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Domingo

Recordando a don clemente


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“Honrar, honra”
José Martí

Apenas unos tres días han pasado de la fecha en la que nacía, en la montaña de Jalapa, el respetado intelectual y, en cierta forma mentor, don Clemente Marroquín Rojas. Se registra que vino al mundo el 12 de agosto de 1897. A un siglo y cuarto de vida de un intelectual provinciano que escribió la historia, como relator y crítico y también como actor. La conocía a fondo, la analizaba con rigor y la vivía con ardor. Este laberinto del tiempo y la circunstancia, me pone a reflexionar en qué medida el privilegio de conocerle, tratarle y admirarle influyó un tanto o un mucho en el rumbo que yo habría de tomar.

En la hora del recreo del Instituto Modelo, en donde cursaba mi bachillerato y magisterio, apartado de la bulla y el regocijo de la patojada, leía el diario La Hora que la señora secretaria del plantel me permitía tomar, a condición de devolverlo en buen estado. Así, entretenido leyendo a don Clemente, se me acerca un compañero a comentarme que él también era lector del mencionado diario. Brotó ahí una amistad con Ricardo Quiñones, que con el tiempo se consolidó haciéndome compadre, padrino de una hija suya. Asumió él la Secretaría General del PNR, nuestro partido, hasta el día fatal que murió en Nueva York a donde acudí, con su esposa y su hermana, a recoger su cuerpo para traerlo a Guatemala.

Años antes de mi encuentro con Ricardo, que me habló de política y filiación, ya sabía algo de ese arte, para unos; oficio, para otros; y negocio para los demás. Resulta que rondando mis 13 años de edad, vivíamos en la 13 y 13 de la actual zona 1, a poca distancia de la casa, taller y fábrica de don Arturo Antoniotti, de los vecinos prósperos de ese barrio, quien había abierto un comité de activismo electoral, prematuro o madrugador, a favor del coronel Francisco Javier Arana. Este nombre era sabido de todos los vecinos, quienes comentaban que sería el próximo presidente del país. De don Arturo y su esposa doña Virginia, mi madre era deudora de gratitud, porque cuando mi hermano mayor estuvo gravísimo de un mal doloroso e incurable, eran ellos quienes acudían en las madrugadas frías a prestarle asistencia. Don Arturo, hombre fornido, que lo cargaba de brazos para que le cambiaran al enfermo las sábanas, y la señora para inyectarle la morfina que precisaba para su alivio. Había fracasado la amputación practicada en el Memorial Hospital de Nueva York, y el mal avanzaba irreversible. De todo eso, me daba cuenta.

Las mañanas frescas y claras que caminaba rumbo al colegio, coincidía en la esquina de la 12 avenida y el Callejón Variedades, con el conocido coronel Francisco Javier Arana, quien salía de su casa y abordaba su vehículo que conducía él mismo, acompañado de algunos oficiales militares. Sonreía bonachón y con buen ánimo. Él mismo tomaba el timón de su camioneta y arrancaba rumbo al sur, siempre acompañado de sus oficiales.

Con esa impresión amable, no me podía repugnar que los domingos don Arturo pasara por mí y, con su hijo, nos llevaba a diferentes lugares de recreo público a repartir volantes con la fotografía del coronel Arana. Donde hubiera gente, comercios o viviendas nos apeábamos a repartirlos. Nos premiaba con un buen helado de barquillo y regresábamos a almorzar el exquisito espagueti, que él mismo cocinaba en secreto, porque sacaba de la cocina a sus inquilinas. Algunas veces, don Arturo nos entretenía, junto a otros patojos del barrio, con trucos de magia o proyectándonos una película con su cámara de cine. En fin, un personaje próspero del barrio, recio para el trabajo y alegre cuando se debía estar alegre. Había sido militar y contaba con el uniforme que lo acreditaba y, en algunas ocasiones, lucía su grado. Era uno de los poquísimos vecinos que tenía automóvil y el único con camión nuevo con el que transportaba hierro y cemento, que era uno de los ramos fuertes de su negocio.

