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Domingo

Las ideas heredadas


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Al buenazo de Herodoto, reconocido por los sabios como ínclito padre de la Historia, se le ocurrió un día escribir que el semen de los etíopes era negro. Vaya usted a saber cómo consiguió averiguarlo, pero la idea gozó de credibilidad durante un siglo hasta que Aristóteles refutó tan peregrina idea. 

Tiempo después, sin embargo, el estagirita aseguraba que Marruecos estaba cerca de la India, porque en ambos países había elefantes, lógica de muchos quilates e importante descubrimiento geográfico que se habría de convertir en brújula de navegantes despistados, pues a fin de cuentas lo había dicho Aristóteles. 

El gran Francis Bacon de Verulamio, admirable hombre de letras y pensador de hálito profundo, dejó al siglo XVI estupefacto tras asegurar que la causa del frío era la ausencia de calor, aseveración nacida de la Teología, cuyos astutos practicantes afirmaban que el mal era la ausencia del bien. 

Y en fin, ya en nuestros días, Rudolph Palumbo, gigante británico de bienes raíces al término de la II Guerra Mundial, se dejó decir que una cosa bien comprada es que ha sido mal vendida, aguda reflexión que, por milagro, no le valió el Nobel de Economía.

Los grandes hombres suelen decir grandes tonterías. Es raro que se escape alguno. Y lo mismo que el hombre común puede tener un chispazo de genio, los genios suelen sufrir de vez en cuando apagones de este tipo. Pero qué importa. En ausencia de un espíritu crítico generalizado, el público acepta las respuestas más simples a las cuestiones más complejas. Y disecadas como pájaros de algún empolvado museo, muchas de ellas habitan el nido de nuestras más caras convicciones. 

Flaubert ideó en su tiempo una obra titulada Diccionario de las ideas recibidas en la cual pretendía incluir “todo cuanto es preciso decir en las reuniones sociales para dar la impresión de ser persona amable y educada”. El gran novelista galo no se llevaba muy bien con ese estrato de la burguesía integrado por personas que viven precisamente de eso: el tópico, los lugares comunes, las explicaciones confortables, la corrección política, el moralismo consolador. Quería burlarse de ese estamento social, de su frivolidad, sus clichés, la trivialidad de sus vidas y sus reflexiones sesudas como, pongo por caso, el dinero no hace la felicidad o si los animales pudiesen hablar se vería que son más inteligentes que los hombres o para gobernar este país hace falta mano dura o el cisne canta antes de morir. 

Las ideas heredadas. ¿Qué podemos hacer con ellas? ¿Cómo devolverles frescura y verdor? Monolíticas, inapelables, han llegado hasta nosotros a través de grandes hombres que hoy se veneran en los altares de la política, la  economía o la filosofía. ¿Y qué decir de otros saberes como el de la geografía? Cuando observo esos maravillosos mapas que aparecen en las pantallas de los celulares y las computadoras, esa admirable fotogrametría de cada esquina del globo, con sus golfos y sus montañas, sus lagos y sus océanos, todos con su nombre y apellido, no puedo por menos de evocar el origen de esta ciencia, creada a partir de mitos y dogmas. 

“Geografía de la imaginación” la ha llamado el historiador Daniel Boorstin, una cartografía elaborada por monjes y teólogos medievales encerrados en sus monasterios a partir de datos a cual más estrafalario. Sus fantasías suprimieron la imagen real del mundo y la reemplazaron por una caricatura que se fue transmitiendo de generación en generación por siglos. Como aquella de San Agustín según la cual la Tierra tenía forma de plato y no podía ser esférica, pues de lo contrario, los antípodas se caerían al vacío, y además, y esto era lo peor, no podrían ver  a Jesucristo cuando descendiera de los cielos. De ahí que todavía en el siglo XV, el Atlántico, espacio de monstruos y sargazos, palpitara en el imaginario popular europeo como un anchuroso río que concluía en una gigantesca catarata. 

Los avances científicos y educativos que siguieron no impedirían sin embargo que la geografía y la cosmología imaginarías dejaran como herencia ideas que aún sobreviven. Y así, uno de cada cuatro estadounidenses cree aún que el Sol gira en torno a la Tierra. Cabe imaginar cuál será la proporción en países donde el nivel educativo es más bajo o el sinfín de infundios que sobreviven en disciplinas más elásticas, como sería el caso de la Historia, tercer patio de  la deformación, el manoseo y el prejuicio. Del ideario recibido de esta última extraigo dos legados muy actuales: uno, “las elites económicas de Guatemala hicieron la Independencia para proteger sus bienes y preservar sus privilegios”, y dos, “y en un acto vergonzoso, vendieron después el país a México”. 

He aquí otra herencia nefasta, pues, en el mejor de los casos, ambas son verdades a medio cocer. Pero así es como se desvirtúa la Historia: si los hechos no se acomodan a la interpretación que les quiero dar, la solución es sencilla. Basta con oscurecer y ocultar los que están claros y sobredimensionar los oscuros. Es tan fácil de hacer, además. Y tan sencillo atraerse de ese modo la opinión de personas con débil conciencia histórica. Así se ensalzaban décadas atrás, por ejemplo, la era criminal de Stalin y Mao, las dictaduras de los militares peruanos y argentinos o el desastroso pontificado de Pablo VI. Incremente usted el haber, disminuya luego el debe y, en instantes, tendrá un saldo histórico deformado.

Por eso conviene recordar que, cuando hablamos de Historia, una cosa son los hechos, otra su interpretación y otra su exaltación. Las tres son variables independientes. La primera es asunto de los historiadores, la segunda de quienes interpretan la Historia, y la tercera, lo propio de todo episodio del pasado que merece la pena celebrarse. De ahí que exaltar la Independencia sea lo que hoy corresponde hacer, pues no hay hecho comparable y tan digno de festejo como el nacimiento de una nación. No hacerlo, sería aceptar una herencia de interpretaciones ideologizadas, si no espurias, y en muchos casos tan ciertas como que el semen de los etíopes es negro o que Marruecos está a unos pasos de la India.

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