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Domingo

La mujer que ondeaba una bandera blanca


Esta es la historia de Mamá Lucha, una de las miles de mujeres que hace más de un año salieron a calles y caminos a ondear una bandera blanca para mostrar uno de los primeros fracasos del país frente a la pandemia del COVID-19.

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Mientras baja hacia su casa, Leonor Dubón, conocida como Mamá Lucha, recoge tres bolsas de plástico llenas de envases de cerveza que sus vecinos le han dejado en una esquina del camino. “Se echan sus tragos y juntan las botellas. Saben que esto hago para ganarme mis centavitos”. Cuenta que empezó a juntar botellas de vidrio, plástico y latas para vender una semana antes de salir a ondear una bandera blanca para sobrevivir a la pandemia.

Entre abril y julio de 2020 las calles del área metropolitana de Guatemala estaban inundadas de mujeres que hacían una bandera con pedazos de tela blanca y un palo. Esta ola de llamadas de auxilio llegó a extenderse desde el puente El Incienso, en la zona 1 de la ciudad de Guatemala, hasta las principales carreteras del país en Escuintla y Chimaltenango. Era la imagen visible del daño colateral que ocasionó el virus SARS-CoV-2.

Un año y cinco meses después de ser parte de las mujeres que, con esos trapos blancos, mostraron una de las derrotas del país frente a la pandemia, Leonor Dubón dice que no ha logrado recuperar el nivel económico que tenía antes de la crisis sanitaria que llegó a Guatemala el 13 de marzo de 2020. Pinta su cabello con un tinte rubio para ocultar las canas y el pasar de los años. La actitud positiva con la que intenta llevar la situación, se desvanece por momentos de su mirada. Sus ojos se ven cansados y desolados, pero los anima con delineador negro en las orillas y azul sobre los párpados.

Las banderas blancas

Desde el corredor de su casa se ve la parte del río Platanitos que se une con el río Villalobos. También puede verse el abundante tráfico vehicular que corre hacia el Pacífico. Su casa pintada de marrón, una de las pocas construidas con concreto en esa zona, se sitúa al inicio del asentamiento Ampliación Solano, en Villa Nueva. Ahí Mamá Lucha nos cuenta cómo ella y otras 11 mujeres bajaron del pequeño cerro en el que se encuentra la colonia para ondear una bandera blanca a orillas de la carretera, sobre el kilómetro 14.5. La misma ruta que, a cada momento de su relato y de su vida diaria, se convierte en un ruido de fondo. El sonido estridente que producen los motores de los tráileres y camiones cuando bajan de la cuesta de Villalobos ya no le molesta. Es otra de las cosas con las que se acostumbró a vivir.

“Me preguntaron si quería ir a banderear para pedir comida y dinero, y yo dije que sí. Me fui con ellas. Al principio éramos 12 y terminamos siendo como 40 mujeres. Salíamos a las seis de la mañana y regresábamos a la casa a las cinco de la tarde. A mí no me daba pena banderear”. Cuenta que el primer día recibió Q100, arroz, aceite, verdura y frutas donadas por la gente que pasaba en sus vehículos. Esos víveres, más lo que sacaba de la venta del reciclaje, fueron la principal fuente de sustento, para ella y su hijo de 17 años, durante los primeros meses que el país cerró para evitar el incremento de contagios de COVID-19. No tenía otra forma. La persona a la que le alquilaba un cuarto perdió su trabajo y ya no le pudo pagar. Su hija mayor, que en ese entonces vivía con ella y le ayudaban con algunos gastos, también se quedó sin empleo.

Mamá Lucha cuenta que muchas de las mujeres que salían a “banderear” con ella ya no viven en Ampliación Solano. Dice que fue por dos razones: primero, hubo muchos problemas para la distribución del dinero y, luego, familias que no lograron reponerse económicamente, al no encontrar trabajo en la ciudad, y tuvieron que volver a sus pueblos de origen.

