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Domingo

20 y 200


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En el colegio de primaria de ese entonces, recibía la mitad de las materias en español, y la otra mitad en inglés. Cuando nos enteramos de que algo había pasado, era nuestro turno de recibir los cursos en español. Del otro lado, en el salón donde estaban los estudiantes que les tocaba recibir en inglés, vi cómo el entonces popular profesor británico de inglés salía del salón con lágrimas en los ojos, sollozando. Mis compañeros y yo teníamos 8 años y teníamos cierta facilidad de confeccionar historias. Algunos conjeturaban que la mamá del profesor iba en uno de esos aviones. Otros imaginaban que se paseaba cerca de la Zona Cero, de la zona del impacto, y que los escombros la habían condenado al mismo suplicio. Nunca nos atrevimos a preguntar si era de verdad la muerte de su madre que el profesor lloraba, o solo lloraba la pérdida de otra certeza aún indecible. 

En el colegio trabajaban varios profesores americanos, lo que aportaba un aire lúgubre y de duelo a la forma en cómo transcurrían las cosas a lo largo de ese día de septiembre. Fue esa atmósfera de hermetismo e inefabilidad, de adultos paralizados ante la obligación de verbalizar la muerte para la comprensión de niños (en su defensa hay que decir que, de todas formas, nadie en el mundo entendía qué era lo que verdaderamente había muerto), que nos incrustó la curiosidad de entender mejor qué era lo que estaba pasando. Durante uno de los recesos, con mis compañeros decidimos ir a descubrir la naturaleza exacta del entonces “accidente” y acudimos a la televisión que había en la tienda del colegio. Veíamos fascinados cómo un torrente constante de humo negro emanaba de una de esas cajas de concreto sin poder obviar el destellante “EN VIVO” que alertaba la cadena de noticias internacionales. Para el siguiente receso, una hora y media después, repetimos el trayecto a la tienda y nos percatamos cómo ahora ambas torres se habían contagiado de los mismos incendios.

La fuerza imbatible de la indeterminación en el mundo de los adultos me regaló, al menos, una nueva certeza que ahora pasa por una tautología infantil: hay energía (simbólica) más allá de las fronteras que afecta la energía (simbólica) de donde estoy parado. Fue un primer contacto con un tipo de globalización.

Pero no era la implacabilidad del fuego fuera de las fronteras que iba a expiar a las víctimas del implacable fuego de adentro. Veinte años de war of attrition queda en evidencia que la reacción monolítica y beligerante de Estados Unidos, anclada en una realidad de cifras y racionalidad tecnocrática, era una derrota anticipada. No solo por las evidentes dificultades temporales de ganar una guerra contra el que no tiene nada que perder, sino por el desconocimiento total del terreno a recuperar. El espíritu del terrorismo del Otro-Lejano ya había reclamado victoria anticipada en el campo de batalla de lo simbólico.

Cuatro días después de ese día en el colegio, de todas maneras, tuve que desfilar con mis compañeros hacia el Estadio Pensativo. Los desfiles de las bandas escolares en el parque central de La Antigua parecían inmunes a cualquier ataque directo contra un orden mundial establecido. El tiempo que aconteció entre ese día y hoy es múltiplo de la conmemoración de otro orden que a veces parece definitivo, el que podemos llamar local. Jean Baudrillard, el filósofo francés de la simulación y el simulacro decía, a propósito de ese 11 de septiembre, de cómo “la alergia a cualquier orden definitivo, a cualquier poder definitivo es afortunadamente universal, y las dos torres del World Trade Center encarnaban, perfectas en su gemelidad, precisamente ese orden definitivo”.

El espíritu del terrorismo expuso cómo hay batallas que se pueden ganar dibujando otros campos de batalla a la medida y a la distancia, con pocos recursos. Así como los terroristas emplearon el simbolismo de su propia muerte como arma letal contra un orden que no les había dejado otras opciones, eventualmente los súbditos expulsados de este orden nacional instrumentalizarán la fuerza que otorga la deterritorialización de su sobrevivencia como réplica universal. Hoy los guardianes de la bandera, como los miopes burócratas de las agencias de inteligencia pre-2001, no ven que cada partida tiene el potencial de ser inflamable.

Me pregunto si diez-veces-veinte años de agarrar todas las cartas obligarán eventualmente al Otro-Lejano de decidir cambiar las reglas del juego. Estableciendo, como dictamina también Baudrillard, “nuevas reglas despiadadas porque la apuesta es despiadada. A un sistema cuyo exceso de poder plantea un desafío irremediable, los responden por medio de un acto definitorio, sin posibilidad de intercambio alguno”. Y esto, irremediablemente, se gestará afuera de las fronteras.

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