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Domingo

Desarrollo e ideología: entre bananos y carros


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En palabras del famoso economista del desarrollo A. Hirschman, “una excelente comida es la banana, comámosla hoy y planifiquémosla mañana. Mientras muchos rincones de nuestro país se mantienen en un purgatorio económico, donde el proceso de coordinación necesario para llevar a cabo el desarrollo sistémico no cabe más que dentro del imaginario social idealista de algunos estudios académicos, otras naciones sacan a poblaciones enteras de la precariedad rural rápidamente. Ellos logran permitirle a su población mejores ingresos y condiciones de vida, inclusión e integración a clases medias urbanas, así como mayores adelantos productivos en carreras tecnológicas globales. Mientras tanto, acá, las grandes propuestas en esa dirección se disuelven en sus fases iniciales. En gran parte, el reto es fundamentalmente ideológico.

Se puede identificar una tergiversación falaz del principio de “ventaja comparativa”, presente como médula central en una de las concepciones disfuncionales más relevantes en nuestra sociedad. Dicho principio identifica que la mano de obra barata es uno de nuestros factores más abundantes en la producción y, por tanto, debe ser explotada. Este razonamiento esconde una lógica traicionera para el desarrollo económico genuino: si nuestra apuesta como país consiste en el bajo costo del trabajo, jamás incrementaremos la productividad e ingresos por trabajador ya que nuestra única ventaja descansaría en dicha condición. Sectores agrícolas, extractivos e informales, poco tecnificados, remesas de migrantes, y servicios, a pesar de absorber una gran parte del empleo local, sufren de baja productividad y se desarrollan dentro de condiciones laborales precarias. De este modo, si continuamos creyendo que nuestra ventaja comparativa es la mano de obra barata, también continuaremos especializándonos en producir pobres. ¡Vaya estrategia de desarrollo!

La ideología que nos lleva a depender de la mano de obra barata nos ha dejado en una posición vulnerable y contraproducente por autoindulgente e incorrecta. No es por gusto que se ha escrito tanto sobre la maldición de los recursos naturales, la explotación y el conflicto económico. A nadie le hacemos un favor pretendiendo negar estas ideas. La misma historia le ha brindado a nuestra economía diversos actores económicos locales con disposiciones iniciales específicas contradictorias y problemáticas. Defensores de estas perspectivas, típicamente inflexibles al cambio, predeciblemente argumentan, como indicaría Hirschman, que es fútil, perverso o comprometedor alborotar el panal de resentimientos político-económicos para tratar de conducir nuestro desarrollo por una senda de crecimiento superior hacia el futuro. Ante múltiples incentivos desalineados a los intereses del resto de la población, nuestros sectores económicos predominantes continúan empujando agendas individuales sin interesarse por el rumbo colectivo de nuestra sociedad. Apostarle a una economía viable para todos en el futuro, a costas del valor del patrimonio individual, sigue sin ser un proyecto rentable para muchos actores determinantes en el proceso económico. Consecuentemente, el desarrollo, como bien público que es, queda mal provisionado. De esta manera, la ideología dominante entendida como posición subjetiva activa, evita importantes cambios progresivos sustanciales en materias de productividad, gobernanza, distribución, cohesión social, provisión de bienes públicos
y correcciones a fallas de
mercado.

Hoy, expertos a coro insisten en que necesitamos apostar por inversiones en tecnología que incrementen la productividad por trabajador, sofisticación de productos finalizados, y mayor conectividad y competitividad global. ¿Por qué acá se le apuesta a todo menos a este tipo de desarrollo industrial coordinado? Dicho plan típicamente colisiona y se desploma al confrontar intereses de sectores locales poderosos que rápidamente nos recuerdan que el sistema conocido, es para ellos, mucho más rentable que el nuevo por desarrollar. Atentamente, escuchan la sugerencia y continúan actuando como antes. Esto refleja la persistencia de una posición cómoda e inflexible que solo puede ser sostenida en el tiempo por una ideología profundamente enraizada e infranqueable. Mientras otros países, avanzadísimos en la escalera de tecnologías productivas, ponen autos de lujo en las calles de nuestras ciudades, nosotros, ingenuos, continuamos vendiendo bananos como hace 80 años. ¿Cómo van los planes actuales a desarrollarnos económicamente, si apenas sobrevivimos una adolescencia ideológica que evidencia que acá nadie se ha perdonado? ¿Que acá no existe una meta económica universal? Nunca ha sido bueno señalar. Es mejor admitir que la falla no es culposa. Nadie es responsable de nuestro subdesarrollo sino un debate ideológico terco e inamovible que se aferra a nuestras comunidades diciéndonos que tenemos que continuar haciendo las cosas como siempre: viviendo recluidos en nuestros paradigmas y aceptando cómo esta situación continuamente nos revela la espantosa cara del sistema económico que construimos; mostrando sus límites grotescos, silenciosos y aterradores.

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