practicando los regates y los juegos propios de un político curtido en esas lides. 

Llegado noviembre, sin embargo, el veterano brigadier se había percatado ya de que el camino hacia la unidad y la paz estaba sembrado de semáforos en rojo, valga el anacronismo. Así lo reseña uno de sus biógrafos, el guatemalteco Manuel Rubio, en un texto repleto de documentos y cartas donde Gaínza expresa su desesperación al percibir que la transición política se le está yendo de las manos. En aquellos momentos fatales, don Gavino, como todos le decían, debió de preguntarse cómo se constituye un Estado, experiencia que los patriotas de la América del Sur afrontaban ahora y de la cual ni ellos ni él tenían experiencia ninguna. 

Cierta ideología actual postula que no hay Estado sin clases, por aquello de la lucha entre ellas, opinión a la que el veterano brigadier habría respondido que eso son solo monsergas, pues, sin ir más lejos, en la Edad Media había clases, pero no estados, sino feudos. Los estados se constituyen cuando en un territorio campea el tribalismo, el separatismo o la irrefrenable tensión de la anarquía, como era el caso que él enfrentaba. Y sin una fuerza coercitiva superior a la de las partes en conflicto, ni la unidad, ni la paz, ni el Estado son posibles, sea este republicano, comunista, monárquico, federal, capitalista o bolivariano. Los hombres no hacen un pacto social de ese calibre así, por las buenas. Lo hacen porque necesitan prevenir una eventual guerra de todos contra todos y evitar que la vida humana se convierta en una “existencia pobre, tosca, embrutecida y breve”, como había escrito Hobbes, a quien Gaínza acaso era afecto. 

¿Pero cómo constituir un Estado, cuando no existe una base fiscal que lo sostenga? La economía estaba deprimida. Los estamentos militar y eclesiástico no pagaban impuestos. La crisis del añil había reducido los desembolsos fiscales de las elites. El tributo indígena, motivo del alzamiento de Atanasio Tzul, había sido abolido de conformidad con la Constitución de Cádiz. Y las provincias rebeldes habían interrumpido las remesas al gobierno provisional que presidía Gaínza. 

El gobierno de América Central se hallaba, pues, al borde de la indigencia. Si no había  fondos para pagar a jueces, funcionarios públicos y militares, ¿qué iba a haberlos para organizar y constituir un Estado en un territorio de medio millón de kilómetros cuadrados de superficie y seis mil quinientos kilómetros de costas? Sin una organización lo bastante vigorosa como para imponer el monopolio de la fuerza, controlar las fronteras y hacer respetar las leyes, un Estado no es más que una entelequia parecida a las de Afganistán o Yemen hoy día. No hay Estado cuando la insuficiencia económica es manifiesta y la base fiscal no alcanza para sostener los servicios indispensables de aquel. Y una unidad territorial y humana que no llene ese requisito es por definición un Estado fallido.

Durante los siguientes nueve meses de su gobierno, Gaínza trataría infructuosamente de alcanzar un mínimo de estabilidad política. Resolver conflictos y evitar el derramamiento de sangre era su prioridad, como se desprende de la abundante correspondencia que mantuvo durante ese tiempo con las provincias y pueblos rebeldes y que el intelectual hondureño Heliodoro Valle habría de reunir en una portentosa obra de cinco volúmenes.

No lo consiguió don Gavino. El separatismo era incontenible, las provincias habían adquirido ya conciencia soberana y el brigadier carecía de los recursos necesarios para frenar la desmembración del territorio. E Iturbide, quien no se fiaba de él lo más mínimo e incluso le había pedido reformar la Declaración de Independencia por considerarla “excesivamente” republicana, lo reemplazó en junio de 1822 por Vincenzo Filísola, un joven coronel italiano de 32 años que solo llegó a Guatemala a repetir sin éxito los pasos que ya había dado don Gavino.

Todavía hoy se culpa a Gaínza de haber sido él quien, inducido por los criollos, propuso y recomendó la anexión a México. Pero, aparte de haber sometido tan grave decisión a las provincias por medio de un referéndum, la anexión era el último cartucho que le quedaba para impedir la fractura de América Central. Ninguna orden suya, de otra parte, hubiese conseguido la anexión de no haber estado las provincias convencidas de que lo mejor para ellas era sumarse al Imperio mexicano. La mayoría sentía por Guatemala un rechazo visceral. Y ese fue justamente el motivo de que, salvo algunas excepciones, prefirieran arrimarse a Iturbide antes que someterse al poder de la metrópoli. 

Tras la marcha de Gaínza, los problemas de la nueva nación y sus pueblos siguieron intactos, en especial los financieros. La realidad se había hecho evidente: tanto el nuevo Imperio como el viejo Reino se habían equivocado. Sin dinero para financiar un ejército en condiciones y estructurar un Estado sólido, no habría forma de sostener la anexión. Y la medida de hasta qué extremo había llegado la penuria la daría el hecho de que, cuando Iturbide fue depuesto en marzo de 1823 y a Filisola se le ordenó regresar a México con su fuerza de ocupación (480 hombres), resultó que no podía repatriarla. Fue preciso hacer una colecta privada en la capital a fin de remediar tan bochornosa tesitura, tratándose de un Imperio que pretendía alzarse como una potencia continental.

Primer presidente de la Guatemala emancipada y libre, Gaínza no pudo alcanzar la unidad y la paz que deseaba. Su fracaso obedeció a los mismos obstáculos que habrían de encontrar los mandatarios que le seguirían en su puesto. La posteridad, sin embargo, no ha hecho justicia a sus esfuerzos. Así opinan al menos prestigiosos historiadores de la talla de Mario Rodríguez, Mario Vázquez Olivera, Miles Wortman o Gordon Kenyon. Otro tanto cabe decir del guatemalteco Enrique del Cid, biógrafo también de don Gavino, de quien asegura que “si alguien podía juzgar la situación de las colonias del Imperio español era Gaínza, un decidido partidario de la emancipación de los países de la América española y el hombre más apropiado para gobernar en aquellas circunstancias  el antiguo Reino de Guatemala”. Del Cid califica la tarea del brigadier como “la más grande y desinteresada de su vida” y concluye el retrato del honrado militar con estas palabras: “Gaínza fue el primer guatemalteco naturalizado de corazón, por espontánea voluntad y amor a nuestra patria”. 

No cabe tributo más generoso para quien, contra viento y marea, intentó integrar un Gran Estado que las pasiones y desavenencias de los hombres habrían de convertir en los Balcanes de América.

*Relato en el que se ofrece el envés o lado oculto de una historia.

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