Bien, y todo esto ¿qué importancia puede tener? Pues, para la gente del barrio que lo estimaba mucho, por cuanto siendo amistoso y amable, no dejó de conmocionar cuando dos días después del crimen contra Arana, la casona de don Arturo fue rodeada por policías y soldados que la allanaron en su búsqueda para conducirlo a la cárcel. Tardaron su tiempo porque no lo encontraron en parte alguna, hasta que, subidos al techo, lo hallaron mojado cubierto con su bata de baño. Y así se lo llevaron.

Habiendo sido despertado a la inquietud política, como repartidor de papeles, habría de seguir ese impulso leyéndolo con más curiosidad en los periódicos que en los “paquines” y, por otro lado, estudiando en un colegio muy liberal, con catedráticos de gran categoría intelectual, españoles republicanos exiliados, como el psicólogo Amador Pereira, el matemático Antonio Osuna, el lingüista Salvador Aguado, y también otros maestros hondureños rotundos enemigos de la dictadura cariísta. También guatemaltecos de nivel universitario como José Mata Gavidia, Guido Barrientos, Milton Zepeda Nuila, Sergio Álvarez Jaramillo. Estos profesores fueron siempre recatados en cuanto limitaban su cátedra a su materia, evadiendo con categoría cualquier tema político y, aun menos, el politiquero.

El recato de los catedráticos no rezaba con los alumnos, pues empezamos a debatir por medio de periodiquitos murales que prendíamos en las tablas de anuncios del colegio. Así le entrábamos al debate, el grupo de los “cangrejos” con los “comanches”. Los directores del Modelo ordenaban que quitáramos esos pasquines… tres días después de haberlos puesto. Curioso colegio que sucumbió por su ineptitud para lucrar con la educación, plantel ejemplo de libertad política que así como cobijó un núcleo de la sedición liberacionista que se incorporó a esa lucha, varios años después ignoró que alguno de sus catedráticos reclutara adolescentes para la guerrilla.

Estas memorias llegaron al recordar que por estar leyendo a don Clemente, uno de los compañeros me reclutó para la política. A la vez, que en este campo tuvimos una fuerte vinculación con  un elemento esencial: el periodismo.

Principiamos por andar de repartidores nocturnos, pues llegando desde Honduras un Boletín del Ceuage, parte de nuestras tareas era salir en las madrugadas a echarlos bajo las puertas. Cambiado el esquema de poder en Guatemala y gobernando Castillo Armas, nuestro grupo juvenil editó un semanario con mucho contenido literario y un poco de puyas para los políticos. El primer ejemplar salido de la imprenta se lo llevamos al presidente quien lo revisó página por página, en algunos puntos puso alguna atención y, al cerrarlo, nos miró y nos dijo: “muy románticos”, pues el título llamó su atención: El Quijote.

Fuera del gobierno y metido a la carrera universitaria, acudía al bufete de Ernesto Zamora Centeno para el adiestramiento en las tareas del abogado. Este compañero formaba parte de una fraterna cofradía que al terminar las tareas de la tarde acostumbraba reunirse en un bar a comentar los sucesos del día y las proyecciones políticas del futuro. Eran miembros del clan  Rodolfo Martínez Sobral, Roberto Castañeda Felice y Óscar Marroquín Milla.

Gracias a la amistad con Óscar fui acercándome a su periódico, Impacto, llevándole pequeños artículos que me publicaba sin demora. Y así también pude tratar en persona a ese personaje legendario, don Clemente Marroquín Rojas. Esta relación fue creciendo en confianza por la decisión del ilustre veterano de tantas luchas, que escribió varios editoriales y comentarios favoreciendo mis aspiraciones políticas.

A los jóvenes aspirantes a la política, les recomendaría, de la veintena de libros de don Clemente, por lo menos: Crónica de la Constituyente del 45. La derrota de una batalla, 1956. Por el mundo de la

polémica, recopilación de Alfonso Enrique Barrientos.

Hombre de leyenda, intelectual, historiador y político, don Clemente también fue un singular padre de familia y un maestro de gremio. He tratado de honrarlo por lo que valió y significó a nuestro país. Así uno de los dos institutos de formación de maestros, concebidos como un esquema revolucionario del acercamiento a la comunidad, el que instalamos en Jalapa lleva su nombre. Igual hicimos cuando el padre Goicolea instaló un centro educativo gratuito y de lujo en el que se creó una escuela para adultos que también lleva ese nombre.

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