Las familias que tuvieron que salir de la Ciudad de Guatemala son arrastradas por esa rueda que no deja de dar vuelta: la pobreza. En este rodaje que no se detiene, el Banco Mundial estima que en el país hay un millón de personas más que viven en situación de extrema pobreza por los efectos de la pandemia. En 2019, antes del cierre de comercios y de la muerte de más de 11 mil guatemaltecos debido al virus, el 49.3 por ciento de las personas vivían por debajo del umbral de la pobreza.

Leonor fue beneficiaria de los Q1,000 que entregó el gobierno por el consumo de menos de 200 kilovatios al mes. Dos veces lo recibió y compartió la mitad del dinero con su hija. Q6 millardos recibió el gobierno para apoyar a las familias que habían quedado desempleadas.

Los portales web que el gobierno abrió para mostrar la ejecución de todos los programas sociales durante la pandemia, son ahora un pueblo fantasma. Nada se mueve, nada se actualiza. En esos datos inmóviles, el Ministerio de Finanzas Públicas informa que entregó todo el dinero del Bono Familia, el que recibió Mamá Lucha. Lo mismo indica sobre el dinero para donación de alimentos en el área metropolitana, a cargo del Ministerio de Desarrollo Social. Pero Mamá Lucha, pese a vivir en área de riesgo y sin ingresos fijos, jamás recibió bolsas ni cajas con víveres.

Zona de riesgo

Mientras dos de sus nietos corren por un pasillo, jugando con un pequeño carro de plástico, Leonor Dubón se mueve hacia el patio de la casa. Dice que antes ahí era una montaña de tierra que tuvo que retirar para tapar un pozo. Tiene un volcán de ropa mojada y mientras la cuelga para que se seque con el sol, cuenta que su situación está mejor que cuando salía a “banderear”, pero no en comparación a cuando no existía la pandemia. Una línea gris en el tiempo que traza con sus palabras.

Está contenta porque hace una semana le aplicaron la segunda dosis de la vacuna anti-COVID-19, además su hija tiene empleo y ella ha vuelto a alquilar el cuarto. Aunque ahora vende menos de la mitad del reciclaje que vendía el año pasado. El invierno de 2020, por otra parte, le dejó un nuevo riesgo, ese que sabía que existía cuando decidió comprar la casa hace cinco años, pero que ahora es incontrolable.

La casa ahora se asemeja a una represa que lucha por contener la fuerza que puede llegar a tener el agua. Las paredes de la parte de atrás de la vivienda están pegadas a una porción de tierra que las lluvias pueden aflojar y derrumbar en cualquier momento.

Pero lo que más le preocupa es el tronco enorme de un árbol que se encuentra arriba del cerro. Dice que ha llamado muchas veces a la Conred para que lleguen a retirarlo, pero que solo ha logrado que le corten las ramas. Teme que en las próximas semanas llueva más y este caiga sobre el techo de su casa. Sería fatal para ella, le destruiría la mitad de la vivienda.

En el mapa de deslizamientos e inundaciones en Villa Nueva, la Conred pinta con color naranja el área de El Solano. Esto significa que el riesgo es “medio”. Sin embargo, las paredes con grietas de la casa de Mamá Lucha muestran lo contrario, al igual que el río que se forma en el camino que conduce hacia la parte más alta del asentamiento. La falta de un sistema de drenaje en El Solano hace que las pequeñas zanjas construidas se desborden en cada tormenta. Entonces la tierra sobre la que se construyen casas de lámina y concreto se afloja cada vez más.

Mamá Lucha recuerda la vivienda que tuvo que abandonar hace cinco años. Cuenta que estaba en un lugar plano, en la colonia Lomas de Villalobos, pero la tuvo que vender para huir y que no la mataran. Eso le recomendaron después de que asesinaron a su hijo en la esquina de su casa. Con el dinero que tenía, solo le alcanzaba para comprar en esa zona de riesgo, donde el agua potable solo llega tres veces a la semana durante dos horas. Era la opción más barata que tenía para tener un techo donde vivir, dice, mientras se encamina a recoger unas latas que alguien ha tirado a las orillas del río Platanitos.

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